Capítulo 14 #2
—Vale. Hablo con la tripulación, miro disponibilidad y te llamo. ¿Algo más, señora recién casada?
—Sí. Necesito que compres un regalo para una mujer noruega de más de ochenta años. Algo español y bonito. Nada de toros, nada de bailarinas, nada de recuerdos para turistas.
—¿Un mantón?
Me quedé pensando.
—Eso. Pero bueno. De seda, elegante, nada estridente. Algo que mi madre pueda regalarle y que una mujer con clase se pondría de verdad.
—¿Quién es?
Miré a Roberto. Todavía me costaba creerlo.
—La tía de mi madre.
Esta vez Leonor no dijo nada.
—¿Cómo?
—La hemos encontrado.
—No jodas.
—Está viva, Leonor. Se llama Marit. Es la hermana pequeña de Erik.
Escuché cómo soltaba el aire.
—Lourdes...
—Mi madre no sabe nada. Y no quiero decírselo por teléfono. Quiero traerla aquí y llevarla a conocerla.
La voz de Leonor cambió por completo.
—Déjamelo a mí.
Eso era exactamente lo que necesitaba escuchar.
—Y a mi padre también. No quiero que mamá viva esto sola. Que vengan los dos.
—Los dos. Ropa de abrigo, sin decirles Noruega, avión a Tromsø y un mantón de seda. Entendido.
—Te quiero.
—Ya me querrás cuando consiga que tu madre llegue al aeropuerto sin arrancarme la cabeza.
Colgué y dejé el teléfono sobre la cama. Roberto me miraba con una sonrisa.
—¿Qué?
—Nada. Estoy intentando imaginar la cara de tu madre cuando descubra que la has metido en un avión sin decirle el destino.
—La cara buena vendrá después.
Me senté junto a él y cogí el móvil. Tenía una fotografía de Marit que habíamos hecho antes de marcharnos. Estaba de pie junto a la mesa, recta como una vela, con aquel pelo blanco que algún día había sido rojo y una de las fotografías de Erik entre las manos. Pensé en mi madre.
Marit sabía que Amalia había estado embarazada, pero nunca había conocido a aquella criatura.
Durante más de ochenta años, Marisa había existido para ella como una posibilidad perdida en España, la hija de su hermano muerto y de aquella mujer española de la que sus padres dejaron de hablar.
Y Marisa ni siquiera sabía que Marit existía.
—¿Cuándo quieres llevarla? —preguntó Roberto.
—En cuanto llegue. Pero primero hablaré con Marit. No pienso presentarme con mi madre en su casa sin avisarla.
—Buena idea.
—Estoy madurando.
—Llevamos una semana casados. Estoy haciendo milagros.
Le di un empujón y se rio. Después volví a mirar la fotografía.
Dos mujeres unidas por el mismo hombre, su padre y su hermano Una había pasado la vida sabiendo que en España podía existir la hija de su hermano.
La otra acababa de descubrir hacía muy poco quién había sido realmente su padre.
Y ahora estaban a unas horas de conocerse.
Apoyé la cabeza en el hombro de Roberto.
—Mañana mi madre va a conocer a su tía.
Dicho en voz alta me puso los pelos de punta.
Esta vez no necesitábamos encontrar ninguna pista más.
La familia estaba allí. Solo teníamos que reunirla.
Fuimos a recogerlos al aeropuerto de Tromsø.
Estaba muy cerca del centro y durante todo el trayecto yo fui más nerviosa que cuando hacía pellas en el instituto.
No dejaba de mirar la hora, el teléfono, la carretera y otra vez la hora.
Roberto conducía tranquilamente, lo cual empezaba a ponerme de los nervios.
—¿Puedes estar nervioso tú también?
—¿Para qué?
—Para acompañarme.
—Estoy conduciendo.
—Excusas.
Cuando llegamos, el avión ya había aterrizado.
Esperamos hasta que vi aparecer a mi padre y detrás a mi madre, que venía discutiendo con él y traía una cara que anunciaba problemas.
Mi padre llevaba dos maletas y una sonrisa que intentaba disimular; ella llevaba el bolso colgado del brazo y caminaba hacia mí como si el responsable de aviación civil tuviera que darme explicaciones personalmente.
—Hola, hija.
Me dio un beso.
—Hola, mamá.
—¿Dónde coño estamos?
Mi padre soltó una carcajada.
—Te he dicho que estamos en Tromsø.
—Y yo te he dicho que estamos en Austria. ¿Qué vamos a hacer nosotros en Tromsø? Pero él erre que erre con Tromsø. A ver, hija, ¿dónde estamos?
Tragué saliva.
—En Tromsø.
El bolso pasó tan cerca de mi brazo que tuve que apartarme.
—¡Mamá!
—¡Me habéis traído a Noruega sin decírmelo!
—Era una sorpresa.
—¡Pues ya estoy sorprendida!
Se volvió hacia Roberto.
—Tú lo sabías.
Mi marido cometió el error de asentir.
—Roberto, hijo, tú me parecías una persona sensata.
—Lo soy.
—Pues desde que te has casado con esta, estás perdiendo facultades.
Mi padre se estaba partiendo de risa.
—Yo te dije que era Noruega.
—Tú cállate, que te has pasado todo el vuelo mirando el mapa para demostrar que tenías razón.
Le cogí el brazo antes de que decidiera volver a utilizar el bolso.
—Mamá, escúchame. No os he traído aquí por capricho. Hay alguien a quien quiero que conozcas.
