2 Muffins, Ladder 15 y la primera negativa
Dos días después del incendio que no había sido un incendio, David McCarthy seguía recordando al médico de la zapatilla única con una precisión que le parecía poco razonable.
El problema era que David recordaba bastante más que eso.
Recordaba los ojos gris azulados del médico cuando se había dado cuenta de que estaba discutiendo con él.
La marca pequeña en una ceja. La camiseta de Mass General.
La forma en que Ryan —había averiguado el nombre después, porque Michael Johnson lo había visto en el buzón mientras comprobaban el piso y se lo había soltado en el camión con bastante menos discreción de la necesaria— había pasado de avergonzado a combativo en cuanto alguien le había dicho que esperara fuera.
Incluso recordaba aquella única zapatilla, detalle que Sarah Murphy ya había conseguido convertir en una historia mucho más elaborada sin necesidad de haber estado presente.
David prefería considerar que todo aquello se debía a la rareza de la intervención.
Era una explicación cómoda y, como muchas explicaciones cómodas, empezaba a perder credibilidad cada vez que tenía que repetírsela.
La tarde del viernes encontró una distracción suficientemente concreta en una revisión de material que llevaba más tiempo del previsto.
El parque de Boylston no tenía nada de la solemnidad que algunas personas parecían imaginar cuando visitaban por primera vez una estación de bomberos.
Había equipo que comprobar, superficies que limpiar, registros que completar, llamadas que interrumpían tareas a medias y café que llevaba tanto tiempo sometido al calor que David no estaba seguro de que conservara relación química con la bebida original.
Entre una cosa y otra, Michael había extendido sobre una mesa varios papeles relacionados con una actividad comunitaria de prevención prevista para septiembre, mientras Sarah intentaba averiguar por qué el listado provisional incluía más voluntarios para cargar cajas que para hablar con familias.
—Porque nadie se apunta voluntario a explicar nada delante de un micrófono —dijo David mientras revisaba una anotación y comparaba dos números que deberían haber coincidido—.
Cargar cajas tiene principio y final. Hablar con público significa que alguien te pregunta por qué no puedes instalarle un detector en una pared que no cumple ningún criterio razonable y espera que respondas sin ofenderlo.
Sarah, que estaba de pie al otro lado de la mesa, levantó la vista del documento que tenía delante. Llevaba el pelo recogido y una expresión que David conocía lo bastante bien como para saber que estaba a punto de utilizarlo en su contra.
—Me tranquiliza que hayas entendido tan bien la parte de educación comunitaria —dijo, deslizando una hoja hacia Michael antes de volver a concentrarse en David—.
Voy a poner tu nombre en grande debajo de «trato con el público».
Quizá incluso consigamos una foto tuya sonriendo para demostrar que el departamento dispone de todas las expresiones faciales básicas.
Michael soltó una risa desde su silla y continuó escribiendo antes de intervenir.
—No desperdicies recursos, Murphy. McCarthy lleva años perfeccionando una cara que dice «no toques eso» sin mover un músculo. Es prácticamente propiedad municipal.
David habría respondido algo sobre la cantidad de trabajo que ambos estaban evitando, pero una de las puertas interiores se abrió y uno de los compañeros asomó la cabeza para avisar de que había un visitante preguntando por Ladder 15.
La información no habría tenido mayor importancia si no hubiera añadido que el visitante llevaba una caja grande de una panadería y preguntaba específicamente por «el bombero McCarthy».
Michael dejó el bolígrafo.
Sarah también.
David sintió cómo se instalaba en la mesa una atención colectiva que no tenía nada que ver con el trabajo.
—No —advirtió antes de que ninguno de los dos pudiera abrir la boca—. Sea lo que sea que estáis pensando, no.
—Todavía no he pensado nada —dijo Michael, aunque la satisfacción de su cara demostraba que aquel era el tipo de mentira que ni siquiera esperaba que le creyeran—. Estoy intentando mantener una mente abierta hasta ver los productos de panadería.
Sarah empezó a recoger los papeles de la mesa con una calma sospechosa.
—Yo solo quiero saber si has desarrollado una vida social sin notificárnoslo. Si es así, necesitaríamos actualizar varios protocolos.
David los dejó hablando y salió antes de proporcionarles más material.
Ryan Lee estaba junto a la entrada con una caja blanca entre las manos.
La primera impresión fue tan distinta de la del apartamento que David necesitó un segundo para reconciliar ambas imágenes.
Aquella noche Ryan había llevado pantalones cortos, una camiseta gastada y la cara de alguien a quien habían arrancado del sueño para enseñarle las consecuencias de su propia incompetencia culinaria.
Ahora llevaba pantalones oscuros, camisa clara con las mangas remangadas y unos zapatos que parecían haber sobrevivido a una jornada hospitalaria sin renunciar del todo a su dignidad.
