2 Muffins, Ladder 15 y la primera negativa #2
Michael se llevó una mano al pecho con una ofensa cuidadosamente administrada.
—Eso ha sido personal y acabamos de conocernos.
La estación hizo con Ryan algo que David no había anticipado.
En el apartamento, rodeado de humo y vecinos evacuados, había resultado fácil verlo como el centro accidental de una emergencia pequeña.
Allí era Ryan quien entraba en un espacio que pertenecía a otros y tenía que observar antes de saber dónde ponerse.
Lo hizo mejor de lo que David esperaba.
No se quedó mirando el equipo como si hubiera entrado en una exposición.
Tampoco lanzó preguntas sobre intervenciones espectaculares ni actuó con el entusiasmo ligeramente morboso de algunas personas cuando descubrían que podían hablar con bomberos fuera de una llamada.
Vio el café, el papeleo, una chaqueta dejada donde correspondía, la mesa ocupada por documentos y a Sarah regresando de la cocina con cuatro platos pequeños después de haber decidido unilateralmente que los muffins ya pertenecían a la comunidad.
—Así que tú eres el médico —dijo Sarah cuando Michael los presentó. Su tono tenía la familiaridad suficiente para que David supiera que alguien le había contado más de la historia de la alarma de lo estrictamente necesario—. Pensaba que Johnson estaba exagerando lo de la zapatilla.
Ryan dirigió hacia David una mirada lenta.
David levantó ambas manos, todavía sosteniendo la caja.
—Yo no dije nada sobre la zapatilla.
—No hacía falta —aclaró Michael mientras ayudaba a Sarah a abrir la caja—. Algunas imágenes poseen una fuerza narrativa propia.
Ryan se quedó unos segundos en silencio, y David alcanzó a preguntarse si el comentario lo había incomodado de verdad antes de que la tensión en su boca cediera.
—Me alegra haber contribuido a la cultura oral del departamento —dijo al fin—. Si vais a mantener viva la historia, agradecería que en futuras versiones constara que la segunda zapatilla fue localizada y que no hubo secuelas neurológicas.
Sarah dejó escapar una carcajada y le indicó una silla junto a la mesa.
—Siéntate. Con esa precisión, podrías ser justo lo que necesitamos para el evento del mes que viene.
La transición no habría tenido sentido para David si no hubiera visto los papeles todavía extendidos junto a la mano de Michael. Ryan, en cambio, reconoció el logotipo del hospital en una de las páginas incluso antes de sentarse.
—¿Es la actividad de prevención de Copley? —preguntó, inclinándose lo suficiente para leer el encabezado sin apropiarse de la hoja—. Nos enviaron una convocatoria esta semana para residentes que quisieran participar en el bloque de educación sobre trauma y seguridad.
Michael dejó el muffin que acababa de coger y señaló el documento con interés renovado.
—Esa misma. A nosotros nos han asignado parte de prevención de incendios y respuesta básica. Todavía están cerrando quién habla, quién hace demostraciones y quién consigue fingir durante cuatro horas que no quiere esconderse detrás de una mesa.
David supo que la última parte iba dirigida a él.
Ryan también lo supo, porque volvió a mirarlo y aquella vez la sonrisa apareció despacio.
—No te veo especialmente cómodo frente a una cámara.
—Porque tengo criterio.
—Eso no es lo que dijiste sobre mis dumplings.
David apoyó la caja sobre la mesa y prefirió no examinar por qué una réplica tan sencilla le resultaba más agradable de lo que debería. Sarah intervino antes de que la conversación pudiera encerrarlos a los dos en una burbuja demasiado evidente.
—Si tu hospital necesita voluntarios, nos vendría bien alguien capaz de hablar de trauma sin asustar a la mitad de las familias —explicó.
Mientras decía aquello, organizó los papeles en dos montones y le pasó a Ryan la página informativa, no como si le estuviera asignando un trabajo, sino para que pudiera comprobar si se trataba de la misma actividad—.
Nosotros podemos explicar qué hacer antes de que llegue una ambulancia y cómo prevenir algunas situaciones.
La parte médica necesita alguien que no convierta cada pregunta en una conferencia.
Ryan leyó unas líneas y, por la expresión que puso, David sospechó que aquella última observación había encontrado un objetivo demasiado preciso.
—Puedo ser conciso cuando existe una razón clínica para serlo —dijo, devolviendo la hoja a la mesa—. Tendría que comprobar el calendario de la rotación y la aprobación del programa, pero la convocatoria sigue abierta. Si puedo cuadrarlo, me apuntaré.
No había ninguna razón para que David interpretara aquella decisión como algo distinto de lo que era.
Ryan trabajaba en el hospital que participaba en el evento, el contenido encajaba con su área y acababa de enterarse de que quedaban plazas.
Las coincidencias podían ser exactamente eso sin esconder detrás una intención.
