Epílogo
Cinco meses después A los cinco meses de embarazo descubrí que mi hijo todavía no había nacido y ya mandaba más que yo.
La comida en casa había empezado siendo una idea sencilla.
Eso fue antes de que mi madre decidiera que había que celebrarlo como Dios manda, mi padre preguntara cuánta gente venía, mis hermanas se auto invitaron, Lola anunció que ella llevaba el postre y Leonor considerara imprescindible organizar las mesas del jardín como si fuéramos a recibir a una delegación extranjera. Al final estábamos todos.
Y cuando digo todos, digo todos. Mis padres, los padres de Roberto y sus hermanos, mis abuelos, Marta, Claudia y Olga, Lola y Gonzalo, Leonor y Markus con las niñas, Roberto y yo.
Y Marit, que había cumplido su promesa y había vuelto a España para pasar unos días con nosotros.
La casa estaba llena, justo como la había imaginado meses atrás, cuando regresé de Noruega y me quedé mirándola desde el jardín.
Yo llevaba un vestido cómodo que ya no conseguía disimular nada. Tampoco quería. Tenía una barriga redonda y preciosa que mi madre tocaba cada vez que pasaba cerca de mí, como si necesitara comprobar que su nieto continuaba donde lo había dejado cinco minutos antes.
—Mamá, como sigas tocándome la barriga te voy a cobrar.
—Déjate de tonterías.
—Cuatro por ciento.
Lola, que estaba colocando unas copas, levantó la cabeza.
—Eso es comisión de L&L. Yo quiero la mitad.
—¿También vas a cobrar por mi hijo?
—Si lleva tu apellido, seguro que acaba generando gastos.
Roberto apareció con una bandeja y negó con la cabeza.
—Mi hijo todavía no ha nacido y ya está metido en la contabilidad de la empresa.
—Que se vaya acostumbrando —dijo Claudia.
—Yo ya le estoy preparando su sistema de seguridad —añadió Olga.
La señalé inmediatamente.
—Tú no te acercas a la habitación del niño con una cámara.
—Un sensor no es una cámara.
—Olga.
—Solo digo que podemos controlar temperatura, humedad, movimiento...
—Como pongas un sistema de reconocimiento facial en la cuna, te quito las llaves de mi casa.
Mi abuela, sentada a la sombra, levantó la voz.
—Déjala, mujer. Así sabemos si el niño respira.
—¡Abuela, tú no la animes!
Las carcajadas se escucharon por todo el jardín. Era noviembre pero en mi tierra eso es otoño suave. 19º , todo un placer, Roberto se acercó y me dio un beso en la sien.
—Te dije que esta familia necesitaba una casa grande.
—Y yo pensaba que cinco dormitorios eran demasiados.
—Todavía estamos a tiempo.
Lo miré.
—Ni se te ocurra emocionarte.
Sonrió y puso una mano sobre mi barriga. El niño se movió.
—Ahí está —dijo.
—Claro. Ha escuchado hablar de ampliar la casa y ya quiere presupuesto.
Marit estaba sentada junto a mi madre, había descubierto el clima de España y ya no quería volver a Noruega.
Tenía una habitación en casa de mi abuela que la había hecho suya.
Se habían convertido en una pareja curiosísima.
Seguían utilizando el traductor del teléfono cuando la conversación se complicaba, aunque mi madre había aprendido varias palabras en noruego y Marit algunas en español.
Lo verdaderamente peligroso era que ambas habían descubierto que para criticar a alguien no necesitaban dominar el mismo idioma.
Marit seguía tan recta y elegante como el día que la conocimos en Tromsø.
El mantón que mi madre le había regalado estaba cuidadosamente colocado sobre el respaldo de su silla porque, según ella, Marbella tenía una temperatura mucho más civilizada que su ciudad y no necesitaba ponerse nada encima.
En un momento de la comida, mi madre golpeó suavemente su copa.
—Bueno, vamos a brindar.
—¿Otra vez? —pregunté.
—Cállate.
Eso debía de ser hereditario. Todos levantamos las copas. La mía llevaba agua, circunstancia que seguía pareciéndome una injusticia.
—Por el niño —dijo mi madre.
—Por el niño —repitieron varios.
Marit me miró. Sabía que era un niño, pero todavía no le habíamos dicho el nombre. Habíamos querido esperar a tenerla delante. Roberto me cogió de la mano.
