L&L Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

Olga apareció por la puerta mientras me estaban terminando el pelo.

—Buenos días, novia.

La miré por el espejo.

—Como vengas a decirme que todavía falta muchísimo, te echo.

—Vengo a decirte que no te preocupes por los pies.

—¿Por qué?

—Porque para la fiesta vas a tener algo que no te va a doler.

Me giré.

La peluquera me agarró inmediatamente de los hombros.

—¡Quieta!

—Perdón. ¿Qué significa eso de que voy a tener algo?

Olga sonrió.

—Sorpresa.

—Estoy hasta el coño de las sorpresas.

La maquilladora soltó una carcajada.

—Pues hoy llevas mal día.

—Eso me temo.

Todo era secreto. La finca, la decoración, parte de la música, el menú, las sorpresas que habían preparado nuestras familias y hasta lo que pretendían ponerme en los pies cuando llegara la fiesta. Yo solo sabía dónde y a qué hora tenía que aparecer. Mi abuela entró poco después con una bandeja.

—Come.

—Abuela, no tengo hambre.

—Me da igual.

—Me están maquillando.

—Pues mastica sin mover la cara.

La maquilladora tuvo que apartarse porque empezó a reírse. Mi madre apareció detrás.

—Hazle caso. No vas a estar todo el día sin comer.

—¿Os habéis puesto todas de acuerdo para mandarme?

—Desde que naciste.

Aquella respuesta consiguió que me callara.

Miré a mi madre a través del espejo. Estaba preciosa.

Nerviosa también, aunque intentaba disimularlo ocupándose de todo lo que encontraba a su paso.

Mi abuela seguía intentando alimentarme.

Olga caminaba por la casa con el teléfono en la mano comprobando quién sabía qué cosa.

Marta todavía no había llegado y Claudia había mandado un mensaje diciendo que estaba en camino.

Y entonces entró Lola. Se quedó parada en la puerta.

No dijo nada. Eso, tratándose de Lola, era preocupante.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Se quitó las gafas. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No me jodas, Lola.

—Cállate.

—Como llores, lloro yo.

—Pues no me mires.

Se puso otra vez las gafas y respiró hondo.

—Estás preciosa.

Noté inmediatamente el nudo en la garganta.

—Te he dicho que no me jodas.

Mi madre se acercó por detrás y me puso las manos sobre los hombros.

—Hoy puedes llorar un poquito.

—No. Que me han cobrado una fortuna por esta cara y pienso amortizarla.

Lola se rio y aquello nos salvó. Poco a poco fueron llegando las demás.

Marta, Claudia, Leonor, que había regresado de Austria con una cara de felicidad sospechosamente incompatible con dos días agotadores de trabajo, y finalmente la madre de Roberto.

Éramos demasiadas mujeres metidas en una casa que de pronto parecía mucho más pequeña.

Todas hablaban.

Todas sabían cosas que yo no sabía. Y todas se negaban a contarme nada.

—¿Roberto está bien? —pregunté por quinta vez.

—Sí —contestó su madre—. Y ha preguntado exactamente lo mismo por ti.

Aquello me tranquilizó. Cuando por fin llegó el momento de ponerme el vestido, la habitación se quedó extrañamente silenciosa.

Mi madre me ayudó por un lado y Lola por el otro.

Mi abuela se quedó sentada observándome mientras terminaban de colocarlo.

Me miré en el espejo. Y durante unos segundos no vi a la empresaria, ni a la nieta de Amalia Santaclara, ni a la mujer que de repente tenía barcos, hoteles, propiedades, sociedades y una cuenta bancaria que todavía no sabía mirar sin marearse. Vi a Lourdes.

A mí.

La pelirroja de metro sesenta que había llegado a Marbella con ganas de comerse el mundo y que, sin saber muy bien cómo, había terminado encontrando mucho más de lo que había venido a buscar. Mi abuela se levantó despacio y se acercó. Me acarició la mejilla.

—Estás muy guapa, pelirroja.

Aquello casi terminó conmigo.

—Abuela...

—Pero no llores ahora. Llora después, cuando ya estés casada y no tenga arreglo.

La habitación estalló en carcajadas. Esa era mi abuela. Y gracias a ella conseguí llegar hasta la puerta sin destrozarme el maquillaje. Fuera nos esperaba el coche.

Respiré hondo.

El día había llegado. Iba a casarme con Roberto. Me subí al coche con mi padre. Estaba tan orgulloso que no cabía dentro de sí mismo. No dejaba de mirarme, sonreír y volver la cabeza hacia la ventanilla como si necesitara descansar unos segundos para no emocionarse demasiado.

—Papá, como llores, lloro.

—Yo no estoy llorando.

—Todavía.

—Tú preocúpate de no pisarte el vestido.

—Gracias por el apoyo emocional.

El coche era una preciosidad de los años veinte, restaurado hasta el último detalle para que funcionara como uno de 2026 sin perder por fuera absolutamente nada de su época.

Me pareció perfecto. Antiguo por fuera, completamente preparado por dentro.

Un poco como mi familia, pensé, aunque preferí no decírselo a mi padre.

Dimos unas vueltas que no supe si eran necesarias o formaban parte de la conspiración para hacer tiempo y finalmente entramos en la finca.

El camino hasta la casa y la capilla era largo, o al menos a mí me lo pareció.

