Llamaradas y Quirófanos 4 Café, biografías y un beso que no ocurre #2
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4 Café, biografías y un beso que no ocurre #2

La conversación se desplazó desde allí con más facilidad.

Hablaron del evento y de Sophia, de la cantidad absurda de formularios posteriores que había recibido Ryan y de la certeza de David de que Sarah conservaba alguna fotografía suya de Copley únicamente para utilizarla en futuras humillaciones.

El humor ya no funcionaba como una batería de respuestas rápidas: cada tema abría otro.

David terminó contándole por qué odiaba las sesiones de fotografía promocional; Ryan explicó que en medicina existía una versión menos sexualizada de la misma objetificación, aquella costumbre social de descubrir que alguien era médico y convertir una cena en una consulta improvisada sobre una rodilla, una erupción o un síntoma que la persona llevaba tres meses evitando enseñar a su propio doctor.

—La diferencia —explicó Ryan, viendo cómo David sonreía mientras hablaba— es que nadie suele pedirme que me quite la camiseta para demostrar que soy buen cirujano.

Lo más cerca que he estado fue una gala en San Francisco donde alguien decidió que todos los residentes jóvenes parecíamos más accesibles si nos quitaban la bata para las fotos.

Se suponía que era una decisión de comunicación. Yo lo interpreté como una amenaza.

La mención de San Francisco abrió una puerta distinta. David preguntó por aquella etapa sin pedirle una cronología académica completa, y Ryan agradeció que la curiosidad estuviera centrada en él, no en la colección de títulos que podía poner en un currículum.

—Fue importante —explicó—. Me vino bien estar lejos, descubrir que podía construir una vida sin depender de la que ya conocía y comprobar que también podía arruinarla trabajando demasiado.

Eso último fue menos formativo de lo que parece, porque necesité repetir el experimento varias veces para aceptar los resultados.

David dejó la taza sobre el platillo y se acomodó mejor, preparándose para escuchar en vez de lanzarse a solucionar.

—¿Las tres relaciones de las que me hablaste por mensaje?

Ryan asintió. La pregunta habría podido incomodarlo; en realidad le gustó que David hubiera recordado algo mencionado de pasada.

—Tres relaciones suficientemente serias como para que no pueda culparlas de haber terminado solo porque no eran la persona correcta —dijo, y decidió seguir antes de que la precisión lo llevara a rebajar lo que estaba contando—.

Matthew fue la más larga. No hubo infidelidad ni un desastre espectacular.

Lo cansé. Yo siempre tenía una razón válida para cancelar, llegar tarde o decir que el mes siguiente sería mejor.

Lo irritante es que casi todas las razones eran ciertas.

La residencia exige tiempo. El problema es que una colección de razones ciertas puede acabar produciendo una relación bastante miserable.

David no intentó absolverlo. Tampoco preguntó por detalles de Matthew que no necesitaba conocer.

—¿Y crees que ahora harías algo distinto?

La pregunta obligó a Ryan a examinarse con más seriedad de la que había previsto para aquella tarde.

—Quiero creer que sí, pero decirlo es fácil cuando no existe todavía una persona esperando que lo demuestre —respondió mientras contemplaba un instante el tráfico más allá de la ventana—.

Por eso estoy siendo más cuidadoso en Boston.

No quiero volver a prometer disponibilidad que no tengo.

Tampoco quiero usar el hospital como excusa para evitar cualquier cosa que pueda complicarme la vida.

Cuando miró otra vez a David, encontró en su expresión una ironía tan evidente que no necesitó que el hombre la convirtiera en una réplica aislada.

—Puedes decirlo —le concedió Ryan—. La palabra «complicar» te acaba de parecer relevante.

David sonrió.

—Solo iba a señalar que estás tomando café con un bombero veinte años mayor que tú que ya te dijo que la diferencia le preocupa. Si estabas buscando una vida sentimental de baja complejidad, quizá el proceso de selección necesite ajustes.

Ryan soltó una risa y movió la cabeza, pero debajo de la broma reconoció la pregunta que David no había formulado: ¿Por qué yo?

Todavía no sabía contestarla de una manera que no sonara exagerada.

Le gustaba mirarlo. Eso era evidente. Le gustaba su forma de trabajar, el humor seco, la manera en que escuchaba antes de actuar cuando conseguía contener el impulso de solucionar cosas.

También había descubierto algo incómodamente atractivo en la edad de David: no como un fetiche abstracto, sino en los detalles que la demostraban.

El gris. Las líneas alrededor de los ojos.

La seguridad corporal de alguien que llevaba décadas viviendo dentro del mismo cuerpo y no parecía estar pidiendo permiso para seguir resultando deseable.

Ryan todavía no sabía qué parte de todo eso sobreviviría a un mes de conocerlo.

No necesitaba saberlo esa tarde.

—De momento —dijo—, estoy intentando no confundir prudencia con abstinencia total de decisiones interesantes.

