4 Café, biografías y un beso que no ocurre
Ryan había pasado la mayor parte del jueves convencido de que no estaba nervioso.
La conclusión resistió durante una colecistectomía en la que su tarea consistió principalmente en mantener la atención, responder cuando le preguntaban y no estorbar a quien tenía más experiencia; sobrevivió también a una comida tomada demasiado deprisa y a una conversación en la que otro residente había intentado cambiarle una guardia con la misma sutileza de alguien vendiendo un coche usado.
Solo empezó a perder credibilidad cuando Ryan se descubrió, a las cuatro y veinte, en el baño de personal comprobando si la camisa que llevaba debajo de la bata tenía alguna arruga visible.
Se quedó mirando su reflejo y decidió que aquello seguía sin demostrar nada.
Podía querer estar presentable sin que eso convirtiera un café en una cita. Las personas se aseaban por multitud de razones perfectamente respetables. La higiene, por ejemplo. La autoestima. El deseo legítimo de no aparecer ante otro ser humano con una mancha de café seco cerca del segundo botón.
El hecho de que ese otro ser humano fuera David McCarthy no tenía por qué alterar la clasificación.
Ryan acabó de lavarse las manos y salió antes de que alguien entrara y tuviera que explicar por qué un PGY-2 llevaba más tiempo estudiando su propia cara que algunas radiografías.
David había propuesto el encuentro después de varios días de mensajes que ya no podían esconderse detrás de la actividad de Copley.
Al principio habían hablado del material que utilizaron allí, luego de turnos y horarios, y finalmente de cosas que no necesitaban ninguna justificación profesional: una película que David se negaba a ver en el teléfono, la extraña tolerancia de Ryan hacia vídeos reproducidos a una velocidad que él consideraba eficiente y David describía como una forma de violencia, una fotografía de la sartén nueva que Ryan había comprado para sustituir la destruida.
La transición había ocurrido sin declaración formal, precisamente por eso Ryan había apreciado que David hiciera algo claro al final: ofrecer una hora concreta y un lugar concreto para volver a verlo.
No había usado la palabra cita .
Ryan había decidido no señalarlo por mensaje. Se consideró una muestra notable de autocontrol.
El café estaba en Charles Street, lo bastante cerca del hospital para que Ryan llegara caminando sin convertir la salida en una expedición y lo bastante fuera de su ruta habitual para que ninguno pudiera fingir que simplemente se había cruzado con el otro.
Cuando entró, faltaban once minutos para la hora acordada.
El local tenía pocas mesas libres, olor a café recién hecho y ese nivel de ruido que permitía hablar sin sentirse observado.
Ryan eligió una mesa junto a la pared, pidió algo que no necesitaba realmente y dejó el teléfono boca abajo después de consultar la hora dos veces.
Llegar pronto había sido un error táctico.
Le concedía demasiado tiempo para pensar.
La primera vez que vio a David, el hombre llevaba equipo de intervención y había entrado en su edificio después de que Ryan demostrara que años de formación médica no proporcionaban inmunidad contra una cena quemada.
En Ladder 15 lo había visto dentro de su comunidad, trabajando, discutiendo con Michael y Sarah y demostrando que su atractivo no desaparecía cuando no había humo cerca.
Copley terminó de arruinar cualquier posibilidad de que Ryan redujera el interés a un uniforme: lo había observado con Sophia, incómodo ante una cámara, paciente con desconocidos y mucho más interesado en hacer bien su trabajo que en representar la versión pública de un bombero.
Aquella tarde no habría ni estación ni evento.
Solo los dos.
Ryan había empezado a preguntarse qué ocurriría cuando David se quedara sin una función detrás de la que protegerse.
La respuesta entró por la puerta a las cinco menos dos.
David llevaba vaqueros oscuros, botas y una camisa gris con las mangas dobladas hasta mitad del antebrazo.
El efecto sobre Ryan fue lo bastante inmediato para resultar ofensivo.
Cualquier parte de él que todavía quisiera atribuir el atractivo al equipo de bombero se quedó sin argumentos: David seguía midiendo alrededor de uno noventa, seguía teniendo hombros que convertían una camisa corriente en una decisión estética y seguía llevando el gris de las sienes y de la barba sin el menor esfuerzo por parecer más joven.
Ryan observó cómo lo localizaba entre las mesas y sintió un alivio absurdo cuando la expresión de David cambió.
No sonrió como había sonreído a Sophia ni como sonreía cuando Michael conseguía irritarlo. Aquello era más pequeño, privado y consciente.
Ryan se levantó para saludarlo y David señaló la taza ya empezada antes de sentarse.
—Llegar antes que yo y empezar sin esperarme podría interpretarse como una estrategia para tener ventaja —comentó mientras dejaba el abrigo en el respaldo de la silla; la atención que dedicó a Ryan recorrió la camisa, la cara y volvió a sus ojos con suficiente calma para que no pudiera fingir que había sido accidental—.