Los árboles crecían a ambos lados formando una especie de corredor verde que escondía lo que había al final.

Mientras avanzábamos despacio, apenas podía ver más allá de ellos.

Todo aparecía poco a poco. Mi padre me cogió la mano.

—¿Nerviosa?

—Muchísimo.

—Todavía podemos dar la vuelta.

Lo miré horrorizada. Se echó a reír.

—Era para comprobarlo.

—Como me dé un infarto antes de llegar, se lo explicas tú a Roberto.

Al final de aquel camino apareció la capilla.

No era tan pequeña como yo había imaginado.

Era sencilla, de piedra clara, con una puerta grande de madera y flores por todas partes sin parecer una floristería descontrolada.

Había gente esperando fuera y, en cuanto vieron aparecer el coche, empezaron a entrar. Entonces el corazón se me puso a mil.

—Papá...

—Aquí estoy.

El coche se detuvo. Mi padre salió primero y rodeó el vehículo para abrirme la puerta. Al incorporarme tuve que respirar profundamente. Entre el vestido, los nervios y la cantidad de ojos que de repente se volvieron hacia mí, por un segundo pensé que las piernas no me responderían.

Pero respondieron.

Me agarré del brazo de mi padre.

Y entramos.

Lo primero que vi fue a Roberto.

Mi amor.

Estaba al fondo esperándome con una expresión que no le había visto nunca.

Parecía asustado, emocionado, feliz y a punto de llorar, todo al mismo tiempo.

Cuando nuestras miradas se encontraron dejó de mirar absolutamente cualquier otra cosa.

Y yo también. Durante unos segundos desaparecieron los invitados, las flores, la música y hasta mi padre.

Solo estaba él. A mitad del pasillo vi cómo se pasaba discretamente un dedo por debajo de un ojo.

Sonreí.

Ya había caído uno. Cuando llegamos, mi padre me dio un beso en la mejilla y después estrechó la mano de Roberto. No escuché lo que le dijo. Roberto asintió y mi padre me entregó su brazo.

—Hola —susurró Roberto.

—Hola.

—Estás...

Esperé.

—¿Estoy qué?

Negó con la cabeza.

—No tengo palabras.

—Pues empieza bien la ceremonia.

Se rio y aquello consiguió que los dos respiráramos.

La ceremonia fue mucho más bonita de lo que esperaba precisamente porque no intentaron convertirla en un espectáculo.

Hubo emoción, algunas lecturas de nuestras familias y suficientes miradas entre Roberto y yo como para olvidarme varias veces de que había gente observándonos.

Cuando llegó el momento de los votos, Roberto fue primero. Me cogió las manos.

—No tenía preparado enamorarme de ti.

Alguien se rio detrás.

—Eso ya lo sé —murmuré.

—Déjame terminar.

También se rio él. Después se puso serio.

—No lo tenía preparado, pero ahora no consigo imaginar ningún plan en el que tú no estés. Quiero nuestra casa, nuestros viajes, nuestras familias entrando sin avisar...

Hubo risas.

—Eso ya lo tienes —dije.

—Lo sé. Y quiero todo lo que venga después. Lo bueno, lo malo y lo que todavía no sabemos. Te quiero como eres, Lourdes. Incluso cuando me vuelves loco.

—Eso no estaba en el contrato.

—Precisamente por eso me caso contigo.

Esta vez fui yo la que tuvo que contener las lágrimas. Cuando llegó mi turno lo miré y todo lo que había pensado decir desapareció de mi cabeza. Así que dije la verdad.

—Yo tampoco tenía previsto encontrarte.

Respiré.

—Pensaba que tenía mi vida bastante clara.

Trabajaba, tenía mi casa, mi empresa, mis amigas, mi familia y creía que sabía perfectamente lo que quería.

Entonces apareciste tú y descubrí que una vida puede estar completa y, aun así, tener sitio para alguien más.

No has venido a salvarme de nada porque yo no necesitaba que me salvaran.

Has venido a caminar conmigo. Y eso es mucho más difícil.

Roberto apretó mis manos.

—Te quiero. Te quiero cuando eres maravilloso y también cuando eres un pesado.

Te quiero cuando me llamas princesa, aunque algunas veces me den ganas de estrangularte.

Y quiero despertarme contigo hasta que seamos tan viejos que necesitemos a Olga para comprobar por las cámaras si seguimos respirando.

Las carcajadas fueron generales. Desde algún sitio escuché a Olga.

—¡Eso está hecho!

—¡Tú cállate!

Hasta quien oficiaba la ceremonia tuvo que esperar para continuar. Después llegaron los anillos. Las palabras que correspondían. Y finalmente aquello que llevábamos meses preparando.

—Puede besar a la novia.

—Por fin —murmuró Roberto.

Me agarró por la cintura y me besó. Y ahí sí.

Ahí desapareció todo. Cuando salimos de la capilla ya éramos marido y mujer.

Nos recibieron con una lluvia de pétalos y un estruendo de aplausos.

Mi madre lloraba sin disimular, mi padre también había perdido definitivamente la batalla, la madre de Roberto abrazaba a todo el mundo y mi abuela parecía más contenta que cualquiera de nosotros. Lola apareció la primera.

—Déjame ver el anillo.

—Lola, me acabo de casar.

—Precisamente. Quiero comprobar que está bien puesto.

—Eres una enferma.