La mirada de David permaneció sobre él un segundo más antes de bajar a su café, y Ryan reconoció la retirada: el momento en que el hombre prefería mover la conversación hacia un terreno menos expuesto.

Decidió no permitírselo completamente.

—Te toca.

—¿Qué me toca?

—Yo acabo de contarte que tres hombres distintos tuvieron motivos legítimos para pensar que mi trabajo saldría ganando cualquier competición por mi tiempo. Tú puedes ofrecer algo más que «tengo cuarenta y siete años y una capacidad extraordinaria para detectar peligros».

David soltó aire por la nariz y se pasó una mano por la barba, considerando el precio de haber aceptado aquel café.

—Eso suena a entrevista.

—Puedo entregarte una hoja de consentimiento si mejora el ambiente.

David se rio antes de empezar a hablar, y esa transición impidió que su biografía pareciera una ficha.

No le ofreció una cronología completa. Ryan supo que había pasado la mayor parte de su vida adulta en Boston, que South Boston era hogar desde hacía años y que su permanencia allí tenía menos que ver con nostalgia que con una suma de decisiones prácticas que, con el tiempo, se habían convertido en raíces.

Olivia apareció en la conversación casi enseguida, no como una revelación preparada, sino porque resultaba imposible explicar la estructura de la vida de David sin mencionarla.

—Tiene veintitrés —dijo David mientras buscaba en el móvil una fotografía que no parecía destinada a impresionar a nadie—. Y antes de que hagas esa cara, sí, ya sé que solo os lleváis cuatro años.

Ryan había intentado no hacer ninguna cara.

Al parecer había fracasado.

David le enseñó una fotografía en la que Olivia aparecía riéndose junto a una mesa llena de comida, con él a un lado y una mujer que Ryan supuso que era Jennifer al otro.

No había nada cuidadosamente editado en la imagen: David tenía una servilleta arrugada en la mano y parecía haber sido sorprendido en mitad de una frase; Jennifer estaba señalándolo por algún motivo; Olivia era la única que miraba directamente a cámara.

La normalidad de la escena hizo más por materializar los veinte años que cualquier cifra.

Ryan tenía veintisiete. Olivia, veintitrés.

David había sido padre aproximadamente a la edad que Ryan tenía ahora.

Mientras Ryan estaba construyendo su carrera y justificando por qué una relación podía esperar otro mes, David había pasado décadas haciendo cenas, atendiendo reuniones escolares, trabajando turnos y manteniendo una familia.

No lo volvió menos atractivo.

Lo volvió menos abstracto.

—Es guapa —dijo Ryan, devolviéndole el móvil—. Y entiendo mejor por qué la edad no funciona para ti como una simple resta.

David guardó el teléfono y pareció agradecer que Ryan no hubiera convertido el descubrimiento en una demostración de alarma.

—Olivia no es un problema que tengas que resolver —aclaró—. Tampoco Jennifer. Te lo cuento porque forman parte de mi vida y porque, si alguna vez esto avanzara, descubrirlas después como información secundaria sería absurdo.

Ryan se fijó en el condicional.

Si alguna vez esto avanzara.

No quiso sonreír demasiado.

—¿Jennifer y tú os lleváis bien?

—La mayoría de los días mejor que cuando estábamos casados —respondió David, y el humor no ocultó el afecto tranquilo que apareció al pronunciar el nombre—.

Tuvimos un matrimonio largo. Fue real. Olivia nació dentro de esa vida y no pienso contarla ahora como una especie de error de juventud para conseguir que mi historia actual resulte más ordenada.

Ryan dejó que aquella afirmación permaneciera sin intentar simplificarla. Sabía que David era gay en el presente; también sabía que algunas personas habrían reaccionado al matrimonio haciendo preguntas invasivas sobre cuándo lo supo, qué significó y si alguna parte había sido mentira.

No quería ser una de ellas.

—No necesito que lo conviertas en una explicación perfecta —dijo—. Si Jennifer sigue siendo familia, prefiero saber eso a que te pases media hora intentando convencerme de que no importa.

La expresión de David se suavizó.

—Sigue siendo familia.

Ryan asintió. Aquella frase bastaba por ahora.

Fue David quien añadió lo siguiente, quizá porque acababa de decidir que también pertenecía a lo imprescindible.

—En la estación salí del armario hace dos años.

La mayoría ya conocía suficientes partes de mi vida para que no fuera exactamente una presentación desde cero, pero sí fue la primera vez que dejé de tratarlo como información que podía administrar según quién estuviera delante.

Michael reaccionó preguntándome si eso significaba que por fin iba a dejar de aceptar citas que claramente no quería.

Sarah me dijo que llevaba años sospechando que mi gusto por determinados actores tenía poco que ver con su talento.

Ryan se rio, imaginando con facilidad a ambos.

—Eso explica por qué ninguno pareció especialmente interesado en convertir mi aparición en la estación en una crisis identitaria.

—No, su interés era puramente entrometido.

—Mucho más saludable.