Llamaradas y Quirófanos 2 Muffins, Ladder 15 y la primera negativa #3
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2 Muffins, Ladder 15 y la primera negativa #3

Bastó el nombre para que el otro hombre entendiera que la parte siguiente iba en serio.

Se quedó quieto, sin cerrarse, y David notó una sensación incómoda de responsabilidad que no tenía derecho a existir todavía.

Apenas se conocían. No le debía una protección anticipada contra una relación que ni siquiera había empezado.

Pero sí le debía claridad.

Ryan se la adelantó.

—Puedo invitarte a tomar algo —dijo, y lo hizo sin teatralidad, manteniendo las manos en los bolsillos como si necesitara impedir que su propio cuerpo añadiera otra capa a la propuesta—.

Una cerveza, café, comida, lo que te resulte menos comprometedor.

No estoy pidiéndote que definas nada. Solo quiero verte cuando ninguno de los dos esté trabajando.

La invitación era exactamente lo bastante pequeña para que David pudiera aceptar sin prometer nada.

Eso la hizo más difícil.

Durante un instante se permitió imaginarlo: una mesa, Ryan descansado, una conversación sin Michael escuchando desde algún punto del edificio y sin equipo, alarmas ni horarios imponiendo su forma al encuentro.

El deseo apareció con una facilidad que confirmó que la prudencia no procedía de falta de interés.

David necesitaba saber una cosa antes de contestar.

—¿Cuántos años tienes?

Ryan parpadeó. Había esperado quizá una respuesta sobre horarios, orientación o disponibilidad; la pregunta le cambió la postura de manera casi imperceptible.

—Veintisiete —respondió, y el tono adquirió enseguida una defensa que revelaba que ya intuía hacia dónde iba aquello—. Si esto va a convertirse en una conversación sobre que soy demasiado joven para saber a quién quiero invitar a una cerveza, te aviso de que no va a ir bien.

David negó con la cabeza antes de que esa interpretación se asentara.

—No creo que seas demasiado joven para decidir nada sobre tu propia vida —aclaró, manteniendo la voz baja porque no tenía ninguna intención de convertir aquello en material para la estación—.

Te he visto exactamente dos veces y ya sé que intentar decirte lo que puedes o no puedes hacer sería una forma bastante rápida de conseguir que me mandaras al carajo.

La tensión en los hombros de Ryan disminuyó un poco, aunque no desapareció.

—En eso estamos de acuerdo.

David dejó pasar la frase sin convertirla en un pequeño duelo verbal.

—Yo tengo cuarenta y siete —continuó—. No te lo digo para que hagas una resta que ya sabes hacer. Te lo digo porque veinte años no son una característica secundaria para mí. No quiero actuar como si fueran solo una cifra porque ahora mismo ambos estemos de pie aquí y nos gustemos.

Ryan lo observó con una atención mucho más seria que la que había dedicado al equipo de la estación. David vio cómo analizaba la frase, no para encontrar una debilidad con la que discutir, sino para decidir qué parte aceptaba y cuál no.

—No estoy pidiéndote que finjas que no existe —respondió al cabo de un momento—.

Lo que no me convence es que decidas por adelantado qué significa para mí.

Si me dices que no quieres salir conmigo, lo acepto.

Si me dices que veinte años te incomodan y necesitas pensarlo, también. Pero son dos respuestas distintas.

Ahí estaba.

La precisión de Ryan dejaba de ser pedantería cuando algo le importaba. Se convertía en una manera de proteger los límites de la conversación, de impedir que otra persona escondiera una decisión detrás de una justificación más amable.

David respetó eso incluso cuando lo obligó a mirarse con menos comodidad.

—Tienes razón —admitió—. Entonces voy a decirlo mejor. Me incomoda lo suficiente como para no querer aceptar una cita ahora.

El rostro de Ryan cambió apenas. No hubo dramatismo ni una retirada brusca, pero David vio la decepción antes de que el médico la pusiera bajo control.

—Eso sí es una respuesta.

—No he terminado.

Ryan esperó.

David escogió las palabras con más cuidado de lo que habría querido necesitar.

—Si no me parecieras atractivo, esto sería mucho más sencillo.

Podría darte las gracias por los muffins, dejar que Michael te robe la mitad y seguir con mi tarde sin estar pensando en cómo te queda esa camisa.

El problema no es que no me intereses. Es que sí, y tengo suficiente experiencia como para saber que una diferencia así puede importar de maneras que todavía no conocemos.

El silencio posterior no fue vacío. Ryan bajó la mirada un momento hacia su propia camisa, casi como si David acabara de recordarle que llevaba cuerpo dentro de ella, y cuando volvió a mirarlo había desaparecido parte de la defensa.

—Esa es una negativa bastante mejor —dijo finalmente. La ironía regresó, pero ya no servía para eludir lo que había oído—. Sigue sin gustarme, por si necesitas feedback.

—Lo tendré en cuenta para futuras evaluaciones.

Ryan sonrió.

—No te acostumbres a que puntúe tan alto la honestidad. Tengo estándares muy exigentes.

David podría haber dejado la conversación allí. En cambio, señaló con la cabeza los papeles del evento que seguían sobre la mesa.

—Si acabas apuntándote a lo de Copley, eso no cambia por esta conversación. No quiero que interpretes que tienes que evitar la estación o el evento porque te he dicho que no a una bebida.

Ryan miró hacia los documentos y después a David. La forma en que su expresión se asentó le confirmó que esa precisión importaba.

—No pensaba hacerlo. Si mi calendario me deja participar, voy a ir porque me interesa el trabajo —dijo, y añadió después, con la franqueza suficiente para que David supiera que no estaba fingiendo indiferencia—. Que tú estés allí no va a hacer que me arrepienta.

—Bien.

Ryan se metió las manos más profundamente en los bolsillos y pareció valorar si debía añadir algo. Cuando habló, ya no había desafío en el tono.

—Y para que quede claro: tampoco pienso convertir esto en una campaña de persuasión. Te he preguntado. Has respondido. Puedo vivir con no conseguir lo que quiero durante más de cinco minutos.

David lo miró.

—Eso contradice bastante lo que vi en tu apartamento.