Capítulo 13
Regresamos a casa cargados con bolsas y completamente agotados. No serían ni las ocho de la tarde.
—Estamos hechos unos viejos —dije mientras dejaba las bolsas en el salón.
—Ayer dormimos poco.
—Anteayer tampoco.
Roberto me miró.
—Y hoy tampoco demasiado.
—Eso es verdad.
Fuimos directamente a la habitación. Abrí las balconeras y dejé entrar el aire del Mediterráneo mientras empezaba a oscurecer.
No quería salir a cenar. No quería vestirme otra vez ni ver gente.
Con lo que había en el frigorífico podíamos improvisar cualquier cosa si nos entraba hambre. Me tumbé y Roberto se colocó a mi lado.
—Mañana llamamos a Carmen y Flor —dije—. Quiero verlas.
—Mañana.
Cerré los ojos. Estábamos en Mónaco, recién casados, solos, sin horarios y con varios días por delante antes de continuar hacia Noruega.
Noruega.
Abrí los ojos otra vez. Mi maleta estaba junto al armario.
Y dentro seguía la carpeta. No tenía ninguna prisa.
Pero cada vez estaba más cerca. Me despertó el teléfono de Roberto.
Abrí un ojo. No sabía qué hora era, pero sí sabía que aquel teléfono no debería estar sonando.
Habíamos olvidado apagarlo. Roberto tanteó la mesilla medio dormido hasta encontrarlo.
—¿Sí?
Escuchó unos segundos.
—Sí, está conmigo.
Abrí los dos ojos.
—¿Quién es?
No me contestó. Directamente me puso el teléfono en la mano como quien se deshace de una granada a punto de explotar.
—Tu madre.
—Cobarde.
Me lo llevé a la oreja.
—¿Qué pasa, mamá?
—Buenos días, hija.
—Mamá, estoy de luna de miel.
—Ya lo sé.
—Entonces sabes que llamar temprano puede ser peligroso.
Roberto enterró la cara en la almohada para reírse. Mi madre ignoró el comentario y empezó a darme una serie de instrucciones sobre la casa de Mónaco, unas cosas que tenía que mirar y otras que debía recordar antes de que nos marcháramos hacia Noruega.
—Y esta noche os pasáis por el Hôtel de Paris.
—¿Por qué?
—Tenéis una cena pagada.
Eso ya mejoraba bastante la conversación.
—Ah. Pues haber empezado por ahí.
—Podéis ir solos o llevaros a Carmen y Flor, como queráis.
—Perfecto.
—Y después os pasáis por el casino.
Entrecerré los ojos.
—Mamá...
—¿Qué?
—¿Qué has hecho?
—Yo nada.
Conocía demasiado bien aquel «yo nada».
—Mamá.
—Hay unos compradores interesados en la casa de Puerto Banús.
Cerré los ojos.
—No.
—Lourdes...
—No. Estoy de luna de miel.
—Solo quieren conocerte.
—Pues yo no quiero conocerlos.
Roberto ya estaba completamente despierto y me observaba divertido.
—Han llamado varias veces a la oficina —continuó mi madre—. Están muy interesados en la casa de doce millones y han insistido muchísimo en hablar contigo personalmente. Van a estar esta noche en el casino. Cinco minutos, los saludas y ya está.
—Cinco minutos nunca son cinco minutos.
—Pues diez.
—Mamá...
—Hija, si no quieres, no lo haces.
Eso era trampa. Porque sabía perfectamente que yo no iba a dejar escapar a unos compradores que habían llamado varias veces por una propiedad de doce millones solo porque estuviera de luna de miel.
Suspiré.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Que pasaré a saludarlos.
—Perfecto. Disfrutad mucho.
—Ahora sí me dices que disfrute.
—Te quiero.
Y colgó.
Dejé caer el teléfono sobre la cama.
—Esta noche voy a vender una casa.
Roberto empezó a reírse.
—Estás de luna de miel.
—Díselo a mi madre.
La propiedad era una de las que teníamos en Puerto Banús.
Doce millones. Una casa magnífica que Lola y yo habíamos bautizado hacía tiempo como la casa de la señora Jirafa porque su propietaria tenía una obsesión incomprensible con aquellos animales.
Había jirafas de madera, de porcelana, de bronce, cuadros con jirafas y hasta una escultura enorme en un rincón del salón.
El día que vendiéramos la casa, Lola había dicho que cobraríamos comisión por la vivienda y daños psicológicos por las jirafas.
Y ahora, en plena luna de miel, me tocaba conocer a unos posibles compradores.
—Esta noche te vienes conmigo —le dije a Roberto.
—Por supuesto.
—Y si empiezan a preguntar demasiado, me rescatas.
—¿Cómo?
—Invéntate algo.
—¿Un desmayo?
—Tampoco hace falta que te mates por mí.
Pasamos el resto del día tranquilos. Llamé a Carmen y Flor y quedamos con ellas para más tarde.
Cuando les expliqué lo de la cena, aceptaron encantadas.
No les mencioné demasiado la reunión con los compradores porque pensaba liquidarla rápidamente.
Esa era mi intención. Al anochecer nos arreglamos y fuimos hacia la Place du Casino.
Nada más llegar entendí por qué mi madre había elegido aquel lugar.
El Hôtel de Paris imponía sin necesidad de hacer ningún esfuerzo.
La fachada iluminada, los coches deteniéndose delante, la gente entrando vestida como si todos tuvieran algún lugar importantísimo al que acudir.