Su expresión cambió un poco.
—¿Quién?
—Ahora lo verás.
—Lourdes...
—No. Esta vez no te lo voy a contar. Quiero que la conozcas primero.
—¿A una mujer?
—Sí.
—¿Quién es?
—Mamá.
Me miró con los ojos entrecerrados.
—No me gusta nada cuando haces esa cara.
—Pues espérate a ver la tuya dentro de un rato.
Mi padre me observó en silencio. Creo que empezó a sospechar que aquello tenía más importancia de la que habíamos dejado ver. Cogió a mi madre por el hombro y señaló las maletas.
—Vamos. Ya que nos han secuestrado, por lo menos que nos expliquen el motivo.
—Eso he dicho yo —protestó ella.
—No. Tú has dicho muchas más cosas.
Fuimos hasta el coche y, antes de subir, le entregué a mi madre la bolsa que Leonor había preparado.
—Esto es para ti.
—¿Otro misterio?
—No. Es un regalo, pero no es para ti. Quiero que se lo entregues a la persona que vamos a visitar.
Abrió un poco la bolsa y vio el mantón de seda.
—Es precioso.
—Leonor lo eligió.
—¿Y por qué tengo que regalarle yo un mantón a una señora que no conozco?
La miré.
—Porque creo que vas a querer hacerlo.
Por primera vez desde que había bajado del avión, mi madre dejó de protestar.
Durante el trayecto fue mirando por la ventanilla.
De vez en cuando preguntaba adónde íbamos y yo me negaba a contestar.
Mi padre acabó dándose por vencido antes que ella.
Roberto conducía y yo llevaba las manos juntas sobre las piernas para que nadie viera que me temblaban.
Cuando reconocí la calle de Marit, el corazón empezó a golpearme con fuerza.
La casa apareció al fondo, grande, de madera, rodeada por aquel jardín tranquilo que ya conocíamos. Marit sabía que íbamos. Le había explicado que quería llevarle a alguien, pero tampoco le había dicho demasiado. Aquella sorpresa funcionaba en las dos direcciones. Mi madre miró la casa.
—Lourdes, ¿quién vive aquí?
—Ven.
Bajamos del coche. Mi padre cogió la bolsa del regalo y se la entregó a mi madre.
Roberto se quedó a mi lado mientras caminábamos hacia la entrada.
No hizo falta llamar. La puerta se abrió antes.
Marit apareció con el mismo porte de la primera vez, recta, elegante, con el cabello blanco perfectamente peinado. Mi madre se detuvo.
Marit también.
Ninguna de las dos habló. Yo miré a mi madre y después a Marit.
No sabía si realmente se parecían o si mi cabeza necesitaba encontrar algo que las uniera, pero hubo un instante en el que las dos se observaron con una intensidad que hizo innecesaria cualquier presentación convencional.
Marit fue la primera en mirarme. Después volvió los ojos hacia mi madre.
—Marisa?
Mi madre giró la cabeza hacia mí.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Ya no podía alargarlo más. Me acerqué y le cogí la mano.
—Mamá, ella es Marit.
Esperé un segundo.
—La hermana pequeña de Erik.
Mi madre no reaccionó. Creo que ni siquiera respiró.
—¿Qué?
—Es tu tía.
Marisa volvió a mirar a aquella mujer. Marit tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Erik... my brother —dijo llevándose una mano al pecho.
Mi madre se tapó la boca. No hubo gritos ni preguntas. No en aquel primer momento. Solo dos mujeres mirándose desde los extremos de una historia que había tardado más de ochenta años en juntarlas. Marit dio un paso. Mi madre dio otro. Y se abrazaron.
Yo había imaginado aquel momento desde que descubrimos que Marit seguía viva, pero no se parecía en nada a lo que había imaginado.
Fue mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más grande.
Mi madre lloraba abrazada a una mujer a la que acababa de conocer y Marit le acariciaba el pelo mientras repetía su nombre.
Miré a mi padre. Tenía los ojos húmedos.
Después miré a Roberto. No dije nada. No hacía falta.
Marit nos hizo pasar y nos llevó al salón.
Sobre la mesa había preparado las fotografías antes de nuestra llegada.
Cuando mi madre vio la primera de Erik, se sentó.
Marit se colocó a su lado y empezó a enseñárselas una por una: su hermano de niño, con sus padres, de adolescente, con ella en brazos cuando era pequeña.
Mi madre lloraba y se reía al mismo tiempo.
—Es mi padre —dijo tocando una de las fotografías.
Esta vez no era un secreto contado por otra persona. Era su padre. Marit sacó otra fotografía y señaló el pelo de Erik, después el suyo en una imagen de juventud y finalmente miró a mi madre. Mi madre se volvió hacia mí.
—¿Y tú te lo tienes que teñir?
Me quedé mirándola.
—¿En serio? ¿Eso es lo que vas a decir ahora?
Mi padre soltó una carcajada y Roberto casi se atragantó.
Perfecto.
Mi madre acababa de conocer a la hermana de su padre después de más de ochenta años de secretos familiares y seguía encontrando tiempo para meterse conmigo.
Eso significaba que todo iba bien. Entonces recordó la bolsa que había dejado junto a la silla.
Sacó el mantón de seda y se lo entregó a Marit.
No podían explicarse todavía todo lo que querían decirse, pero tampoco hacía falta.
Marit lo desplegó despacio, lo acarició con los dedos y mi madre se levantó para colocárselo sobre los hombros. Le quedaba precioso.