L&L Capítulo 12 #5
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Capítulo 12 #5

Me abrazó tan fuerte que casi me desmonta el vestido.

Después llegaron mis hermanas, Leonor, Gonzalo y el resto.

Besos, abrazos, fotografías y ese momento en el que dejas de saber quién te ha felicitado y quién todavía no.

El cóctel se celebró en los jardines. Y entonces comprendí por qué no me habían dejado ver absolutamente nada.

Era precioso.

Habían montado zonas bajo los árboles, mesas altas, rincones con sofás, luces diminutas entre las ramas y flores que parecían formar parte del propio jardín. No había nada excesivo. Era elegante, cálido y, sobre todo, nuestro. O lo que mi familia había decidido que era nuestro.

—¿Te gusta? —preguntó mi madre.

La abracé.

—Muchísimo.

—Pues ya puedes dejar de protestar por las sorpresas.

—Eso no.

El almuerzo se alargó durante horas. Hubo discursos, brindis y una cantidad de comida que habría permitido alimentar a otra boda entera.

Mi padre habló. El padre de Roberto también.

Mi madre consiguió hacerme llorar y mi abuela consiguió que todos nos riéramos inmediatamente después.

Lola habló en nombre de mis amigas y empezó diciendo:

—Conocí a Lourdes antes de que fuera rica, que quiero que conste.

—¡Yo sigo siendo la misma! —protesté.

—Sí, pero con más garajes.

La gente se rio.

—Y quiero decir algo —continuó—. Lourdes es la única persona que conozco capaz de entrar en una mansión de ocho millones, venderla, vaciarla, organizar tres empresas, discutir con un abogado y después llamarme porque no encuentra sus gafas cuando las lleva puestas.

—¡Esa eres tú!

La carcajada fue todavía mayor.

—Bueno, pues nos complementamos.

Acabó emocionándose.

Y yo también. Después de la comida empezó la fiesta de verdad. Fue entonces cuando Olga apareció con una caja.

—Ahora sí.

—¿Qué coño hay ahí?

—Tu salvación.

La abrió.

Dentro había unas zapatillas deportivas blancas preciosas, personalizadas para mí, con pequeños detalles del vestido y la fecha de la boda bordada discretamente. Las miré como si me hubiera regalado un piso.

—Olga...

—Póntelas.

—Te quiero.

—Lo sé.

Me quité los zapatos de novia sin ningún sentimiento de culpa.

—Esto es felicidad.

—Espérate.

—¿Hay más?

—Siempre hay más.

Y lo había. La música cambió, se encendieron las luces del jardín y aquello se convirtió en una fiesta de las nuestras.

Bailé con Roberto, con mi padre, con mis hermanas, con Lola, con Leonor, con mi madre y hasta con mi abuelo.

Mi abuela bailó también, a su manera, agarrada a quien se pusiera delante.

Gonzalo y Lola dejaron de fingir que aquello suyo era una cosa ligera y se pasaron media noche pegados.

Marta recibió algún mensaje que intentó esconder demasiado deprisa y decidí que ya tendría tiempo de preguntarle si venía de Alemania.

Claudia, por una vez, parecía haberse olvidado de balances, hoteles y números.

Y Leonor...

Leonor bailaba con Markus. Los vi desde lejos.

Él la abrazaba por la cintura y ella tenía la cabeza apoyada en su hombro.

Durante un segundo pensé en Antón. Después dejé de mirar.

Aquella era su vida. No la mía. A medianoche yo ya había perdido completamente la noción del tiempo.

A la una seguíamos bailando. A las dos también.

En algún momento comimos otra vez, aunque no sabría decir qué.

A las tres de la madrugada mi vestido había sobrevivido milagrosamente, las zapatillas de Olga habían demostrado ser el mejor invento de la historia de las bodas y Roberto tenía la corbata en algún lugar que ninguno de los dos sabía localizar.

—¿Nos vamos? —me preguntó al oído.

Miré alrededor.

Nuestra gente seguía de fiesta.

—¿De nuestra propia boda?

—Creo que legalmente podemos.

—¿Y si siguen sin nosotros?

—Estoy seguro de que lo harán.

No tenía ninguna duda. Fuimos despidiéndonos poco a poco. Mi madre me abrazó durante tanto tiempo que terminé riéndome. Mi padre volvió a emocionarse. Mi abuela me dio un beso y me dijo que me fuera ya, que mi marido llevaba toda la noche esperando.

—¡Abuela!

—¿Qué? ¿Ahora eres virgen?

Casi me muero. Roberto tuvo que apartarse porque no podía parar de reír.

—Vámonos —le dije—. Antes de que diga algo peor.

