1 Humo, vergüenza y un bombero cuarentón #3
La cocina parecía menos dramática ahora que nadie llevaba equipo de protección dentro de ella.
Ryan dejó la puerta abierta para que siguiera circulando aire y examinó el desastre con una vergüenza mucho más manejable.
La segunda zapatilla estaba debajo de la mesa, casi en el centro del espacio visible.
No entendía cómo no la había visto antes, salvo por la explicación obvia de que estaba agotado, y aquella explicación no le gustaba porque era verdadera.
Se quitó la que llevaba puesta, encontró la pareja y las dejó juntas junto a la entrada. Después miró la sartén.
Los dumplings estaban perdidos.
No necesitaba entrenamiento médico para establecerlo.
La superficie antiadherente tampoco parecía en condiciones de participar en otra cena, de modo que Ryan llenó el fregadero con agua y decidió posponer cualquier juicio definitivo hasta después de comer algo que no hubiera preparado él.
Mientras pedía comida en el móvil, recibió un mensaje de Nicholas preguntando si seguía vivo.
Ryan estuvo a punto de contestarle con una fotografía de la sartén, pero imaginó la cantidad de preguntas que eso generaría y optó por enviar únicamente que había tenido un día largo y que lo llamaría mañana.
No mencionó al bombero.
La omisión no significaba nada. Nicholas no necesitaba un informe completo de cada persona atractiva con la que Ryan se cruzaba, especialmente cuando la persona en cuestión no había mostrado ningún interés y probablemente ya estaba en otra llamada sin recordar siquiera el número del apartamento.
Convertir aquello en tema de conversación lo dotaría de una importancia que no tenía.
Ryan creyó esa explicación durante casi cuatro minutos.
La comida llegó mientras el olor a quemado empezaba por fin a retirarse de la sala.
Se sentó con el recipiente sobre la mesa y comió despacio, ya sin el hambre suficiente para justificar la cantidad que había pedido.
Afuera, Back Bay recuperaba su ruido habitual; las sirenas se habían ido, los vecinos estaban otra vez dentro de sus apartamentos y hasta el gato de enfrente parecía haber abandonado su campaña de desaprobación.
Todo había vuelto a su proporción real: una alarma provocada por comida quemada, una intervención breve y una anécdota que Ryan esperaba no contar jamás en el hospital.
Aun así, el apellido había quedado atrapado en su memoria.
McCarthy.
No era especialmente raro en Boston. Pensar que lo recordaba por alguna razón distinta a haberlo oído dos veces sería una estupidez.
Ryan comió otro bocado y se obligó a prestar atención al correo que había abierto antes del desastre. Releyó el mismo párrafo tres veces sin retenerlo. Cuando se dio cuenta, dejó el móvil sobre la mesa y apoyó la espalda en la silla.
No estaba pensando en el uniforme. O no únicamente.
El uniforme había contribuido, desde luego.
Ryan tenía ojos y ningún compromiso ideológico con fingir lo contrario.
Pero lo que seguía apareciendo con una claridad irritante era la forma en que McCarthy había escuchado su explicación sin tratarlo como un idiota, la facilidad con la que había puesto un límite sin volverlo humillante y aquel humor seco que parecía necesitar una fracción de segundo adicional para descubrirse.
Ryan llevaba años rodeado de personas brillantes, competitivas y demasiado acostumbradas a demostrar que eran la persona más preparada de una habitación.
McCarthy no había intentado demostrar nada.
Eso sí le interesaba.
Ryan terminó de cenar, tiró los restos quemados y se duchó.
Cuando se miró después en el espejo del baño, encontró razones suficientes para agradecer que la conversación no hubiera tenido ningún componente romántico: tenía ojeras, el pelo seguía sin decidir hacia qué lado caer y la pequeña cicatriz de la ceja parecía más marcada por el cansancio.
Aun así, mientras se lavaba los dientes, recordó la primera sonrisa de McCarthy y tuvo que reconocer que la imagen sobrevivía perfectamente a cualquier intento de reducirla a una reacción producida por la falta de sueño.
No iba a buscarlo en internet.
La idea apareció con una naturalidad tan inmediata que Ryan se irritó consigo mismo antes de llegar siquiera al dormitorio.
Podía descubrir probablemente dónde trabajaba, porque el camión había llegado desde alguna estación cercana y había oído el apellido, pero hacerlo convertiría un encuentro casual en una investigación, y bastante tenía con trabajar en una profesión donde todo parecía requerir una búsqueda de antecedentes.
Además, no tenía nada que averiguar.
Un bombero atractivo había entrado en su apartamento.
Eso era todo.
Ryan programó la alarma para la mañana, puso el teléfono a cargar y se metió en la cama.
El cansancio debería haberlo derribado en segundos; en lugar de eso, se quedó mirando la oscuridad mientras su cabeza, liberada por fin de pacientes, alarmas y correos, volvía de manera obstinada a una escalera estrecha, una barba con gris y un hombre que había sabido exactamente cuándo dejar de discutir.
No era enamoramiento. Ni siquiera era una posibilidad romántica todavía.
Ryan no sabía si McCarthy era gay, soltero, casado, desagradable fuera del trabajo o simplemente amable cuando llevaba equipo y tenía una tarea que hacer.
Solo sabía que le había gustado mirarlo y que, cuando el hombre se había marchado sin intentar obtener nada de él, la curiosidad no había disminuido.
Eso era nuevo.
Ryan cerró los ojos y dejó que la idea permaneciera allí sin convertirla en una decisión.
Al día siguiente volvería al hospital, tendría pacientes, órdenes, supervisores, pruebas que revisar y suficientes problemas reales para ocupar cada parte disponible de su atención.
La probabilidad de volver a encontrarse con un bombero concreto en una ciudad del tamaño de Boston no merecía ningún análisis especial.
Aun así, antes de quedarse dormido, pensó una vez más en el apellido.
Y esta vez no intentó corregirse.