Llamaradas y Quirófanos 5 Cocina, manos y un primer beso #3
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5 Cocina, manos y un primer beso #3

Ryan apoyó las palmas sobre el pecho de David y después recorrió con una de ellas el costado, como si comprobara por tacto algo que hasta entonces solo había visto.

David dejó que lo hiciera. Parte de la atracción entre ellos había empezado precisamente en esa observación mutua: Ryan mirando el cuerpo de un bombero y descubriendo después al hombre que había dentro; David fijándose primero en un residente agotado y aprendiendo, encuentro tras encuentro, que la precisión y el control de Ryan convivían con una capacidad bastante directa para pedir lo que quería.

Cuando David bajó la boca hacia su mandíbula, Ryan inclinó la cabeza para dejarle espacio.

La pequeña cicatriz de la ceja quedó cerca de sus labios y David la rozó con el pulgar antes de recorrer con la boca la línea de la cara hasta el cuello.

Ryan respiró más hondo y la mano que tenía en su camisa se cerró sobre la tela.

David se detuvo lo suficiente para mirarlo.

—¿Bien?

Ryan respondió sin esconder la excitación detrás del humor.

—Muy bien. Y si vas a parar cada vez que me cambie la respiración para comprobarlo, esta noche se va a volver considerablemente más larga de lo que habías planeado.

—Puedo vivir con eso.

—Entonces sigue.

David volvió al cuello y Ryan dejó caer la cabeza ligeramente hacia un lado.

La reacción bajo su boca fue inmediata: la piel se tensó, la mano en su espalda aumentó la presión y una exhalación contenida le confirmó que había encontrado un punto sensible.

David lo registró sin convertir el conocimiento en comentario.

Lo besó allí otra vez, más despacio, mientras su mano recorría la espalda de Ryan hasta el borde inferior de la camiseta.

Los dedos tocaron piel.

Ryan no se movió hacia atrás.

Al contrario, se pegó a él con más decisión y deslizó ambas manos bajo la camisa de David, encontrando su cintura y después la espalda.

El contacto de esas manos sobre la piel desnuda produjo una respuesta tan rápida que David necesitó unos segundos para recordar dónde había pensado poner el límite aquella noche.

Ryan también sintió el cambio.

Su boca se separó de la de David y permaneció a centímetros mientras lo observaba. No había ingenuidad en aquella expresión. Sabía exactamente lo que estaba provocando y tampoco parecía avergonzado por el efecto que David tenía sobre él.

—Podemos ir al sofá —dijo Ryan. La propuesta salió tranquila, integrada en el contacto de sus manos sobre la espalda de David—. La cocina empieza a imponer demasiadas restricciones arquitectónicas para dos personas de nuestros tamaños.

David miró por encima del hombro hacia el sofá, a pocos pasos, y durante un instante la idea le pareció perfectamente razonable. El dormitorio quedaba más allá. Sabía que no necesitaba pensar en él para aceptar sentarse, igual que besar a Ryan no exigía convertir la noche en sexo.

El problema era que su cuerpo ya estaba mucho más adelantado que esa lógica.

—El sofá sí —dijo mientras volvía la atención a Ryan—. Pero voy a decir algo antes de que nos movamos, porque prefiero ser claro ahora que empezar a frenar cuando parezca que estoy arrepintiéndome. No quiero acostarme contigo esta noche.

Ryan no se apartó. Las manos permanecieron bajo la camisa de David unos segundos más antes de salir, y el cambio en su expresión fue de atención, no de ofensa.

—¿Porque no quieres o porque has decidido que todavía no deberías quererlo?

La pregunta era suficientemente precisa para obligarlo a responder bien.

David apoyó las manos en la cintura de Ryan y eligió no protegerse con una broma.

—Quiero. Ese es el motivo por el que prefiero fijar el límite ahora.

Si nos metemos en tu cama esta noche, sé que voy a seguir porque me apetece muchísimo, no porque tú me hayas presionado ni porque piense que no sabes lo que quieres.

Yo necesito que la primera vez que tengamos sexo no ocurra simplemente porque me quedé aquí hasta que ya no quise parar.

Ryan recibió la explicación en silencio. David pudo notar la decepción, pero también algo parecido a reconocimiento. En Charles Street, su freno había sonado a veces como una decisión anticipada sobre ambos; ahora estaba intentando formularlo únicamente como un límite propio.

—Eso puedo respetarlo —dijo Ryan al final, y mantuvo una mano apoyada sobre el pecho de David mientras continuaba—.

Lo que agradecería es que no conviertas marcharte temprano en una demostración de que eres el adulto responsable de los dos.

Porque si me quedara solo en esta conversación, mi versión sería que somos dos hombres muy excitados tomando decisiones distintas sobre cuánto queremos hacer esta noche.

David sintió una mezcla de deseo y vergüenza al reconocer con qué facilidad habría podido caer exactamente en el papel que Ryan describía.

—Tu versión es mejor.

Ryan sonrió.

—Suele ocurrir.

David lo besó otra vez, y esa vez la existencia del límite no redujo la intensidad.

La cambió. Saber que no tenían que decidir qué ocurriría al final permitió que el beso se extendiera sin convertirse en una negociación escondida.

Pasaron al sofá y David se sentó primero, dejando que Ryan eligiera la distancia. Ryan eligió poca.

Se acomodó junto a él, girado de lado, y retomó el beso antes de que David pudiera pensar demasiado en la posición.

En la cocina la diferencia de altura obligaba a David a inclinarse; allí Ryan podía alcanzarlo con más facilidad y aprovechó la ventaja, apoyando una rodilla sobre el sofá para quedar casi frente a él.

David recibió parte de su peso contra el muslo y pasó una mano por su espalda, desde la nuca hasta la cintura, con la lentitud suficiente para sentir cómo cambiaba su respiración bajo cada presión.

El beso se volvió más íntimo sin necesidad de avanzar hacia el sexo.

Hubo tiempo para aprender ritmos, para descubrir que Ryan tendía a sonreír cuando David lo sorprendía con un cambio de presión y que le gustaba apoyar los dedos alrededor de su nuca mientras besaba.

David comprobó que la cicatriz de la ceja no tenía una textura especial, aunque llevaba semanas queriendo tocarla, y que el cuello de Ryan era más sensible cerca de la mandíbula de lo que el médico parecía dispuesto a admitir.

Ryan, por su parte, exploró los antebrazos, los hombros y el pecho de David con una franqueza que habría resultado casi cómica si no le estuviera dificultando respirar con normalidad.

En un momento, Ryan se echó hacia atrás lo suficiente para verlo entero desde aquella distancia.