3 Dos maneras de salvar a alguien #3
David había esperado encontrar atractiva la competencia.
No había previsto cuánto.
La voluntaria llamó a Ryan para un fragmento conjunto antes de que David pudiera pensar una excusa aceptable.
La idea era sencilla: una pregunta sobre qué ocurría desde que alguien pedía ayuda hasta que llegaba al hospital, respondida por un bombero y un profesional médico.
David aceptó porque negarse habría sido más llamativo que hacerlo y porque, si era completamente sincero, la presencia de Ryan disminuía parte de su rechazo.
Los colocaron uno junto al otro.
Eso introdujo otro problema.
David era muy consciente de que Ryan medía casi un pie menos que él, de que la manga de la camisa se ajustaba cuando cruzaba los brazos y de que la proximidad permitía detectar el olor limpio de su colonia por debajo del café.
También era consciente de que pensar en esas cosas mientras una persona explicaba dónde debían mirar a cámara era exactamente la clase de estupidez que había intentado evitar al rechazar aquella cerveza.
Ryan se inclinó apenas hacia él.
—Estás poniendo la cara de «no toques eso» que Johnson describió el otro día —dijo en voz baja, procurando que la voluntaria no lo oyera mientras ajustaba el encuadre—. Empiezo a creer que existe de verdad.
David mantuvo la vista al frente.
—La estoy usando contigo.
—No he tocado nada.
—Todavía.
Ryan sonrió, pero en vez de prolongar el intercambio miró a la voluntaria y preguntó qué necesitaba exactamente de ellos. La mujer explicó la pregunta, añadió que no hacía falta memorizar nada y pidió una respuesta sencilla. David sintió cómo los hombros se le endurecían de todas formas.
Ryan lo notó.
No intentó salvarlo de la cámara ni convertir la incomodidad en una broma pública.
Simplemente respondió primero. Habló de la llegada al hospital sin grandilocuencia, explicó que la atención era una cadena de personas y decisiones, y dejó una pausa natural para que David completara desde el otro lado.
Cuando le llegó el turno, David descubrió que ya no estaba pensando tanto en el teléfono que los grababa.
Miró a Ryan al responder una de las frases y, durante unos segundos, la conversación se pareció más a la que habían tenido después de ver a Sophia que a una pieza de promoción.
La voluntaria consiguió el clip en una sola toma.
—Perfecto. Eso era exactamente lo que necesitaba.
David sintió un alivio desproporcionado.
Ryan esperó a que ella se alejara antes de hablar.
—No era tan grave.
—Eso lo dices porque no te han pedido que poses con una herramienta en la mano para parecer más bombero.
La sonrisa de Ryan se frenó al reconocer que la frase contenía más verdad que humor.
—¿Lo han hecho?
—Más de una vez.
—Creía que lo del calendario te molestaba solo porque es un cliché.
David apoyó las manos en el borde de la mesa. Podía haber respondido con otra broma y cerrar el asunto, pero después de la mañana con Sophia aquella estrategia le pareció innecesariamente defensiva.
—El cliché me da igual —dijo, bajando la voz para mantener la conversación entre ellos—.
Sé cómo me veo y no tengo un problema moral con que alguien encuentre atractivo a un bombero.
Sería raro fingir que no entiendo de dónde sale.
Lo que me molesta es cuando alguien deja de ver el trabajo y empieza a tratarte como si te hubieras vestido para su entretenimiento.
Una cosa es que me mires. Otra es que alguien piense que por llevar uniforme tengo que disfrutar que me conviertan en accesorio de su vídeo.
Ryan no apartó la vista.
David se dio cuenta demasiado tarde de la forma concreta en que había formulado una parte de aquello.
Una cosa es que me mires.
Era más directo de lo que pretendía.
También era verdad.
Ryan no utilizó la oportunidad para flirtear.
