5 Cocina, manos y un primer beso #2
La sonrisa de Ryan ensanchó la pequeña cicatriz de la ceja, detalle que David había registrado desde el primer encuentro y que aquella tarde parecía más visible porque podía observarlo sin fingir que buscaba una fuente de humo.
Durante un rato hablaron de cualquier cosa que pudiera sostenerse sin convertirse en confesión: películas, comida, la diferencia entre tener una casa y tener un apartamento al que uno llegaba principalmente para dormir.
Ryan preguntó por South Boston y David respondió sin convertir su casa en una promesa de visita futura.
Le contó que llevaba allí bastante tiempo, que conocía los problemas de mantenimiento que aparecían en cuanto alguien tenía la arrogancia de pensar que por fin todo funcionaba y que, después de años viviendo en el mismo sitio, conservaba objetos que probablemente habría tirado si alguna vez hubiera tenido que mudarse.
Ryan miró alrededor de su propio apartamento.
—Yo podría mudarme mañana y tardaría unas tres horas en empaquetarlo todo —dijo, señalando con el tenedor las estanterías—. Dos de esas horas las emplearía decidiendo qué libros merecen que pague por otra caja.
—Eso suena menos a movilidad y más a negación del apego.
Ryan dejó escapar una risa y negó con la cabeza.
—Llevamos menos de un mes conociéndonos y ya has empezado a interpretar mis estanterías. Esto es exactamente lo que temía cuando te vi mirar el detector.
David comprendió que la cena había dejado de servir como barrera cuando terminaron los platos y ninguno parecía interesado en levantarse.
Habían prolongado la conversación durante casi una hora, y el espacio reducido de la mesa hacía que el cuerpo de Ryan estuviera siempre dentro de su campo visual.
Sus manos eran particularmente difíciles de ignorar.
David las había observado trabajar con folletos en Copley, sostener café, deslizar el teléfono por una mesa.
Ahora las veía descansar cerca de su plato, dedos largos, uñas cortas, la piel sin los callos ni las pequeñas marcas que él acumulaba continuamente por el oficio.
Ryan movió una mano para apartar el vaso y sus nudillos rozaron los de David.
El contacto fue accidental; la manera en que ninguno se apartó de inmediato dejó de serlo.
David sintió que la conversación se modificaba sin necesidad de una pausa teatral.
Ryan siguió hablando, pero más despacio, mientras el dorso de su dedo permanecía apoyado contra el de David.
Estaba contando algo sobre Nicholas y una discusión absurda acerca de las aplicaciones que Ryan utilizaba para organizar horarios, aunque parte de su atención se había desplazado hacia aquel punto de contacto mínimo.
David dejó la mano donde estaba.
Había prometido, al menos para sí mismo, no convertir la cena en una prueba sobre quién iba a iniciar el beso pendiente.
Tampoco quería repetir la calle de Charles Street, con ambos inmóviles esperando a que la decisión adquiriera suficiente importancia para asustarlo.
Ryan había dicho con claridad que quería besarlo.
David había dicho lo mismo. La única incógnita que quedaba era cuándo.
Ryan terminó de contar la historia y miró sus manos antes de levantar los ojos.
—Voy a recoger esto —dijo, y la frase vino acompañada por una retirada lenta de los dedos, no por un corte de intimidad—. Si dejamos los recipientes aquí más tiempo, vas a empezar a reorganizarlos y después tendremos que discutir sobre quién tiene realmente problemas de control.
David lo ayudó a llevar las cosas a la cocina sin intentar asumir toda la tarea.
El espacio era tan estrecho que esa moderación tenía límites prácticos: Ryan se colocó junto al fregadero, David quedó a su espalda mientras buscaba dónde dejar un recipiente y, cuando ambos se giraron al mismo tiempo, la distancia entre ellos se redujo a menos de un brazo.
Ryan alzó la vista.
David se quedó quieto.
Era la primera vez desde que entró que el deseo se presentaba sin nada que lo amortiguara.
No estaban sentados con platos entre los dos ni caminando por una calle pública.
Ryan tenía una mano apoyada junto al fregadero y el cuerpo a pocos centímetros del suyo, lo bastante cerca para que David pudiera ver el punto donde la camiseta se adhería aún un poco a la piel húmeda del cuello.
—Estás haciendo otra vez esa cosa —dijo Ryan. El tono era bajo, pero la expresión contenía más curiosidad que provocación—. Te quedas completamente inmóvil justo cuando quieres hacer algo, como si moverte antes de haberlo pensado cinco veces fuera a activar una alarma.
David no intentó negar una descripción que Ryan ya había aprendido demasiado bien.
—Estoy intentando asegurarme de que no convierto estar aquí en una excusa para dar por hecho lo que viene después.
Ryan apoyó la cadera contra la encimera y mantuvo la mirada sobre él.