Por dentro era todavía más espectacular: mármol, lámparas enormes, techos altísimos y esa elegancia antigua que no parecía vieja, sino carísima.
—Aquí hasta respirar debe llevar suplemento —murmuré.
Carmen se rio.
—Es Mónaco.
—Ya, pero yo sigo siendo de Cartagena.
Cenamos tranquilamente y, durante un rato, conseguí olvidarme de la casa de la señora Jirafa.
Roberto estaba relajado, Carmen y Flor nos contaban historias de la zona y yo empezaba a pensar que aquella llamada de mi madre no había sido tan mala idea.
Después fuimos hacia el Casino de Monte-Carlo. Aquello era otra historia.
Entrar allí era como atravesar una puerta hacia otra época.
Techos ornamentados, lámparas, dorados, maderas, vidrieras y salas en las que hasta el ruido parecía comportarse con educación.
Había jugadores concentrados frente a las mesas, gente que observaba y otros que simplemente paseaban disfrutando del espectáculo.
—Como pierda dinero esta noche, se lo descuento a mi madre de la herencia —dije.
—No puedes descontarle dinero de una herencia que ya es suya —me recordó Roberto.
—No me estropees el chiste con conocimientos financieros.
Carmen y Flor se adelantaron unos metros. Yo buscaba con la mirada a alguien que tuviera aspecto de querer comprar una casa de doce millones.
—¿Te han dicho quiénes son? —preguntó Roberto.
—Tengo el nombre en el teléfono. Espera.
Saqué el móvil.
Entonces escuché:
—¡SORPRESA!
Casi se me cayó.
Me giré.
Y allí estaban.
Mis hermanas.
Lola.
Gonzalo.
Leonor.
Durante unos segundos me quedé completamente quieta.
—¿Pero qué coño hacéis vosotros aquí?
Lola abrió los brazos.
—¡Luna de miel familiar!
—¡Ni se te ocurra!
Me abalancé sobre ellas riéndome. Marta me abrazó primero, después Claudia y Olga casi al mismo tiempo.
Lola se metió por medio, Leonor me agarró desde atrás y aquello acabó convertido en un abrazo colectivo bastante poco compatible con la elegancia del Casino de Monte-Carlo.
Miré a Roberto. El muy cabrón estaba sonriendo.
—Tú lo sabías.
Le señalé con el dedo.
—No.
—Roberto.
—Sabía que había una sorpresa. No sabía exactamente quién venía.
—Mentiroso.
—Recién casado. No puedes divorciarte todavía.
—Puedo intentarlo.
Mi madre me la había jugado. No había ninguna casualidad, naturalmente.
Habían organizado que todos coincidieran allí aprovechando nuestra estancia en Mónaco.
Y lo peor era que habían utilizado la única carnada con la que sabían que yo picaría incluso estando de luna de miel: un posible comprador. Miré a Lola.
—¿Existen los compradores?
—Sí.
—¿De verdad?
—Claro. ¿Tú crees que íbamos a inventarnos unos compradores para una casa de doce millones?
—De ti me creo cualquier cosa.
—Pues están aquí.
Señaló discretamente hacia otra zona.
—Pero eso puede esperar diez minutos.
Me eché a reír. Aquello sí que era mi familia. Habían cruzado media Europa para darme una sorpresa durante la luna de miel y, ya que estaban, me habían colocado una operación inmobiliaria en mitad del Casino de Monte-Carlo. Miré a Roberto.
—¿Ves por qué necesitaba irme a Noruega?
Me rodeó la cintura.
—Empiezo a entenderlo.
Brindamos allí mismo. Por la boda.
Por nosotros.
Por aquella familia enorme y absurda que cada vez necesitaba más países para reunirse.
Y durante unos minutos me olvidé incluso de los compradores.
Solo unos minutos. Porque una casa de doce millones seguía siendo una casa de doce millones.
Y yo podía estar recién casada. Pero seguía siendo Lourdes Marín.
Los compradores resultaron ser un matrimonio acompañado por otra pareja.
No sabría decir qué nacionalidad había imaginado yo, pero desde luego no acerté.
En cuanto nos acercamos y empezaron las presentaciones comprendí que aquello iba a tener cierta dificultad: él hablaba un español bastante limitado, ella prácticamente ninguno y el inglés de ambos tampoco parecía suficiente para mantener una conversación sobre una propiedad de doce millones de euros.
Fantástico.
Miré de reojo a Lola.
—¿Y ahora qué?
—No me mires a mí. Yo hablo español y dinero.
Eso último era verdad en cualquier idioma. El representante que había organizado el encuentro intentó empezar en inglés, pero la conversación avanzaba a trompicones. Entonces uno de los compradores dijo algo en alemán. Olga levantó inmediatamente la cabeza.
—Ah, coño.
La miré.
—¿Qué?
—Que hablan alemán.
—¿Y has esperado hasta ahora para decirlo?
—Hasta ahora no habían hablado alemán.
Mi hermana se acercó y respondió con una naturalidad que me dio ganas de besarla.
La cara del matrimonio cambió por completo.
En menos de un minuto estábamos todos hablando, aunque «todos» era una manera generosa de describirlo: ellos hablaban con Olga, Olga nos traducía a nosotros, Roberto intervenía en inglés cuando era necesario y Marta entendía lo suficiente para seguir buena parte de la conversación.
Miré alrededor.
—Entre todos podemos invadir Europa.
—Tú vende la casa —dijo Lola.
Eso hice.