Seguía teniendo ojeras, aunque menos marcadas, y el pelo oscuro estaba en su sitio de una forma que confirmaba que la versión de la alarma había sido una anomalía doméstica más amplia de lo que David había supuesto.
Ryan lo reconoció en cuanto apareció y sonrió con una mezcla de decisión y ligera incomodidad que le confirmó algo antes de que dijera una palabra: aquello no había sido un encargo de agradecimiento enviado por el edificio. Había venido él.
—Antes de que preguntes, no he incendiado nada desde la última vez —dijo Ryan cuando David estuvo lo bastante cerca.
Levantó un poco la caja y la expresión adquirió un punto de ironía defensiva que David ya empezaba a asociar con él—.
He pensado que una disculpa en forma de comida comprada y completamente elaborada por profesionales reduciría la posibilidad de reincidencia.
David miró la caja y después a Ryan.
—Eso depende de lo que haya dentro. Si has traído algo que requiere calentarse, voy a considerarlo una amenaza.
Ryan soltó una risa que no había aparecido durante la intervención, más abierta de lo que David esperaba.
—Muffins. No necesitan ningún tratamiento adicional y he confirmado que la panadería posee un historial razonable de funcionamiento sin intervención de servicios de emergencia.
David debería haberle dado las gracias, aceptado la caja y dejado que Ryan continuara con su día.
Era la respuesta normal. En cambio, se encontró demasiado consciente de que el médico había dedicado parte de una tarde libre —si es que alguien en una residencia quirúrgica disponía de tardes libres en un sentido reconocible— a localizar la estación, comprar comida y presentarse allí personalmente.
—No tenías que traer nada —dijo mientras aceptaba por fin la caja, procurando que la frase no sonara como una invitación a marcharse—.
Una alarma de humo por una cena quemada entra dentro de la descripción del trabajo.
Ni siquiera has conseguido una posición alta en la clasificación de estupideces domésticas de este mes.
Ryan se apoyó apenas sobre un pie y lo estudió con interés.
—Eso plantea una pregunta que seguramente no debería hacer, porque no quiero saber qué ocupa los primeros puestos. Pero me tranquiliza comprobar que existe margen de mejora.
—Muchísimo. Tú solo destruiste comida y una sartén. Hay gente con ambición.
La puerta detrás de David volvió a abrirse antes de que Ryan pudiera responder. Michael apareció con la naturalidad cuidadosamente fingida de un hombre que no había pasado los últimos dos minutos esperando una oportunidad para intervenir.
—Doctor Lee —saludó, reconociéndolo del apartamento. Se secó una mano en el pantalón antes de ofrecérsela—. Michael Johnson. Estuve allí la otra noche, aunque McCarthy hizo la mayor parte de la negociación diplomática con tu cocina.
Ryan le estrechó la mano y su expresión cambió apenas al escuchar «doctor», como si todavía no supiera si debía interpretar el tratamiento como respeto o burla.
—Ryan está bien. Y no hubo negociación. McCarthy impuso un régimen de ocupación temporal y yo elegí no recurrir la decisión.
—Elegiste no recurrirla después de intentarlo tres veces —precisó David, que conocía perfectamente el error de sumarse a una conversación que Michael ya estaba disfrutando demasiado.
Ryan volvió la cabeza hacia él y la pequeña cicatriz de la ceja se marcó cuando la levantó.
—Estoy empezando a sospechar que exageras los hechos cuando tienes público.
Michael miró a David con una aprobación que no necesitaba explicación.
—Te va a ir bien aquí.
La frase podía haber convertido fácilmente la conversación en una secuencia de bromas sin dirección, y David ya había visto demasiadas veces a Michael alargar ese tipo de intercambio cuando olía una oportunidad. Por eso levantó la caja de muffins antes de que pudiera seguir.
—Ryan ha venido a dejar esto, no a ofrecerse para convertirse en entretenimiento de guardia.
Michael recibió la información con una mirada hacia la caja y otra hacia Ryan.
—En ese caso, te debemos una bienvenida mejor. Pasa un momento si no tienes prisa. Sarah está intentando convencernos de que rellenar formularios para un evento comunitario cuenta como actividad operativa, y cualquier interrupción es ahora mismo servicio público.
Ryan dudó solo un instante. La mirada que lanzó a David no pedía permiso exactamente, aunque sí parecía comprobar si la invitación de Michael resultaba inoportuna. David podría haber aprovechado aquella salida para mantener la interacción dentro de límites cómodos. En vez de eso, se hizo a un lado.
—Cinco minutos aquí pueden convertirse en media hora si Johnson empieza a enseñarte cosas que nadie le ha pedido —advirtió—. Entra bajo tu responsabilidad.
—Trabajo en un hospital universitario —contestó Ryan mientras lo seguía—. Estoy acostumbrado a personas que explican más de lo necesario.