4 Café, biografías y un beso que no ocurre #3
David sonrió y después lo estudió con la misma atención que había utilizado antes cuando Ryan habló de Matthew.
—¿Te resulta raro?
Ryan entendió a qué se refería. Exesposa. Hija adulta. Salida del armario relativamente reciente en el trabajo. Una historia vital bastante diferente de la suya.
Pensó antes de contestar porque una frase demasiado tranquilizadora habría sonado falsa.
—Me resulta nuevo —admitió—. No estoy acostumbrado a salir con alguien que tenga una hija cuatro años menor que yo ni una exesposa que aparezca en fotografías familiares. Sería ridículo decir que no me provoca ninguna reacción. Pero «nuevo» y «malo» tampoco son sinónimos.
David lo miró durante varios segundos y algo en su postura se relajó. Ryan comprendió que, pese a toda la seguridad del hombre, existía una parte de él que esperaba ser evaluada por aquella historia. No necesitaba saber todavía de dónde procedía ese miedo.
Habían dicho suficiente.
El café se había enfriado, y el flujo de gente alrededor empezaba a cambiar con el final de la tarde. Cuando Ryan miró la hora, habían superado ampliamente la hora que David había anunciado en el mensaje.
—Creo que hemos incumplido la duración prevista —señaló, enseñándole brevemente la pantalla—. Si esto fuera una intervención hospitalaria, ya estaría justificando por qué el procedimiento excedió el tiempo estimado.
David miró la hora y levantó las cejas.
—Y si fuera una intervención de bomberos, alguien estaría preguntando por qué seguimos aquí cuando el fuego se apagó hace cuarenta minutos. Podemos caminar un poco antes de que vuelvas, si todavía tienes tiempo. Me vendría bien compensar el café con algo que implique mover las piernas.
Ryan guardó el teléfono. Aquello se parecía cada vez menos a una simple reunión para aclarar dudas.
—Tengo tiempo —respondió—. Y voy a reservarme el derecho a usar esa frase en tu contra la próxima vez que intentes fingir que esto no es una cita.
David se puso el abrigo sin contestar de inmediato. Cuando lo hizo, ya estaban saliendo del local y la puerta se cerró tras ellos, obligándolos a acercarse para dejar pasar a una pareja que entraba.
—No recuerdo haber dicho hoy que no fuera una cita —señaló mientras se colocaba a su lado en la acera—. Creo que has construido tú solo esa acusación y llevas una hora intentando conseguir una confesión.
Era exactamente el tipo de frase que antes habría desencadenado cuatro respuestas cortas.
Ryan sintió la tentación y la dejó pasar.
En lugar de contestar de inmediato, se acomodó el abrigo y comenzó a caminar con David por Charles Street, donde el movimiento de la tarde los obligaba a ajustar el paso alrededor de personas, bolsas y escaparates estrechos.
—Entonces voy a reformular la pregunta para evitar litigios futuros —dijo Ryan cuando encontraron un tramo más despejado—. ¿Tú consideras que esto ha sido una cita?
David siguió andando un poco antes de responder. La pausa no era una maniobra; Ryan podía ver que realmente estaba pensando.
—Sí —admitió finalmente—. Y el hecho de que me cueste decirlo tiene más que ver conmigo que contigo. Llamarlo cita hace que parezca que he empezado algo después de insistir durante días en que debía pensarlo. No me gusta sentir que avanzo antes de saber qué hago.
Ryan giró la cabeza hacia él.
—Eso es exactamente lo que llevo diciéndote. Estás intentando saber cómo acaba antes de concederte permiso para empezar.
David recibió la crítica con una mueca.
—Cuando lo dices así suena poco razonable.
—Es uno de mis talentos.
—También es una descripción parcial. Yo ya he tenido una vida en pareja larga, Ryan. Sé lo que significa empezar a compartir decisiones con alguien, aunque ahora mismo solo estemos tomando café. No puedo fingir que la experiencia no existe para sentirme más espontáneo.
La frase hizo que Ryan redujera un poco el paso.
La diferencia entre ellos había mutado otra vez.
Ya no se trataba solo de edad ni de Olivia.
David había vivido durante años dentro de una estructura que Ryan apenas había rozado: una vida organizada alrededor de otra persona, un hogar compartido, una hija.
Ryan podía sentirse infantilizado si David utilizaba aquello como autoridad.
No lo estaba haciendo.
Estaba explicando por qué él mismo reaccionaba como reaccionaba.
—Puedo aceptar que tu historia te haga prudente —dijo Ryan mientras esquivaban a un hombre que salía de una tienda con dos bolsas—. Lo que no quiero es que la uses para decidir que yo no entiendo mis propias decisiones porque he vivido menos años.
David se volvió hacia él y, durante varios pasos, su atención dejó de estar en el tránsito de la acera.
—Eso es justo —concedió—. Y probablemente voy a equivocarme con esa frontera más de una vez.
No añadió una promesa de perfección.
Ryan lo agradeció.