—Díselo.
Miré a Marit.
—Ya tenemos nombre.
Mi madre sonrió. Ella sí lo sabía.
Marit esperó.
—Se llamará Erik.
No hizo falta traducirlo. La expresión de Marit cambió.
Se quedó completamente quieta y sus ojos fueron de mi cara a mi barriga.
Después miró a Marisa. Mi madre asintió.
Marit se levantó y vino hacia mí. Yo también intenté levantarme con cierta dignidad, aunque a los cinco meses empezaba a descubrir que la dignidad y el embarazo no siempre colaboraban.
Me abrazó.
—Erik —repitió.
—Erik —confirmé.
Puso una mano sobre mi barriga. Y el condenado se movió. Marit abrió mucho los ojos. Todos nos echamos a reír.
—Ese es —dije—. Ya está dando guerra.
Ella volvió a acariciarme la barriga y después me besó.
No necesitábamos decir nada más. Un nombre que durante tantos años había vivido en fotografías, cartas y recuerdos volvía a escucharse en una familia que ya no tenía que esconderlo.
Seguimos comiendo. Mi padre abrió otra botella, mis abuelos discutieron sobre algo que ninguno de los dos recordaba cómo había empezado, las niñas de Leonor corrían alrededor de la piscina y Gonzalo intentaba convencer a Lola de que dejara el teléfono durante cinco minutos.
Fue inútil.
Porque sonó el mío.
Lo miré.
L&L.
—Ni se te ocurra —dijo Roberto.
—No he hecho nada.
—Te conozco.
Cogí el teléfono. Lola me miró desde el otro lado de la mesa.
—¿Quién es?
—La oficina.
—Cógelo.
Roberto la señaló.
—Tú no ayudas.
Contesté.
Escuché durante unos segundos.
—Sí... ¿Dónde?... ¿Cuántos metros?... ¿Y cuánto pide?
Roberto cerró los ojos. Lola ya estaba de pie.
—¿Qué pasa?
Tapé el teléfono con la mano.
—Una propiedad nueva.
—¿Cuánto?
—Veintidós millones.
Lola dejó el postre.
—¿Dónde?
Roberto abrió los brazos.
—¿De verdad?
Leonor se acercó.
—¿Hay que vaciarla?
—¡Pero si todavía no sabemos ni dónde está! —protestó Roberto.
Olga sacó el móvil.
—Dame la dirección.
—¡Nadie le va a dar ninguna dirección a Olga! —dije.
—Pues estás preguntando tú.
—Porque es mi empresa.
Mi madre suspiró.
—Esta niña no cambia.
—Ni falta que hace —dijo mi abuela.
Me quedé con el teléfono en la mano, rodeada de todos ellos, y empecé a reírme. Roberto me miró.
—Lourdes, estás de cinco meses.
—Estoy embarazada, no incapacitada.
—Estamos celebrando a nuestro hijo.
—Y lo estamos haciendo estupendamente.
Lola seguía esperando.
—¿Dónde está la casa?
Volví a ponerme el teléfono en la oreja.
—Un momento, que aquí tengo una rebelión familiar.
Escuché la dirección.
Sonreí.
—Mañana a las diez.
Roberto negó con la cabeza.
—Sabía que ibas a decir eso.
Colgué y me acerqué a él.
—Mañana.
—Mañana —aceptó.
—Hoy no trabajo.
—Eso quiero verlo.
Le di un beso. Después miré alrededor. La mesa estaba llena de platos, copas y conversaciones cruzadas.
Marit enseñaba algo a mi madre en el teléfono, mis abuelos seguían discutiendo, Marta intentaba impedir que Olga metiera mano en algún asunto que seguramente no le correspondía, Leonor perseguía a una de las niñas y Lola ya quería saberlo todo sobre la casa de veintidós millones mientras Gonzalo trataba de recuperar su postre.
Roberto volvió a colocar la mano sobre mi barriga y Erik se movió otra vez.
Miré nuestra casa y sonreí. Durante años había entrado en las casas de otros para venderlas, vaciarlas, ordenarlas o descubrir lo que habían dejado dentro. Ahora la mía estaba llena de ruido, problemas, risas y familia. Y todavía faltaba Erik. Pero es otra historia.
Fin