Salimos entre aplausos, gritos y una última lluvia de pétalos que alguien había guardado para aquel momento.

Nos esperaba un coche, pero esta vez no había ninguna finca misteriosa ni ninguna sorpresa al final del camino.

Íbamos a casa. A nuestra casa. Me acomodé junto a Roberto, apoyé la cabeza en su hombro y miré nuestras manos.

Los dos llevábamos ahora aquel pequeño aro que decía que, después de todo lo vivido, habíamos decidido seguir viviendo lo que viniera juntos.

—Marido —dije.

—Esposa.

—Qué raro suena.

—Ya te acostumbrarás.

—Como empieces a llamarme señora, me divorcio.

—Llevamos casados unas horas. Dame por lo menos hasta mañana.

Me reí y lo besé. Cuando el coche entró por nuestra puerta eran más de las tres de la madrugada. Las luces exteriores estaban encendidas y la casa aparecía tranquila detrás del jardín.

Nuestra casa.

Roberto abrió la puerta y me miró.

—¿Te llevo en brazos?

Miré el vestido. Luego lo miré a él.

—Como me tires después de todo lo que ha costado esta boda, te mata mi madre.

—Eso no es un no.

—Roberto...

Ya me había levantado. Me agarré a su cuello riéndome mientras cruzaba conmigo la puerta.

—Bienvenida a casa, señora.

Lo miré.

—Primera y última vez.

Cerró la puerta con el pie. Fuera quedaban la boda, las familias, las empresas, los barcos, Austria, Mónaco, los secretos y todo aquel mundo que en menos de un año había dado la vuelta completa a mi vida.

Dentro estábamos nosotros. Roberto y yo.

Marido y mujer. Y, por unas horas, no necesitaba absolutamente nada más.

La mañana amaneció con un sol radiante. Bueno, la mañana. Eran las doce.

Menudo amanecer.

Abrí los ojos y tardé unos segundos en recordar dónde estaba, qué día era y por qué me dolían músculos que no sabía que tenía. Entonces noté a Roberto pegado a mi espalda y sonreí.

Estaba casada.

Me giré hacia él y aquello fue suficiente para que lo de levantarnos quedara aplazado un buen rato.

Nos quedamos retozando entre las sábanas, sin ninguna prisa y con esa maravillosa sensación de no tener que estar en ningún sitio.

Después de meses mirando el reloj, resolviendo problemas, cogiendo aviones y contestando llamadas, nadie nos esperaba aquella mañana.

Cuando por fin Roberto se levantó, volvió unos minutos después con una bandeja improvisada.

—¿Qué es eso?

—Nuestro primer desayuno de casados.

Había encontrado unos dulces y unos batidos en la nevera. No sabía quién los había dejado allí, aunque sospechaba que nuestras madres habían previsto incluso que los recién casados pudieran despertarse muertos de hambre al mediodía.

—Me parece fabuloso —dije, cogiendo uno de los dulces—. Aunque a este matrimonio le sigue faltando una cosa fundamental.

—¿Qué?

—Un café.

—Puedo hacerlo.

Lo miré.

—No. Déjalo. Nuestro primer día de casados no quiero acabar llamando a los bomberos.

Me lanzó una almohada. Era catorce de junio y, en teoría, íbamos a pasar el día en casa haciendo las maletas. Al día siguiente empezaba nuestra luna de miel.

En teoría.

Porque las maletas permanecieron abiertas y prácticamente vacías durante horas.

Nosotros hicimos algo mucho mejor. Pasamos el día desnudos, zanganeando entre la cama, la ducha, la cocina y otra vez la cama.

Comimos cuando tuvimos hambre, dormimos cuando nos dio sueño y nos reímos muchísimo.

No encendimos la televisión. Apenas miramos los teléfonos.

El mundo podía sobrevivir veinticuatro horas sin nosotros y, si no podía, tendría que aprender. Y nos amamos.

Mucho.

Sin prisas unas veces y con bastantes menos contemplaciones otras.

En la cama, bajo la ducha y en algún lugar de nuestra casa que probablemente no figuraba entre los usos recomendados por el diseñador.

Después de tantos meses encontrándonos entre reuniones, viajes, familias y problemas ajenos, por primera vez teníamos todo el tiempo para nosotros.

A media tarde terminamos tumbados atravesados en la cama, agotados y muertos de risa.

—Tenemos que hacer las maletas —dijo Roberto.

—Sí.

Ninguno se movió. Pasaron unos minutos.

—Lourdes.

—¿Qué?

—Las maletas.

—Mañana.

—Mañana nos vamos.

—Pues tendremos la ropa más fresca.

Se echó a reír y volvió a abrazarme. Eso fue todo lo que hicimos para preparar el viaje.

Absolutamente nada.