3 Dos maneras de salvar a alguien #4
Al principio David ni siquiera lo notó. Había trabajo, una conversación con Michael, comida y la clase de rutina que convertía el teléfono en un objeto secundario. Sin embargo, cerca de medianoche comprobó la pantalla mientras iba a buscar agua y descubrió que el último mensaje seguía siendo suyo.
La reacción le molestó por lo que revelaba.
Ryan era residente. Podía estar operando, durmiendo, escribiendo notas, hablando con un superior o haciendo cualquiera de las cien cosas que tenían prioridad sobre una conversación con un bombero que le había rechazado una cita.
David no tenía ningún derecho a esperar respuesta rápida y, más importante, no quería convertirse en un hombre que medía interés mediante minutos frente a una pantalla.
Dejó el teléfono.
Cuando volvió a mirarlo bastante después, había un mensaje.
Ryan se disculpaba por el retraso solo para explicar que una parte de la tarde se había complicado, y luego añadía que había decidido considerar la revisión de David como prueba de que, en secreto, disfrutaba los folletos educativos.
La última frase ya no tenía ninguna relación con el evento: preguntaba si el café de la estación era siempre tan malo o si habían reservado una edición especial para invitados.
David leyó aquello más de una vez.
Respondió que el café servía principalmente para mantener humildes a los bomberos.
La conversación no se convirtió en una avalancha.
Eso habría sido más fácil de identificar y quizá de detener.
Se extendió durante los días siguientes en espacios pequeños.
Un mensaje sobre el material del evento se convirtió en una pregunta sobre un turno.
Una pregunta sobre un turno terminó en una fotografía que Ryan envió de una sartén nueva todavía dentro de su caja, acompañada de la información de que había invertido en tecnología doméstica de última generación y todavía no la había incendiado.
David le contestó que necesitaba un periodo de observación más largo antes de aceptar esos resultados.
Ryan dejó de responder durante casi todo un día.
David sabía por qué.
Lo sabía con la cabeza, al menos. El resto de él empezó a descubrir que esperar era una actividad mucho menos sencilla cuando deseaba que el teléfono vibrara.
La respuesta llegó entrada la noche: Ryan había salido de un turno agotador y, en lugar de continuar la broma, escribió que apenas tenía energía para ducharse y comer.
David empezó a teclear una recomendación práctica sobre descanso antes de detenerse.
Ryan era médico. Tenía veintisiete años, no doce, y no necesitaba que un hombre al que apenas conocía le organizara la noche.
Borró la frase.
Escribió simplemente que esperaba que pudiera dormir.
Ryan respondió más tarde con un agradecimiento y una pregunta que tampoco tenía ninguna relación con el trabajo: quería saber si David tenía siempre horarios igual de imprevisibles.
A partir de ahí dejaron de fingir del todo.
Hablaron de turnos, pero también de películas que uno había visto y el otro no, de la extraña capacidad de Michael para descubrir cualquier información privada dentro de una estación, del hecho de que Ryan consumía vídeos a velocidad acelerada y David consideraba aquello una agresión contra cualquier persona que hubiera trabajado en el montaje.
Ryan escribía mensajes más largos cuando estaba cansado, algo que David habría esperado al revés, y a veces desaparecía durante horas para regresar sin ceremonia cuando volvía a tener tiempo.
David empezó a reconocer esos huecos.
Peor aún: empezó a incorporarlos.
Una semana después del evento, tenía el teléfono en la mano al salir de la estación y se sorprendió leyendo por tercera vez el último mensaje de Ryan.
Era una queja sobre una máquina de café del hospital y una observación innecesariamente detallada acerca de las probabilidades de que el líquido compartiera origen con el que David había llevado a Copley.
David podía responder con otra broma.
También podía seguir utilizando la distancia de veinte años como una razón para mantener toda la relación dentro de mensajes que, a aquellas alturas, ya no engañaban a ninguno de los dos.
Miró la hora, pensó en su agenda de la semana siguiente y escribió con más lentitud de la habitual.
Le dijo que el jueves tendría aproximadamente una hora libre al final de la tarde.
Conocía un café en Charles Street que estaba razonablemente cerca del hospital y no servía nada que pudiera clasificarse como combustible industrial.
Añadió que la diferencia de edad seguía existiendo y que no había resuelto ninguna de las preguntas que le planteaba.
Después escribió la única parte que importaba.
Le apetecía verlo de todas formas.
David leyó el mensaje completo antes de enviarlo. Durante un momento tuvo la tentación de suavizarlo, añadir una salida o convertirlo en algo que pudiera interpretarse como continuación del evento.
No lo hizo.
Ryan había sido claro con él en la estación. Si David iba a cambiar una decisión, aunque fuera solo lo suficiente para aceptar un café, le correspondía ser igual de claro.
Pulsó enviar y guardó el teléfono antes de poder reconsiderarlo.
La respuesta no llegó enseguida.
Aquella vez, David consiguió no mirar la pantalla durante casi diez minutos. O casi.