L&L Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—Por ser tú.

—Muy buena respuesta. Ahora dame esa carta.

Nos pusimos a trabajar. Fuera hacía frío y, aunque eran horas en las que mi cuerpo esperaba que empezara a anochecer, la luz seguía entrando por la ventana como si el día se negara a terminar.

Sobre la cama teníamos el pasado de un hombre muerto hacía muchos años: una fotografía, dos apellidos, varias cartas, una dirección antigua y un puñado de pistas que podían llevarnos a cualquier parte o absolutamente a ninguna.

Roberto estuvo un rato comparando dos documentos hasta que, de pronto, señaló una línea con el dedo.

—Empecemos por aquí.

Me incliné sobre su hombro para mirar. Habíamos llegado a Tromsø de luna de miel y, casi sin darnos cuenta, acabábamos de empezar a buscar a la familia de mi abuelo.

A la mañana siguiente bajamos a desayunar.

Yo me serví un café enorme, esta vez sí un café de verdad, y mientras Roberto atacaba el desayuno como si llevara tres días sin comer, saqué del bolso el papel donde había copiado la dirección.

Antes de salir nos acercamos a recepción y la chica que nos atendió la leyó un par de veces, buscó en el ordenador y nos confirmó que la calle seguía existiendo, aunque la numeración había cambiado con los años y no podía asegurarnos que aquel número correspondiera exactamente al mismo edificio.

—Podéis ir caminando. No está lejos.

Perfecto. No quería un taxi. Quería andar, mirar y conocer aquella ciudad en la que Erik había vivido, intentando imaginar qué habría visto él cuando recorría sus calles.

Salimos del hotel y el cielo estaba completamente cubierto.

El termómetro de una farmacia marcaba doce grados.

Doce grados un veinte de junio. Yo llevaba una chaquetita que en Marbella habría sido estupenda para una noche de primavera y allí servía aproximadamente para decorar.

—Necesito ropa —dije.

—Eso dijiste cuando preparaste la maleta.

—Yo dije que compraría según donde estuviéramos. Pues ya estamos donde hace un frío de cojones.

Entramos en una tienda y salí bastante mejor equipada, con una chaqueta que abrigaba de verdad y un jersey que compré por si acaso. Roberto tuvo la delicadeza de no recordarme que él sí había llenado su maleta. Supongo que quería seguir casado.

Continuamos andando sin demasiada prisa y fuimos haciendo turismo casi sin proponérnoslo.

Tromsø era completamente distinta a todo lo que acabábamos de dejar atrás.

Veníamos de Mónaco, de fachadas impecables, coches imposibles, terrazas elegantes y un Mediterráneo azul que parecía colocado allí para presumir, y ahora teníamos agua, montañas todavía manchadas de nieve a lo lejos, barcos y edificios de madera mezclados con construcciones modernas.

Bajo aquel cielo cubierto había una luz extraña que hacía que todo pareciera frío, limpio y enorme.

Nos detuvimos junto al puerto, entramos en alguna tienda y yo observaba las fachadas antiguas preguntándome si Erik habría pasado alguna vez por allí.

Era absurdo imaginarlo, naturalmente, porque pertenecía a otra época, pero desde que había descubierto su existencia había dejado de ser para mí un simple nombre escrito en unas cartas.

Había visto sus fotografías con Amalia, había leído palabras suyas y sabía que mi madre existía porque aquellos dos se habían querido.

Ahora estaba caminando por la ciudad donde él había sido simplemente un hombre antes de convertirse, sin saberlo, en uno de los grandes secretos de nuestra familia.

—Estás muy callada —dijo Roberto.

—Estoy pensando.

—Eso siempre es peligroso.

Le di un golpe con el hombro y seguimos caminando. Consultamos varias veces el teléfono hasta alejarnos poco a poco de la zona más comercial y llegar a una calle tranquila. Miré el papel, después la numeración de las casas y otra vez el papel.