—La otra tarde fui bastante específico con lo que quería hacer. Si ha cambiado algo desde entonces, puedes preguntármelo en lugar de protegerme de una decisión que ya tomé.
La frase no llevaba agresividad. Ryan estaba marcando una diferencia que David sabía que necesitaba aprender: cautela propia no equivalía a administrar el deseo del otro.
David bajó la vista hacia la boca de Ryan y volvió a sus ojos.
—¿Ha cambiado?
Ryan sostuvo su mirada durante un segundo antes de responder, y cuando lo hizo la voz perdió parte del humor que había usado durante la cena.
—Ha cambiado que ahora estás dentro de mi casa y llevo aproximadamente una hora intentando decidir cuánto tiempo más vas a tardar en besarme. Por lo demás, el diagnóstico es bastante estable.
David sonrió, pero el deseo que le recorrió el cuerpo hizo que la sonrisa durara poco.
—Eso es un sí muy elaborado.
—Trabajo en medicina. Pagaron demasiado por enseñarme a documentar.
Ryan fue quien acortó la distancia restante.
Lo hizo sin brusquedad, colocando primero una mano sobre el antebrazo de David y permitiéndole sentir la intención antes de elevarse ligeramente para alcanzarlo. David no necesitó esperar más. Inclinó la cabeza y lo recibió.
El primer contacto de sus bocas tuvo una firmeza que eliminó cualquier posibilidad de confundir aquello con un ensayo.
Ryan había esperado y, una vez tomada la decisión, no parecía interesado en fingir timidez.
Su mano subió desde el antebrazo de David hasta la nuca mientras profundizaba el beso, obligándolo a inclinarse más por la diferencia de altura.
David apoyó una mano en la encimera, a un lado del cuerpo de Ryan, manteniendo la otra sobre su cintura sin tirar todavía de él.
Había pensado en ese beso demasiadas veces. Ninguna de las versiones que había construido se parecía exactamente a Ryan.
En su imaginación, el deseo había sido limpio, casi organizado: boca, manos, un reconocimiento mutuo y después la decisión de parar.
En la realidad, Ryan besaba con una mezcla de seguridad y hambre que convertía cualquier plan en una idea bastante optimista.
Se movió hacia David hasta que el espacio desapareció, y la mano que tenía en su nuca se cerró con más fuerza cuando David respondió abriendo la boca y dejando que el beso ganara profundidad.
La diferencia física entre ellos se hizo evidente de una manera que no tenía relación con autoridad.
David podía sentir el cuerpo de Ryan alineado con el suyo, más estrecho pero sólido, y tuvo que ajustar la postura para no obligarlo a arquearse.
Cuando deslizó la mano desde la cintura hacia la espalda, Ryan respondió acercándose aún más, utilizando la fuerza de David como algo que había elegido y no como algo que le estuvieran imponiendo.
Ese gesto le quitó a David una parte importante del autocontrol.
Lo sujetó con más firmeza.
Ryan dejó escapar contra su boca un sonido bajo, apenas audible, y David sintió cómo el cuerpo entero se le tensaba en respuesta.
La mano que había estado apoyada en la encimera pasó a la nuca de Ryan; el pulgar encontró el borde de la mandíbula, luego la piel por debajo de la oreja.
La barba de David rozó la cara de Ryan y el médico giró la cabeza para buscar un ángulo mejor, sin apartarse ni concederle la dirección completa.
Cuando finalmente necesitaron respirar, Ryan siguió cerca. No se retiró hacia la otra punta de la cocina ni transformó el beso en una conversación inmediata sobre lo que significaba. Se limitó a mantener una mano en el pecho de David mientras recuperaba el aire.
—Eso ha tardado bastante más de lo necesario —dijo al cabo de unos segundos, todavía con la voz afectada por el beso; la sonrisa que acompañó el comentario dejó claro que no esperaba una defensa, sino que disfrutaba viendo hasta qué punto había alterado la calma de David—.
Voy a asumir que la inspección previa ha concluido satisfactoriamente.
David le pasó el pulgar por la cintura, sintiendo la tela fina bajo la mano.
—Todavía estoy recopilando información.
—Eso suena peligrosamente cerca de una excusa para repetir el procedimiento.
—Podría necesitar confirmación.
Ryan volvió a besarlo antes de que la frase pudiera derivar en un intercambio vacío.
Esta vez el ritmo cambió desde el principio.
La novedad había desaparecido y con ella parte de la contención inicial.
Ryan introdujo los dedos bajo el pelo corto de David y utilizó la otra mano para agarrar su camisa a la altura del costado; David respondió deslizando ambas manos alrededor de su cintura hasta abarcarlo con una facilidad que volvió a recordarle la diferencia de tamaño.
Sintió a Ryan percibirla también.
No había tensión defensiva en su cuerpo. Había curiosidad.