Capítulo 13 #4
—Que tenéis el mismo color de pelo.
Me llevé instintivamente la mano a la cabeza.
—Pero el mío es teñido.
—Eso no se lo he traducido.
—Pues mejor.
Nos alejamos cogidos de la mano. Yo llevaba la fotografía de Erik en una mano y el teléfono en la otra, con aquel nombre recién escrito en la pantalla.
No habíamos encontrado a nadie todavía y ni siquiera sabíamos si aquella mujer había pertenecido realmente a su familia.
Podíamos estar siguiendo el recuerdo equivocado de un hombre mayor, pero ya teníamos algo que no teníamos al salir del hotel: una punta del hilo.
—¿Seguimos? —preguntó Roberto.
Lo miré y apreté su mano.
—Hasta el final.
Y eso pensaba hacer. Seguimos por la calle que nos había indicado aquel hombre, atentos a los nombres y a los números, hasta que pasamos delante de una iglesia pequeña que me llamó la atención.
La Procatedral de Nuestra Señora, Vår Frue Kirke, era bonita de una forma muy distinta a las iglesias que yo conocía del Mediterráneo.
Más sencilla, más recogida. Me detuve delante de la puerta.
—Vamos a entrar.
—¿A rezar? —preguntó Roberto.
—También podemos, pero estaba pensando en otra cosa. Las iglesias guardan documentos antiguos.
—Estamos en Noruega, Lourdes.
—Y esto sigue siendo una iglesia. Vamos.
Entramos y esperamos hasta encontrar a alguien a quien pudiéramos preguntar.
Roberto empezó explicando en inglés lo que buscábamos, pero fui yo quien sacó la fotografía de Erik y el papel con su nombre completo.
Contamos que había vivido en Tromsø muchos años atrás, que sabíamos que su familia era de allí y que intentábamos averiguar si quedaba algún pariente.
La persona que nos atendió observó primero el nombre y después las fechas aproximadas que habíamos conseguido reconstruir.
Nos explicó que la mayoría de los registros históricos de la población de Tromsø no estaban allí y que, si la familia pertenecía a la Iglesia luterana, tendríamos que buscar en otros archivos.
Yo empezaba a pensar que mi brillante idea de entrar en una iglesia había servido únicamente para resguardarnos del frío cuando volvió a mirar uno de los papeles. Señaló una palabra.
—¿Qué dice? —pregunté a Roberto.
Él tampoco lo había entendido del todo y pidió que se lo repitiera.
Entonces la persona que nos atendía escribió algo en un papel y nos explicó que aquel nombre no parecía corresponder a una persona.
Podía ser una referencia a un lugar o a una parroquia.
Cogí la hoja de inmediato. Aquella palabra estaba en una de las anotaciones que había encontrado entre los documentos de Santaclara.
La había visto muchas veces, pero como aparecía mezclada con nombres, fechas y frases en noruego, nunca le había dado importancia.
—¿Una parroquia? —pregunté.
Roberto siguió hablando con él y, después de unos minutos, me explicó lo que había entendido.
—Cree que puede indicarnos dónde buscar el registro de la familia. No aquí. En los archivos históricos.
Eso ya era otra cosa. Sacamos el resto de las copias y revisamos allí mismo varias anotaciones.
Entre ellas apareció una fecha junto al nombre de Erik y, unas líneas más abajo, el nombre de una mujer que yo había supuesto que podía ser una hermana, una prima o cualquier otra persona de su entorno.
No teníamos forma de saberlo todavía, pero ahora al menos teníamos una manera de comprobarlo.
Nos escribieron cuidadosamente dónde debíamos acudir y qué datos convenía llevar para que la búsqueda no empezara desde cero: nombre completo, fecha aproximada de nacimiento, antigua dirección y aquella referencia que acabábamos de identificar.
—Muchas gracias —dije, aunque sabía perfectamente que no me entendía.
Mi cara debió de traducirlo bastante bien.
Antes de marcharnos me quedé un momento mirando la iglesia.
No habíamos encontrado un libro polvoriento con la vida de Erik esperándonos entre sus páginas, como yo había imaginado, pero habíamos conseguido algo bastante mejor: entender una pista que llevaba meses delante de mis narices sin que yo supiera lo que significaba.
Al salir, el frío volvió a recibirme en la cara. Me cerré la chaqueta y miré a Roberto.
—¿Ves?
—¿Qué tengo que ver?
—Que tenía razón entrando.
—Todavía no hemos encontrado a nadie.
—Pero ahora sabemos dónde buscar.
Roberto sonrió y me pasó un brazo por los hombros mientras empezábamos a caminar.
—No pienso discutir contigo el día que encuentres a esa familia.
—Haces bien. Llevamos casados una semana y ya estás aprendiendo.
Guardé los papeles en el bolso con bastante más cuidado del que había tenido al sacarlos.
Aquella mañana habíamos empezado con una dirección antigua y el recuerdo de un apellido.
Ahora teníamos algo que podía unir ambas cosas con documentos reales.
Y eso cambiaba la búsqueda. Porque ya no íbamos preguntando puerta por puerta esperando que alguien recordara a Erik.
Ahora sabíamos dónde podía haber quedado escrito.