Llamaradas y Quirófanos 4 Café, biografías y un beso que no ocurre #4
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4 Café, biografías y un beso que no ocurre #4

—Entonces escucha bien esta parte, porque no quiero decir eso.

No estoy decidiendo qué puedes hacer tú ni qué debería significar un beso para ti.

Estoy decidiendo qué hago yo con el mío.

Si mañana tú decidieras que no quieres volver a verme, tendría que aceptarlo aunque creyera que estabas cometiendo un error.

Esto es la misma regla aplicada en dirección contraria.

Ryan se quedó quieto.

La formulación le desarmó parte de la protesta porque no convertía la edad de David en autoridad. Convertía su cuerpo en un límite propio.

Eso Ryan sí tenía que respetarlo.

Podía no gustarle.

De hecho, no le gustaba en absoluto.

Pero era diferente.

—Esa explicación es extremadamente inconveniente —admitió mientras dejaba escapar una risa breve, incapaz de mantener la seriedad completa cuando el deseo seguía tensando el espacio entre ambos—. Prefería cuando podía acusarte simplemente de ser controlador y sentir que yo tenía toda la razón.

David sonrió, aunque no perdió aquella atención intensa sobre su cara.

—Estoy seguro de que volveré a darte oportunidades para acusarme de eso. No necesitas aprovecharlas todas hoy.

Ryan observó la boca de David una última vez y tomó una decisión que le costó más de lo esperado: retrocedió unos centímetros, lo suficiente para devolverle aire al espacio entre ellos.

El efecto sobre David fue inmediato. Sus hombros se relajaron apenas y exhaló con una mezcla de alivio y frustración que a Ryan le resultó obscenamente satisfactoria.

—No voy a besarte si me has dicho que no —aclaró Ryan—. Pero quiero que conste que considero tu autocontrol una elección terrible.

—Eso puedo soportarlo.

—Y tampoco voy a fingir que se me ha pasado.

La mirada de David bajó de nuevo, más rápida esta vez, antes de regresar a sus ojos.

—Eso sería difícil de creer.

Ryan sonrió porque, por fin, David había dejado algo abierto sin intentar resolverlo inmediatamente.

La despedida que siguió no se convirtió en una cadena de frases mínimas.

Hablaron durante unos minutos más sobre cuándo podían volver a coincidir, con las agendas reales interfiriendo de una manera mucho menos romántica que el deseo: Ryan tenía dos días especialmente complicados en el hospital y David no podía prometer una tarde concreta hasta comprobar sus turnos.

Ninguno utilizó la dificultad para fabricar incertidumbre.

Decidieron seguir hablando y encontrar un hueco cuando existiera.

Antes de marcharse, David apoyó una mano en el hombro de Ryan. El gesto empezó como una despedida corriente, pero el pulgar quedó un instante cerca de la base del cuello, lo bastante para que ambos notaran que aquello tampoco era completamente neutral.

David fue quien retiró la mano.

—Me ha gustado esto —dijo, y la frase llevaba ahora todo el peso de las dos horas anteriores—. Incluso las partes en las que me has explicado mis defectos con terminología de comité hospitalario.

Ryan no necesitó contestar inmediatamente. Se quedó mirándolo mientras el contacto desaparecía de su hombro y entendió que la tarde había cambiado más de lo que un beso habría cambiado.

David ya no estaba escondiendo el interés detrás del miedo.

Ryan ya no podía fingir que los veinte años eran solo una cifra que David utilizaba para complicar las cosas.

—A mí también me ha gustado —respondió finalmente—. Y para la próxima intentaré preparar una evaluación menos extensa. No prometo que sea posible, pero puedo ponerlo como objetivo de mejora.

David rio y empezó a alejarse. Antes de llegar a la esquina se volvió una vez, no para añadir una última frase inteligente, sino simplemente para comprobar que Ryan seguía allí. Lo encontró mirándolo y levantó una mano.

Ryan correspondió al gesto.

Después continuó hacia el hospital.

Mientras caminaba, la tarde volvió una y otra vez a su cabeza, pero ya no en fragmentos sueltos.

Jennifer y la fotografía familiar; la edad de Olivia; Matthew y la forma en que Ryan había utilizado el hospital para desplazar decisiones incómodas; David admitiendo que el deseo existía precisamente por eso necesitaba controlarlo; la mano en su hombro al final.

No se habían besado.

Hacía dos semanas, Ryan habría considerado eso un fracaso bastante claro.

Ahora no estaba tan seguro.

Había salido de aquel café sabiendo más sobre David de lo que un beso habría podido contarle, y había descubierto algo menos cómodo sobre sí mismo: que exigir autonomía también implicaba respetar la del otro cuando la decisión no coincidía con la que él quería.

No pensaba convertirlo en una lección.

Sobre todo porque seguía deseando besarlo.

Muchísimo.

Pero cuando el teléfono vibró antes de que alcanzara Fruit Street y apareció un mensaje de David —una fotografía del vaso vacío acompañada de una queja sobre que Ryan le había hecho perder dos horas con un café mediocre—, Ryan sonrió sin necesidad de responder inmediatamente.

Por primera vez desde que lo conocía, no necesitaba conseguir el siguiente paso esa misma noche para saber que existía.