Aunque después del episodio de la sartén me alegra comprobar que puedes manejar una bebida caliente sin supervisión profesional.
Ryan agradeció que el parlamento fuera lo bastante largo para darle tiempo a decidir si mencionaba que había notado aquella inspección.
—He realizado varias pruebas domésticas desde entonces —respondió mientras David iba hacia el mostrador—. Los resultados preliminares indican que puedo sobrevivir en una vivienda sin asistencia de Ladder 15. Todavía no publicaría el estudio porque la muestra es pequeña, pero soy optimista.
David se marchó riéndose, y Ryan utilizó esos minutos para recordar que un hombre podía encontrarlo divertido y atractivo sin que eso significara que fuera a besarle al final de la tarde.
Aquella última parte importaba.
David había sido claro desde la estación: veinte años no eran un detalle que quisiera ignorar.
Después había seguido escribiéndole, había buscado la manera de verlo y finalmente había propuesto aquel café.
Ryan no sabía todavía qué conclusión sacar de la contradicción, salvo que aparentemente David también tenía problemas para obedecer sus propias decisiones.
Eso le gustaba más de lo que debería.
Cuando regresó, David se acomodó en la silla y probó el café antes de hacer una mueca mínima.
—Aceptable —dictaminó—. Lo cual significa que ya supera al de la estación y nos deja sin uno de nuestros temas principales de conversación. Tendremos que descubrir si somos capaces de hablar sin utilizar cafeína mala ni incendios domésticos como apoyo estructural.
Ryan dejó que la sonrisa apareciera antes de contestar.
—Me parece justo, aunque quiero señalar que fui yo quien propuso originalmente tomar algo y tú quien lo rechazó. Si hoy fracasa la conversación, la responsabilidad del reintento es enteramente tuya.
David apoyó los antebrazos sobre la mesa y lo miró durante un instante en el que la broma perdió parte de su utilidad.
—Lo sé. Y también sé que invitarte después puede parecer una manera bastante torpe de retirar lo que dije sin tener que reconocer que cambié de opinión.
Ryan había esperado que tardaran más en llegar allí.
Con cualquier otra persona probablemente habría disfrutado un poco del periodo previo, de la cortesía y las preguntas fáciles.
David, en cambio, parecía tener una capacidad inquietante para dejar que el humor hiciera soportable una conversación antes de entrar directamente en aquello que importaba.
—¿Cambiaste de opinión? —preguntó Ryan, procurando que el tono no sonara a interrogatorio aunque conocía sus propias limitaciones—.
Porque puedo aceptar que sigas teniendo dudas, pero me ayudaría saber si estamos tomando un café porque decidiste que exagerabas el problema o porque decidiste que podías preocuparte y verme al mismo tiempo.
David tomó un sorbo antes de responder, utilizando esos segundos para pensar en vez de fabricar una frase tranquilizadora.
—Lo segundo —dijo, y la respuesta breve quedó integrada en una explicación más amplia antes de que Ryan pudiera convertirla en victoria—.
Veinte años siguen pareciéndome veinte años.
No hubo una mañana en que me levantara y de pronto me parecieran irrelevantes.
Lo que sí me pareció estúpido fue usar esa preocupación para fingir que no quería conocerte cuando llevaba varios días esperando tus mensajes.
Aquello era considerablemente más de lo que Ryan esperaba obtener en los primeros cinco minutos.
También era el tipo de claridad que le impedía atacar la objeción de David como si fuera un problema lógico.
—Esa versión me irrita menos —admitió mientras giraba la taza entre las manos—. No mucho menos. Sigo pensando que tienes cierta tendencia a evaluar riesgos por los dos antes de que yo haya podido votar, pero al menos ya no finges que el riesgo elimina el interés.
La observación no produjo una reacción defensiva inmediata. David se quedó mirándolo con un interés casi profesional, aunque Ryan sabía que no era eso. Había algo más personal en la manera en que escuchaba una crítica cuando le importaba quién la hacía.
—Puede que tengas razón con lo de decidir demasiado deprisa —concedió David—.
Llevo mucho tiempo trabajando en un entorno donde ver un problema antes que otro suele ser útil.
No siempre recuerdo que una relación no funciona así.
De todas formas, si hoy me ves intentando decidir por ti, dímelo.
No prometo estar de acuerdo, pero al menos sabré de qué estamos discutiendo.
Ryan sintió un pequeño impulso de satisfacción. No porque hubiera ganado, sino porque David no lo estaba tratando como a un hombre más joven al que convenía manejar con delicadeza.
—Eso puedo hacerlo —aseguró—. Tengo referencias excelentes en materia de señalar errores.
—De eso no necesito referencias. Ya he visto una demostración práctica.