2 Muffins, Ladder 15 y la primera negativa #4
La risa de Ryan llegó antes de que pudiera evitarla y alivió la parte más tensa de la conversación sin borrar nada de lo que habían dicho.
—Aquello era una cuestión de jurisdicción profesional. Esto es distinto.
—Me alegra que tengamos categorías.
—Son útiles.
Michael reapareció en el fondo justo entonces y no necesitó oír una sola palabra para entender que algo había cambiado. Su mirada pasó de David a Ryan y regresó con una curiosidad que prometía convertirse en un problema en cuanto el visitante se marchara.
Ryan también la vio.
—Creo que tu compañero está intentando diagnosticar la escena desde lejos —murmuró, pero no convirtió el comentario en un espectáculo.
En lugar de eso, le tendió la mano a David con una formalidad deliberadamente exagerada que habría resultado absurda si no hubiera contenido algo más serio debajo—.
Gracias por no dejar que mi edificio ardiera, McCarthy. Y por la respuesta clara.
David le estrechó la mano.
Había tocado a miles de personas a lo largo de su carrera por razones que no guardaban relación con el deseo: levantar, estabilizar, apartar, ayudar, trabajar.
Aun así, el contacto de la mano de Ryan le llegó con una conciencia excesiva.
Era firme, cálida, más pequeña que la suya y completamente voluntaria.
David la soltó antes de que el gesto adquiriera un significado que Ryan no había pedido.
—Gracias por los muffins.
Ryan empezó a alejarse, pero se volvió una última vez antes de alcanzar la salida.
—Si Sarah consigue que aparezcas delante de una cámara en Copley, voy a considerar que haber venido hoy ya ha valido la pena.
David negó con la cabeza.
—Vete antes de que retire la parte amable de la negativa.
Ryan sonrió y salió.
David permaneció junto a la mesa el tiempo necesario para escuchar cómo se cerraba la puerta exterior y darse cuenta de que la estación parecía extrañamente más silenciosa sin él, conclusión tan ridícula que decidió volver inmediatamente al trabajo.
Michael no se lo permitió.
Se acercó con la taza de café en una mano y apoyó la otra en el respaldo de una silla. La diversión había disminuido; lo que quedaba era la atención de alguien que conocía a David desde hacía suficientes años como para distinguir entre una broma y un asunto que podía llegar a importar.
—¿Le acabas de decir que no? —preguntó, sin molestarse en fingir que no había estado observando.
David recogió uno de los documentos del evento y revisó una línea que ya había leído antes.
—Le he dicho que no voy a salir con él.
Michael tardó un segundo en responder, no porque necesitara formular una ocurrencia, sino porque estaba buscando una razón.
—Y eso te ha parecido una buena idea porque...
David dejó el papel sobre la mesa y lo miró.
—Tiene veintisiete.
La reacción de Michael fue más pequeña de lo que David había anticipado. Miró hacia la puerta por la que Ryan acababa de marcharse y luego volvió a él.
—Vale. Eso sí es una diferencia.
Agradeció que no añadiera inmediatamente una conclusión.
—Veinte años —dijo David—. No cinco. No ocho. Veinte.
Michael asintió despacio.
—Entiendo la aritmética. Lo que no sé es qué parte te preocupa ahora mismo: que sea demasiado joven para ti o que tú seas demasiado viejo para él.
David sintió la irritación precisa que aparecía cuando alguien formulaba demasiado bien una pregunta que prefería no examinar todavía.
—No necesito convertirlo en una sesión.
—No estaba intentando hacerlo. Solo pregunto porque son problemas distintos, y te conozco lo suficiente para saber que, cuando mezclas dos problemas, normalmente acabas resolviendo los tres aunque nadie te haya pedido nada.
Aquello consiguió que David lo mirara con más dureza, pero Michael ya había vuelto a su café.
No insistió.
Eso era otra de las razones por las que seguían siendo amigos.
Sarah regresó antes de que David pudiera decidir si responder. Llevaba el móvil en una mano y una expresión de triunfo administrativo que anuló cualquier posibilidad de continuar la conversación.
—Tenemos confirmación de que Mass General sigue buscando personal para la parte de trauma —anunció mientras se sentaba y recuperaba los documentos—. Y, por cierto, el doctor de los muffins acaba de mandar su interés desde el enlace mientras bajaba la calle. Eso es eficiencia.
David volvió la cabeza hacia ella.
—¿Cómo sabes que ha sido él?
Sarah le enseñó la pantalla solo el tiempo necesario para que pudiera ver el nombre en la lista provisional.
Ryan Lee.
La inscripción no garantizaba que su programa lo autorizara ni que el calendario hospitalario terminara permitiéndole participar. Podía cambiar. Podía desaparecer. Todavía faltaban semanas.
Pero allí estaba.
Michael no dijo nada esta vez. Tampoco hacía falta.
David miró el nombre durante un segundo, luego devolvió la atención al documento que tenía delante y se obligó a continuar con el trabajo que había dejado a medias.
Había hecho lo correcto.
Eso seguía creyéndolo.
El problema era que hacer lo correcto no había conseguido que Ryan le interesara menos.
Y ahora sabía que probablemente iba a volver a verlo.