L&L Capítulo 14
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Capítulo 14

Se llama Marit. Según nos explicaron, era una variante escandinava de Margarita y había sido un nombre bastante común en la época en que nació. A mí me gustó desde que lo vi escrito. Marit. La hermana pequeña de Erik.

Encontrarla no fue tan difícil como había temido una vez que tuvimos su nombre completo de casada.

Roberto empezó a buscar referencias públicas mientras yo revisaba otra vez los papeles, y terminamos localizando a uno de sus hijos.

Vivía fuera de Tromsø y, después de pensarlo bastante, decidimos que aquella era una forma mucho más respetuosa de acercarnos a ella que presentarnos sin avisar en la puerta de una mujer de más de ochenta años.

Roberto hizo la llamada porque yo era incapaz.

Me entró una cobardía repentina que no tenía ningún sentido después de haber cruzado media Europa precisamente para aquello.

Le escuché explicar quiénes éramos, que estábamos en Tromsø, que buscábamos información sobre Erik y que yo era nieta de una mujer española llamada Amalia Santaclara.

Hubo un silencio bastante largo al otro lado. Entonces Roberto me miró.

—Sabe quién era Amalia.

Sentí que se me helaba hasta lo que la chaqueta noruega mantenía caliente.

El hijo conocía el nombre. No sabía toda la historia, pero lo había escuchado alguna vez en casa de su madre.

Nos pidió el teléfono y dijo que hablaría con ella antes de darnos ningún dato.

Me pareció perfecto. No quería invadir la vida de nadie, y mucho menos la de una anciana que podía llevar más de setenta años sin escuchar aquellos nombres. La espera duró poco más de media hora.

Cuando sonó el teléfono, contesté yo. Era el hijo de Marit. Su madre quería conocerme. No sé explicar lo que sentí. Nos dio la dirección y quedamos para aquella misma tarde.

La casa estaba en una zona tranquila, apartada del movimiento del centro.

Era grande, de estilo noruego, construida en madera y rodeada por un jardín que parecía llevar allí toda la vida.

No tenía nada de ostentoso, pero sí esa presencia de las casas que han pertenecido a una familia durante muchos años.

Mientras caminábamos hacia la entrada noté que Roberto me cogía la mano.

—¿Nerviosa?

—Muchísimo.

—No parece propio de ti.

—Cállate.

Llamamos.

Escuchamos pasos.

Y la puerta se abrió. Me había imaginado a una anciana frágil.

Pues no.

Marit tendría ochenta y tantos años, pero estaba más recta que una vela.

Llevaba el cabello blanco perfectamente arreglado, ropa sencilla pero elegantísima y tenía esa clase de porte que no se compra ni se aprende a los ochenta años.

Se queda contigo porque lo has llevado toda la vida.

Nos miró primero a los dos. Después se quedó mirándome a mí. No dijo nada durante unos segundos.

Yo tampoco.

Sus ojos recorrieron mi cara hasta detenerse en el pelo.

Entonces sonrió.

Dijo algo en noruego que no entendí y después, en un inglés bastante bueno, señaló mi cabeza.

—Red.

Me eché a reír por los nervios.

—No exactamente. El mío tiene ayuda.

Marit se acercó un poco más y tocó uno de mis mechones.

—Erik.

Aquello me atravesó. Entramos en la casa y, nada más hacerlo, comprendí lo que quería decir.

Había fotografías familiares por todas partes.

No una exposición preparada para nosotros, sino las fotografías normales de una casa en la que alguien ha vivido durante décadas: bodas, niños, vacaciones, cumpleaños, personas que ya no estaban y otras que habían ido llegando.

Marit nos hizo pasar a un salón amplio y cálido.

Nos ofreció café y algo de comer, y yo acepté el café antes de que terminara de preguntarlo.

Necesitaba tener algo entre las manos. Su inglés era mejor de lo que esperaba, aunque a veces buscaba palabras y Roberto la ayudaba.

Hablaba despacio, sin dramatismo. Nos contó que llevaba años viuda y que sus hijos estaban casados y vivían fuera.

Ella era la única de aquella parte de la familia que continuaba allí. Entonces saqué la fotografía.

La misma que había llevado conmigo desde España. La puse sobre la mesa. Marit no necesitó acercársela.

—Erik.

Lo dijo inmediatamente. Le cambió la cara. Cogió la fotografía con las dos manos y la observó durante mucho rato.

—My brother.

Tuve que tragar saliva. Por primera vez estaba sentada frente a una persona que había conocido a Erik.

No que hubiera leído sobre él. No que hubiera visto sus cartas.

Lo había conocido. Era su hermano. Marit había sido muy pequeña cuando él murió, no tendría más de diez años, pero lo recordaba.

Recordaba su pelo, su manera de reír, lo grande que le parecía cuando ella era niña y cómo la cogía en brazos.

Me contó pequeñas cosas, insignificantes para cualquiera y enormes para mí.

Y entonces pronuncié el nombre.

—Amalia.

Marit levantó los ojos.

Sí.

Sabía quién era. Sabía que había existido una española. Sabía que Erik había estado enamorado de ella y sabía que estaba embarazada. Me quedé inmóvil.

—¿Sabía que esperaba un hijo?

—Yes.