—Entiendo la diferencia —respondió después de pensarlo—. En el hospital pasa algo menos sexy. La gente descubre a qué te dedicas en una fiesta y, de pronto, decide que eres una consulta sin cita previa. Pero al menos nadie me pide que me quite la camisa para demostrar compromiso con la cirugía.
David soltó una risa que le aflojó parte de la tensión.
—Dales tiempo.
—No pienso darles esa idea.
La conversación podría haberse quedado en una broma, pero Ryan continuó mientras recogía del suelo un cable que alguien había dejado demasiado cerca del paso y lo apartaba sin dramatismo.
—Para ser justo, yo también compré parte de la fantasía la primera noche —admitió—. El equipo, el tamaño, la entrada dramática en mi edificio... no ayudaban precisamente a verte como un hombre que luego se queja de salir en cámara.
—No hice una entrada dramática. Subí unas escaleras.
—Llevabas ropa ignífuga y yo tenía una sola zapatilla. Permíteme conservar cierta perspectiva artística.
David negó con la cabeza, pero sonreía.
Ryan levantó la mirada hacia él y añadió, ya sin humor:
—Hoy es distinto.
No explicó en qué sentido.
David tampoco se lo pidió.
El hecho de que no hiciera falta le produjo más inquietud que cualquier declaración habría conseguido.
Al terminar la actividad, los voluntarios empezaron a desmontar antes de que el flujo de gente desapareciera por completo.
David regresó a las tareas concretas con alivio: cajas, material, comprobaciones, cosas que podían levantarse y colocarse en un lugar definido.
Ryan ayudó a recoger su zona del hospital, aunque tenía que marcharse antes que algunos de los demás porque volvía a tener obligaciones al día siguiente.
La excusa para intercambiar teléfonos apareció sin necesidad de fabricarla.
Ryan tenía en su móvil una versión revisada del esquema que habían usado para la parte conjunta y comentó que podía mandársela a David por si el grupo repetía una actividad parecida. David podría haberle dado el correo de la estación. Incluso pensó en hacerlo.
En vez de eso sacó su teléfono.
—Pásamelo por mensaje —dijo, y le dio el número.
Ryan no reaccionó como si acabara de conseguir algo. Eso habría hecho que David se arrepintiera de inmediato. Introdujo el contacto, comprobó que no había cometido ningún error y le envió el archivo allí mismo. El teléfono de David vibró en su mano.
—Te he mandado también la versión con notas —explicó Ryan mientras guardaba el suyo—. Antes de que protestes, no son instrucciones para bomberos. Son correcciones de mi parte médica.
David abrió el mensaje y vio una cantidad de texto que solo podía haber producido alguien con una relación emocional demasiado intensa con la precisión.
—¿Esto es la versión breve?
Ryan recogió su acreditación y la metió en un bolsillo.
—Sí. He hecho un esfuerzo enorme y espero reconocimiento.
—Voy a necesitar supervisión para leerla.
—Puedo recomendarte a alguien con formación.
David lo miró. Ryan sonreía.
Era el momento exacto en que la conversación podía haber vuelto a ser una colección de bromas, y quizá por eso David eligió no añadir otra. Guardó el teléfono y sostuvo la mirada un instante más.
—Me ha gustado trabajar contigo hoy.
La sonrisa de Ryan cambió. Se volvió menos defensiva, menos preparada.
—A mí también.
David habría preferido que aquello se sintiera menos parecido a una decisión.
No fue así.
El primer mensaje que David envió esa noche tenía una justificación profesional impecable.
Le escribió para confirmar que había recibido el archivo y señalar una frase que quizá necesitaban revisar si el material volvía a utilizarse.
Ryan respondió casi una hora más tarde, cuando David ya estaba de regreso en Boylston, y explicó el cambio con el mismo nivel de precisión que utilizaba cuando hablaba en persona.
La respuesta terminaba con una observación sobre la capacidad de David para detectar una ambigüedad después de afirmar durante toda la mañana que odiaba el material promocional.
David contestó que odiar algo no impedía hacerlo bien.
Ryan tardó bastante más en responder la segunda vez.