Capítulo 12 #6
Aquella noche, mientras estaba tumbada sobre su pecho, pensé que quizá aquello era precisamente lo que necesitábamos antes de marcharnos: un día sin empresas, sin familia, sin millones, sin problemas y sin planes.
Solo nosotros.
Al día siguiente empezaba nuestra luna de miel.
Primero Mónaco.
Después Noruega.
Y mientras Roberto dormía a mi lado, yo pensé durante unos segundos en aquellos papeles que llevaba meses revisando, en unas anotaciones que había guardado sin contarle a nadie y en un par de lugares que había añadido cuidadosamente a nuestro recorrido.
Cerré los ojos. Ya habría tiempo. Aquella noche todavía no quería secretos. Solo quería a mi marido.
Me levanté a las siete y empecé a preparar la maleta.
Lo primero fueron los pasaportes, los DNI, las tarjetas y, sobre todo, aquellos papeles que no quería olvidar por nada del mundo.
Los guardé en una carpeta, la metí entre la ropa y comprobé dos veces que estuviera allí.
Pijamas no llevé. ¿Para qué coño quería yo un pijama en mi luna de miel?
Pensaba dormir piel con piel con mi marido y, si alguna noche necesitábamos ropa para dormir, significaría que algo estábamos haciendo mal.
Tampoco metí demasiada ropa. Un par de vestidos, vaqueros, camisetas, ropa interior, algo más arreglado y poco más.
Mi intención era comprar según fuéramos necesitando y, sobre todo, dejar espacio en la maleta para volver con ella bastante más llena de lo que salía.
Roberto, en cambio, preparó la suya como una persona adulta y responsable.
—¿Tú te vas un mes? —pregunté al verlo.
—Diez días en Noruega más Mónaco.
—Pues parece que emigras.
—Y tú parece que vas a comprar el pan.
Cerré mi maleta casi vacía.
—Tengo pasaporte, tarjetas, DNI y marido. No necesito más.
Se acercó y me besó.
—Te falta esto.
—Eso también.
Llegamos al aeropuerto con tiempo. El avión de la empresa estaba preparado y, cuando subí, sentí por primera vez que la luna de miel empezaba de verdad.
—Vámonos —dije.
Primero Francia. Aterrizaríamos en Niza y desde allí continuaríamos por carretera hasta Mónaco. Ya conocía el recorrido, pero esta vez era distinto. No iba con mis hermanas, mi madre, Lola ni Leonor. No íbamos a revisar propiedades, cuentas ni papeles. Íbamos Roberto y yo.
Tenía ganas de volver a la casa y de ver a Carmen y Flor, las hijas de los guardeses.
La primera vez que estuvimos allí habían conseguido que Mónaco dejara de parecerme un decorado de ricos y empezara a parecerme un sitio donde podía pasármelo realmente bien.
Me acomodé en el asiento y miré por la ventanilla mientras empezábamos a movernos. Roberto me cogió la mano.
—¿Preparada, señora?
—No empieces.
—Señora de...
—Como termines la frase, aterrizas en Niza soltero.
Se rio.
Yo también.
Después miré de reojo mi maleta. La carpeta seguía dentro.
Mónaco era la primera parada. Lo que venía después era otra cosa.
Y todavía no pensaba contárselo a nadie.
Llegamos a la casa y entramos con la contraseña que Olga nos había dado.
Mi hermana lo había robotizado prácticamente todo: acceso, alarma, iluminación, climatización y no sé cuántas cosas más que yo descubriría seguramente cuando tocara algo que no debía.
Lo curioso fue que, nada más entrar, no tuve la sensación de llegar a una casa cerrada durante semanas.
Parecía habitada. Estaba perfectamente limpia, fresca, con la temperatura ideal y hasta el frigorífico estaba lleno.
Los guardeses sabían que llegábamos y se habían encargado de que no nos faltara absolutamente nada.
—Así da gusto ser rica —dije.
Roberto dejó las maletas.
—Te estás acostumbrando.
—Demasiado rápido. Eso me preocupa.
Nos habían preparado la habitación más grande de la casa.
Tenía unas balconeras enormes abiertas hacia el Mediterráneo y unas vistas que obligaban a quedarse unos segundos mirando.
El azul del mar parecía entrar directamente en la habitación.
Solté el bolso, me quité los zapatos y me dejé caer sobre la cama.
Aquello era un espectáculo. Y la cama también tenía muy buena pinta.
Me quité la ropa sin ninguna prisa y la fui dejando por el suelo.
Después me acomodé entre las sábanas y llamé a Roberto.
—Cielo...
—¿Qué?
—Ven.
Asomó la cabeza por la puerta.
—Te estoy esperando.
No necesitó más explicaciones. Seguimos haciendo lo que se suponía que tenían que hacer dos recién casados en su luna de miel: querernos mucho y aprovechar que, por primera vez en meses, nadie podía aparecer por una puerta preguntando por un contrato, un hotel, un barco, una factura o una puta gotera en Austria.
Más tarde conseguimos vestirnos y salir a comer.
Paseamos sin rumbo por las calles de Mónaco, entramos en algunas tiendas y compramos varias cosas que necesitábamos y otras que no necesitábamos en absoluto. No miré el teléfono más que un par de veces. Roberto tampoco. Aquello era casi revolucionario para nosotros.