—Tiene que haber sido por aquí.

Roberto comprobó las indicaciones que nos habían dado en el hotel.

—Si la equivalencia es correcta, debería estar entre esas dos casas.

Una parecía relativamente reciente y la otra era bastante más antigua, de madera, cuidada, con pequeñas ventanas y un jardín sencillo.

Me quedé observándola, pero Roberto enseguida me recordó que no sabíamos si era aquella.

Se lo agradecí. No quería construir emociones sobre una coincidencia solo porque necesitara que algo encajara.

Mientras buscábamos algún número o una placa que pudiera ayudarnos, vimos a un hombre mayor trabajando junto a una de las casas.

Tendría setenta y muchos años y nos miró con la curiosidad lógica que debía de provocar una pareja de extranjeros examinando fachadas con un papel viejo en la mano.

Roberto se acercó y le explicó en inglés que buscábamos una dirección de hacía muchos años.

El hombre se puso las gafas, leyó el papel dos veces y finalmente señaló la casa antigua.

—¿Qué dice? —pregunté.

—Que la numeración cambió. Cree que la dirección antigua corresponde a esa parcela.

Antes de que pudiera preguntar nada más, el hombre hizo un gesto para que esperáramos y entró en su casa.

Regresó pocos minutos después con una carpeta de plástico donde guardaba fotografías antiguas del barrio, planos y algunos documentos relacionados con las propiedades de la zona.

Fue pasando hojas hasta encontrar una fotografía en la que aparecían varias viviendas.

Señaló una y después la casa que teníamos delante.

No eran exactamente iguales, pero nos explicó que había sido reformada y que parte de la estructura había cambiado hacía muchos años.

Me acerqué para observar mejor la fotografía. Había algunas personas delante de las casas, aunque la imagen era demasiado pequeña y antigua para distinguir sus caras. Entonces el hombre preguntó a Roberto a quién buscábamos exactamente. Saqué del bolso la fotografía de Erik y se la entregué.

—Erik.

Le dije también el apellido. El hombre observó la fotografía durante unos segundos y negó lentamente con la cabeza.

Era demasiado antigua para que pudiera reconocerlo y, aunque sabía que era lo lógico, sentí una pequeña decepción.

Sin embargo, antes de devolverme la foto repitió el apellido, como si intentara colocarlo en algún lugar de su memoria.

Se lo dije otra vez y entonces frunció el ceño.

Habló primero en noruego para sí mismo y después se dirigió a Roberto.

—¿Qué ha dicho?

—Que ese apellido le resulta conocido.

Noté inmediatamente cómo se me aceleraba el corazón.

—¿De qué?

El hombre continuó explicándose y Roberto tuvo que pedirle que repitiera algunas cosas.

Recordaba que había habido una familia con aquel apellido en la zona.

No podía asegurarnos que fueran los mismos, porque él era niño entonces y ni siquiera había vivido siempre en aquella calle, pero el apellido se le había quedado grabado porque una mujer de aquella familia había seguido viviendo en Tromsø durante muchos años.

—¿Una mujer? ¿Sigue viva?

El hombre levantó las manos. Eso no lo sabía.

Volví a mirar la fotografía de Erik. Ya no estábamos buscando solamente una dirección o una casa antigua.

Teníamos el recuerdo de una persona que quizá perteneciera a su familia y, aunque todavía podía ser una pista equivocada, era mucho más de lo que teníamos aquella mañana.

El hombre volvió a hablar y señaló mi teléfono para que apuntara.

Me dio un nombre despacio, letra por letra, y después nos indicó un lugar al que podíamos acudir para intentar averiguar algo más.

Lo anoté todo y le di las gracias no sé cuántas veces.

Antes de despedirnos volvió a mirar la fotografía de Erik, después me miró a mí, especialmente el pelo, y comentó algo que no entendí.

—¿Qué ha dicho? —pregunté.

Roberto sonrió.