Aun así, cuando Ryan levantó la mirada y la dejó sobre él apenas un segundo más de lo necesario, David supo que la actividad acababa de adquirir una segunda razón.
Aquella constatación debería haberle resultado incómoda.
Le gustó.
Y ese era precisamente el problema.
Durante los siguientes veinte minutos, Ryan permaneció en la mesa mientras Michael y Sarah discutían detalles que todavía no estaban cerrados y David terminaba una parte del trabajo que había dejado interrumpida.
No fue una escena espectacular. Nadie salió corriendo a una llamada ni hubo sirenas que justificaran que Ryan observara a David como profesional bajo presión.
Lo vio llenar un registro, levantarse para comprobar algo que otro compañero le pidió y regresar con una taza de café que bebió sin mostrar el menor respeto por su propio paladar.
David, por su parte, descubrió que resultaba difícil ignorar la atención de Ryan.
No porque fuera descarada. Ryan no lo seguía con la vista de la manera obvia en que alguna gente contemplaba a los bomberos uniformados cuando creían que el uniforme les daba permiso para hacerlo.
Su atención aparecía y desaparecía. Se detenía en las manos de David cuando abría un cierre resistente, en sus antebrazos cuando se arremangó la camiseta de estación para lavarse algo de suciedad, en la forma en que respondía a Michael sin dejar lo que estaba haciendo.
Era suficientemente discreto para que David pudiera fingir que no lo veía.
Lo veía.
También era consciente de cómo debía de verse él desde el otro lado de aquella mesa: camiseta de la estación, pantalones de trabajo, cuerpo construido durante décadas de un oficio físico y todo el repertorio visual que había provocado suficientes calendarios y comentarios idiotas como para que David hubiese desarrollado una paciencia bastante limitada con la sexualización de su trabajo.
Con Ryan, sin embargo, la incomodidad no aparecía de la misma forma.
Quizá porque ya lo había conocido sin ninguna actuación posible, medio dormido y discutiendo sobre una sartén.
Quizá porque Ryan observaba y después volvía a hablar de otra cosa.
O quizá porque David llevaba dos días intentando convencer a su propia cabeza de que el médico solo le había parecido atractivo por las circunstancias, y tenerlo sentado a menos de tres metros, completamente vestido y sin humo alrededor, estaba destruyendo esa teoría con una eficiencia que empezaba a resultarle irritante.
Cuando Ryan miró la hora y se levantó, Michael estaba atendiendo una llamada no operativa al otro lado de la estancia y Sarah había desaparecido un momento. La salida repentina del ruido social dejó a David junto a Ryan con una privacidad relativa que ninguno de los dos había buscado expresamente.
—Tengo que volver —dijo Ryan mientras se colocaba el teléfono en el bolsillo—. No entro todavía, pero si me quedo mucho más terminaré justificando la visita como una actividad de recuperación emocional y eso me obligaría a documentarla.
David apoyó la cadera contra el borde de la mesa. El comentario era ligero; debajo, sin embargo, estaba la evidencia más sencilla de todas: Ryan había venido porque había querido verlo.
—Los muffins ya cubrían la obligación moral —le recordó—. Podías haberlos dejado y marcharte hace veinte minutos.
Ryan sostuvo su mirada. La sonrisa desapareció poco a poco, no porque se hubiera molestado, sino porque parecía haber decidido que la conversación podía soportar algo más directo.
—Lo sé.
La respuesta breve habría podido cerrar el intercambio, pero Ryan no la dejó sola. Se pasó una mano por la nuca, gesto que por primera vez desde que había llegado hizo visible cierta inseguridad, y continuó antes de que David pudiera fingir que no entendía.
—También sé que aparecer dos días después con una caja de muffins no es exactamente el método más sofisticado para volver a ver a alguien —admitió—. Podría decirte que vine solo a dar las gracias, pero los dos sabemos que una nota habría sido más eficiente y bastante menos cara.
David sintió una reacción física inmediata, cálida y muy poco conveniente, que no tuvo nada que ver con el uniforme, la estación o la satisfacción de ser mirado por un hombre veinte años menor.
Lo que le gustó fue la franqueza. Ryan podía esconderse detrás de un vocabulario preciso durante horas si quería, pero acababa de elegir no hacerlo.
Eso obligaba a David a ofrecerle la misma cortesía.
—No me molestó que vinieras —dijo. Se tomó un segundo para formular lo siguiente porque no quería que la cautela sonara a condescendencia—. Y tampoco voy a fingir que no me di cuenta de que me estabas mirando.
La pequeña cicatriz de la ceja de Ryan volvió a elevarse.
—Esperaba haber sido más discreto.
—No lo suficiente.
—Entonces tendré que revisar la técnica.
David sonrió, pero no dejó que el humor les permitiera escapar de la conversación.
—Ryan.