Sentí la mano de Roberto sobre la mía. Marit explicó que ella era demasiado pequeña para comprender lo que ocurría.

Había escuchado conversaciones, frases cortadas cuando entraba en una habitación y alguna discusión entre sus padres.

Sabía que existía aquella muchacha española y que esperaba un hijo de Erik, pero en su casa apenas se hablaba del tema.

Después de la muerte de su hermano, todavía menos.

—¿Nunca buscaron a Amalia?

Marit negó despacio.

No.

Sus padres no la buscaron. O, al menos, ella nunca supo que lo hicieran.

Cuando preguntaba, no obtenía respuestas.

La española se convirtió en una de esas cosas de las que los adultos no hablan delante de los niños y que, con el paso de los años, terminan convertidas en un secreto familiar cuyo origen ya nadie recuerda.

—¿Por qué? —pregunté.

Marit volvió a negar. No lo sabía. Y le creí. Ella había sido una niña. No podía explicarme decisiones tomadas por sus padres más de setenta años atrás.

—La niña nació —dije.

Marit me miró.

—Mi madre. Se llama Marisa.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Saqué el teléfono y busqué una fotografía de mi madre. Una reciente. Se la enseñé. Marit cogió el móvil y acercó la imagen. La miró durante muchísimo tiempo.

Después sonrió.

—Erik.

Aquella palabra otra vez. Me tapé la boca con la mano.

Roberto apretó mis dedos. Le enseñé fotografías de Marta, Claudia y Olga.

Le expliqué que éramos cuatro hermanas y que Marisa había crecido en España.

Le conté solamente lo necesario. Amalia había protegido su embarazo, mi madre había sido criada por otra familia y la verdad había permanecido oculta durante décadas.

No quería convertir aquel primer encuentro en una clase magistral sobre todos los secretos de Santaclara.

Marit escuchaba sin apartar los ojos de las fotografías.

Entonces volvió a mirar mi pelo.

—Our family... red.

Se levantó.

—Come.

Nos llevó hasta otra habitación y abrió un mueble. Sacó una caja grande, vieja, de esas que una familia conserva durante años sin pensar que algún día alguien viajará miles de kilómetros para verla. La abrió sobre una mesa.

Había fotografías.

Muchas.

Marit empezó a sacarlas.

Su padre.

Su madre.

Ella de niña. Otros hermanos y familiares.

Y Erik.

Erik joven.

Erik adolescente.

Erik con sus padres. Erik sosteniendo a una niña pequeña de pelo rojo delante de una casa. Marit señaló a la niña.

—Me.

Me senté porque las piernas dejaron de parecerme completamente fiables. En España teníamos las fotografías que Amalia había conservado del hombre al que amó. Allí estaba su vida anterior.

Su familia.

Su infancia.

El mundo del que había salido antes de conocerla. Marit fue pasando fotografías y, de pronto, empezó a reírse. Señaló una en la que aparecían varios miembros de la familia juntos.

Pelirrojos.

Prácticamente todos.

—Ahora entiendo muchas cosas —dije.

Roberto me miró el pelo.

—Excepto que el tuyo sigue siendo teñido.

—No estropees el momento.

Marit no entendió la frase, pero entendió que nos estábamos riendo y se rio también.

Y fue entonces, sentada en aquella casa noruega frente a una mujer de más de ochenta años a la que no conocía esa misma mañana, cuando comprendí que no había viajado hasta Tromsø para encontrar documentos.

Había venido a encontrar esto. A alguien que pudiera decirme cómo se reía Erik.

A alguien que pronunciara su nombre sin misterio.

A alguien que recordara al hombre antes de que se convirtiera en el gran amor secreto de Amalia.

Miré a Marit. Era la hermana de mi abuelo.

La tía de mi madre. Y, de alguna manera extraña, también era nuestra familia.

Habíamos llegado a tiempo. En cuanto llegamos al hotel llamé a Leonor.

No había terminado ni de quitarme la chaqueta.

—Necesito el avión.

—Hola a ti también.

—Leonor, en serio. Necesito que el avión vaya a España y vuelva a Tromsø cuanto antes.

—¿A dónde?

—Tromsø. Aeropuerto de Tromsø-Langnes. TOS. Apúntalo bien porque como mandes a mis padres a Oslo te mato.

Escuché movimiento al otro lado.

—Espera, que estoy apuntando. ¿Qué quieres que haga exactamente?

—Quiero que metas a mi madre y a mi padre en ese avión y me los traigas aquí.

Hubo un silencio.

—¿A Noruega?

—¡No se lo digas!

Roberto, que acababa de entrar en la habitación, se echó a reír.

—¿Y cómo coño quieres que suba a Marisa a un avión sin decirle adónde va?

—Invéntate algo. Dile que la llevas donde sea, que es una sorpresa mía, pero que traiga ropa de abrigo. Aquí hace un frío que pela.

—Lourdes, tu madre va a preguntar.

—Pues miente.

—Estupendo. Ahora además de organizarte aviones tengo que secuestrar a tus padres.

—No es un secuestro si vuelven.

Roberto se tapó la cara con la mano.

—No creo que esa sea la definición jurídica —murmuró.

—Marta no está aquí. Podemos aprovechar.

Leonor se reía al otro lado.