Capítulo 14 #3
Marit se miró y sonrió. Después abrazó otra vez a mi madre. Yo me aparté un poco y me apoyé en Roberto. Aquello ya no me pertenecía. Había sido yo quien siguió las cartas, las direcciones y los nombres hasta Tromsø, pero el momento era de ellas.
—¿Contenta? —me susurró.
Lo miré.
—Mucho.
Y entonces comprendí que ya podía dejar de buscar.
Amalia había muerto con sus secretos, Erik hacía muchísimo que se había ido y nadie podía devolverles los años que perdieron ni explicar por completo por qué sus familias tomaron determinadas decisiones.
Pero delante de mí estaban Marisa y Marit, cogidas de la mano sobre una mesa llena de fotografías.
No habíamos arreglado el pasado. Habíamos conseguido algo mejor. Que dejara de estar perdido.
Nos quedamos unos días más en Tromsø. Mi madre ya no quiso regresar inmediatamente a España y a mí me pareció lógico.
Después de esperar más de sesenta años sin saber siquiera que Marit existía, marcharse al día siguiente habría sido absurdo.
Así que nuestra luna de miel se convirtió durante unos días en algo que ninguno de nosotros había previsto, pero que terminó siendo mucho mejor que cualquier itinerario que hubiéramos podido organizar.
Marit y mi madre pasaron horas juntas. Al principio necesitaban nuestra ayuda con el idioma, pero pronto descubrieron que un teléfono traducía casi todo y que para lo demás bastaban las fotografías, las manos y las ganas de entenderse.
Marit le contó recuerdos de Erik que para cualquier otra persona habrían sido insignificantes: que silbaba cuando estaba contento, que de joven tenía un apetito descomunal, que era incapaz de quedarse quieto y que siempre encontraba una excusa para salir al mar.
Mi madre escuchaba como una niña. Quería saberlo todo, incluso las tonterías, quizá especialmente las tonterías, porque de las cosas importantes ya había documentos; lo que le había faltado durante toda su vida eran los pequeños recuerdos que convierten a un padre en una persona.
También conocimos por videollamada a los hijos de Marit y aparecieron más fotografías, nombres y parentescos que anoté hasta que decidí que aquello tendría que organizarlo Olga cuando regresáramos.
Para algo tenía una hermana capaz de convertir cualquier caos en un sistema.
Mi madre y Marit intercambiaron teléfonos y prometieron volver a verse.
Esta vez no habría silencios familiares ni décadas sin noticias.
Marit vendría a España y mi madre regresaría a Noruega.
Entre las dos decidirían cuándo y cómo, porque aquella historia ya era suya.
Antes de despedirnos, Marit entregó a mi madre varias copias de fotografías de Erik. Conservó los originales, naturalmente, y me gustó que lo hiciera. No habíamos ido allí a llevarnos nada. Habíamos ido a encontrar algo, y lo habíamos encontrado.
El día de la despedida, mi madre volvió a colocarle el mantón sobre los hombros.
Marit apareció en la puerta con él puesto y tan elegante que Leonor habría estado orgullosísima de su elección.
Se abrazaron durante mucho rato y esta vez no lloré.
O eso intenté. Roberto tuvo la delicadeza de no mirarme mientras yo me secaba disimuladamente los ojos.
Mis padres regresaron a España antes que nosotros.
Cuando los dejamos en el aeropuerto, mi madre me abrazó y me susurró al oído:
—Gracias, hija.
Solo eso.
En boca de Marisa, después de haberla secuestrado, subido a un avión sin decirle el destino y llevado al norte de Noruega, aquello equivalía prácticamente a concederme una medalla.
Roberto y yo continuamos unos días nuestro viaje.
Vimos fiordos, recorrimos carreteras que parecían no terminar nunca y disfrutamos por fin de una luna de miel sin compradores de casas, familiares apareciendo por sorpresa ni investigaciones.
Bueno, casi. Alguna llamada de L&L contesté, porque tampoco se puede pedir un milagro completo.
No vi las auroras boreales. Me dio pena.
—Tendremos que volver en invierno —dijo Roberto.
—¿Eso es una promesa?
—Sí.
—Entonces quiero auroras, nieve y una habitación con una cama enorme.
—Lo de la cama puedo garantizarlo.
—Por eso me casé contigo.
Cuando finalmente regresamos a España, sentí algo extraño al bajar del avión.
Nos habíamos marchado recién casados y volvíamos siendo los mismos, pero no exactamente.
Yo había salido con una carpeta escondida en una maleta casi vacía y regresaba con aquella carpeta llena de anotaciones nuevas, fotografías y nombres que ya no eran pistas.
Eran familia.
Desde el aeropuerto fuimos directamente a casa.
A nuestra casa. Cuando el coche entró por el camino y vi el jardín, la piscina y las ventanas que ya reconocía como propias, tuve una sensación que hasta entonces no había asociado con ninguna de las casas que había vendido en mi vida.
Quería estar allí. Roberto aparcó y sacó las maletas.
La suya seguía perfectamente organizada.
La mía, que había salido de España casi vacía, volvía hasta arriba de ropa, regalos y cosas que probablemente no necesitaba.
—Te lo dije —comentó al levantarla.
—¿Qué?
—Que necesitarías una maleta.
—No seas pesado.
Entramos. Dejé el bolso sobre la encimera de la cocina y fui abriendo puertas y ventanas. Todo estaba exactamente como lo habíamos dejado, aunque después de tantas cosas me parecía que habían pasado meses. Roberto apareció detrás de mí y me rodeó la cintura.
—¿Qué hacemos ahora?
Miré nuestra casa. Pensé en L&L, en Lola, en Leonor, en mis hermanas, en mis padres y en mis abuelos.
Pensé en Amalia, en Santaclara, en Erik y en una mujer llamada Marit que había esperado toda una vida sin saber que algún día la hija de su hermano llamaría a su puerta.
Pensé también en Austria, Mónaco, los barcos, las mansiones, las herencias y en todos aquellos problemas que parecían enormes hasta que la vida decidía enseñarte qué cosas eran realmente importantes. Después miré a mi marido.
—Ahora vivimos.
Roberto sonrió.
—¿Así de fácil?
—No he dicho que vaya a ser fácil.
Me besó.
Fuera hacía calor. El calor de verdad. El nuestro.
Nada de doce grados en junio. Dejé los zapatos junto a la puerta, salí descalza hacia el jardín y respiré profundamente.
Estaba en casa. Casada con el hombre al que amaba, rodeada de una familia que no dejaba de crecer y con una empresa que seguramente tendría algún incendio esperándome en cuanto encendiera el teléfono. Pero eso sería mañana.
Aquella tarde no era Lourdes Marín, la de L&L, la que vendía casas de millones, vaciaba mansiones, resolvía problemas y terminaba encontrando familias perdidas en el norte de Noruega. Era simplemente Lourdes. Y estaba exactamente donde quería estar.