Llegaron a una esquina y esperaron para cruzar. David había ajustado el paso desde que salieron del café, una reducción tan discreta que Ryan tardó varias manzanas en notarla. Cuando lo hizo, la observación le produjo una mezcla extraña de ternura e irritación.
—Estás caminando más despacio por mí.
David lo miró, después bajó la vista a la diferencia entre sus zancadas y pareció darse cuenta de que había sido descubierto haciendo algo que ni siquiera consideraba significativo.
—Sí. Tengo las piernas más largas y no veo ninguna ventaja en obligarte a trotar a mi lado mientras intentamos hablar.
Ryan soltó una risa.
—No necesito que organices mi velocidad.
—¿Te molesta?
La pregunta inmediata cambió el sentido del gesto. David no lo estaba defendiendo; estaba comprobando.
Ryan pensó unos segundos antes de responder.
—No. Me molesta descubrir que lo haces sin haberlo notado. Es distinto.
—Entonces puedo dejar de hacerlo.
—No he dicho eso.
David sonrió, pero se abstuvo de convertir la contradicción en una réplica fácil.
—Perfecto. Añadiré «velocidad de marcha» a la lista de variables que el doctor Lee considera aceptables mientras reciba información suficiente.
Ryan se rio y, al hacerlo, notó cuánto se había relajado.
La tarde no había eliminado las complicaciones.
Las había vuelto concretas, y eso las hacía menos amenazadoras.
Jennifer tenía un rostro en una fotografía.
Olivia tenía veintitrés años y no era una cifra usada como argumento.
Matthew era una relación que Ryan había dañado por decisiones propias.
La diferencia de edad seguía allí, pero ya no podía resumirse en una frase.
Caminaron hasta que el ruido del café quedó lejos y la luz empezó a cambiar sobre las fachadas. Ryan sabía que debía regresar pronto; David también, porque miró la hora y orientó el recorrido hacia un punto desde el que Ryan pudiera continuar sin dar una vuelta absurda.
La despedida apareció antes de que ninguno pareciera preparado.
Ryan lo supo porque David cambió el peso de un pie a otro y se quedó frente a él en vez de simplemente seguir caminando.
Habían llegado a un tramo de acera algo más tranquilo.
La gente pasaba alrededor sin prestarles atención y, por primera vez en toda la tarde, ninguna mesa, taza ni conversación biográfica ofrecía una tarea inmediata.
Ryan llevaba una hora y media intentando no pensar demasiado en la boca de David.
Ahora estaba a una distancia poco colaborativa.
Decidió que ya había demostrado suficiente moderación.
—Quiero preguntarte algo y prefiero que no intentes convertirlo en una evaluación de riesgos —dijo, manteniendo la voz baja; David reaccionó con una atención inmediata que hizo que Ryan sintiera el pulso con demasiada claridad—. ¿Quieres besarme?
David no respondió con una frase rápida.
La pregunta cambió su respiración, su postura y, sobre todo, la dirección de sus ojos.
Miró la boca de Ryan durante un instante que eliminó cualquier posibilidad de que el deseo fuera ambiguo.
Cuando volvió a encontrarle la mirada, su autocontrol parecía costarle mucho más que en la mesa del café.
—Sí, quiero —dijo al fin—. Llevo una parte considerable de la tarde intentando no pensar en hacerlo, lo cual debería dejar bastante claro que mi problema nunca ha sido la falta de atracción.
La confirmación produjo una oleada de calor en Ryan que volvió inútil cualquier intento de responder con ligereza. Acortó un poco la distancia, suficiente para que David entendiera la invitación sin necesidad de tocarlo. El hombre no retrocedió; tampoco avanzó.
Ryan podía ver las hebras grises de su barba, una línea fina junto al ojo izquierdo y el movimiento de su garganta al tragar.
—Entonces no entiendo por qué seguimos hablando de ello —admitió Ryan—. No te estoy pidiendo que prometas nada después. Solo un beso.
La tensión en la cara de David cambió. No era rechazo. Era el esfuerzo de contener una decisión que su cuerpo ya parecía haber tomado.
—Porque para ti puede ser solo un beso esta noche y para mí también podría serlo si estuviera pensando únicamente en los próximos cinco minutos —explicó; bajó la voz cuando dos personas pasaron cerca y esperó hasta recuperar cierta privacidad antes de continuar—.
Pero sé cómo funciono cuando algo me importa.
Si te beso ahora, no voy a salir de aquí pensando que hemos resuelto la curiosidad.
Voy a querer verte otra vez, tocarte otra vez y empezar a organizar espacio para algo que todavía estoy intentando entender. Necesito ir más despacio que mi deseo.
Ryan sintió primero frustración. Después, debajo, una punzada de respeto que no le facilitaba nada.
—Lo que me irrita —dijo con cuidado— es que parte de mí sigue oyendo «yo sé mejor qué nos conviene porque tengo más experiencia». Y eso es exactamente lo que no quiero entre nosotros.
David asintió despacio, sin apartar la mirada.