Capítulo 12 #3
Me mordí el labio para no reírme.
—Eres una sinvergüenza.
—Puede.
—Y una mentirosa.
—Eso menos. Te dije que lo había dejado. No te dije que no pudiera recaer.
—¿Recaer? Te lo has llevado a otro país.
La modista volvió a mirarme.
—Lourdes...
—¡No me muevo!
—Sí te mueves.
Leonor se estaba riendo al otro lado del teléfono.
—¿Te están regañando?
—Estoy en la última prueba del vestido y como me claves un alfiler por hacerme reír, te lo voy a cobrar.
—¿Está bonito?
Miré mi reflejo en el espejo. De repente dejé de bromear.
Estaba precioso.
Y aquella mujer que veía delante de mí era yo.
La misma Lourdes que unos meses atrás vendía mansiones, vaciaba casas de muertos y pensaba que tenía su vida perfectamente organizada.
Ahora tenía una familia que parecía haberse multiplicado, empresas, barcos, hoteles, una casa nueva y, dentro de doce días, un marido.
—Sí —contesté—. Está precioso.
—No llores, que como manches algo te matan.
—No estoy llorando.
—Te conozco.
—Y yo a ti. Por eso sé perfectamente para qué te has llevado al pintor.
Leonor soltó una carcajada.
—Tengo que dejarte. Nos esperan.
—¿Quiénes?
—Los contratistas.
—Sí, claro.
—Que te den por culo, Lourdes.
—A ti ya veo que te lo están gestionando.
Colgué antes de que pudiera contestarme.
—¡Lourdes! —exclamó la modista.
—¿Qué?
—¡Que te has vuelto a mover!
Me puse recta inmediatamente, conteniendo la risa.
Doce días para mi boda. Leonor escondida en un hotel austríaco con su pintor.
Olga a pocos kilómetros controlando un sistema de cámaras capaz de saber hasta cuándo se abría una puerta.
Y yo allí, llena de alfileres, intentando que ninguna de aquellas locas descubriera lo que estaba haciendo la otra.
Todo normal.
Llegué a mi casa.
Mi casa.
Todavía me gustaba decirlo, aunque fuera para mí misma.
Con cuatro cojines, algunas lámparas, plantas y las pocas cosas que habíamos ido colocando, había quedado monísima.
No necesitábamos hacerle mucho más. Los anteriores propietarios la habían dejado prácticamente nueva y nosotros solo habíamos tenido que darle nuestro toque.
La piscina estaba espectacular, de ese azul que te llamaba directamente a tirarte dentro. Eran las once de la mañana y ya estábamos a veinticinco grados. En esta Málaga nuestra, aquello significaba que el sol iba a pegar fuertecito en cuanto avanzara el día. Entré con mi código, 2224.
Olga nos tenía perfectamente fichados. Cada uno tenía el suyo y el sistema registraba quién entraba, quién salía y a qué hora.
Al principio me había parecido estupendo.
Ahora empezaba a producirme una sensación rara.
Me gustaba la seguridad, pero no tanto pensar que mi hermana podía saber que yo había entrado en casa a las once y cuarto, que Roberto había salido a las ocho y media o que cualquiera de los dos llevaba tres horas sin moverse de allí.
Más adelante cambiaría aquello. El control de nuestra casa lo tendría yo.
Una cosa eran las propiedades donde no vivíamos habitualmente y otra muy distinta nuestra intimidad.
No quería sentir que necesitaba independizarme de mi hermana a los treinta y cuatro años.
Con mis abuelos era diferente. A mi abuela le encantaba sentirse vigilada por Olga.
Es más, creo que habría permitido que le pusiera una cámara colgada del cuello.
Si el sistema detectaba que mis abuelos estaban en casa pero llevaba demasiado tiempo sin registrar movimiento, Olga utilizaba la línea interna que había instalado. No hacía falta ni siquiera descolgar.
—Abuela, abuela, no te oigo. Dime algo.
Y mi abuela, en lugar de responder como una persona normal, se ponía a cantar.
Con eso Olga se quedaba tranquila. A mi abuela le daba seguridad saber que, si algún día se caía o le ocurría algo, alguien se enteraría enseguida.
A mí me parecía maravilloso para ellos. Para mí, no.
Yo quería que mi hermana supiera que estaba viva porque la llamaba, no porque un sensor le comunicara que llevaba veinte minutos sin pasar por el pasillo.
Era once de junio. Faltaban dos días para mi boda.
Y yo ya no podía más. No podía con las llamadas, los secretos, las pruebas, las preguntas que nadie me contestaba, las sonrisitas de mi madre, los cuchicheos de Lola y esa conspiración internacional que habían montado para conseguir que Roberto y yo llegáramos al día trece sin saber prácticamente nada de nuestra propia boda. Saqué el teléfono.
—Ven a casa —le dije en cuanto Roberto respondió—. He traído comida para los dos.
—En quince minutos estoy en casa, princesa.
Sonreí.
Aquello sí que era un sueño. Podíamos comer juntos en nuestra casa y regresar después cada uno a su oficina sin mover los coches.
Si queríamos, podíamos ir andando. Se acababan los trayectos absurdos, los atascos para recorrer cuatro kilómetros y eso de decidir en qué casa dormíamos aquella noche. Ahora solo había una.
La nuestra.
Dejé la comida en la cocina, abrí completamente los paneles de cristal que la comunicaban con el salón y después las puertas hacia el jardín.
En cuestión de minutos toda aquella parte de la casa parecía un único espacio abierto hacia la piscina.
Me quité los zapatos y salí descalza. El suelo estaba caliente bajo los pies.
Miré el agua. Luego miré el reloj. Roberto tardaría todavía diez minutos.
Me quité el vestido que acababa de ponerme después de la prueba, me quedé en ropa interior y me tiré a la piscina. El agua estaba perfecta. Cuando saqué la cabeza me eché a reír sola.
Dos días.
En dos días me casaba. Y por primera vez en semanas no quería saber nada de Austria, de hoteles, de barcos, de abogados, de reformas, de facturas ni de quién estaba follando con quién a escondidas.
Solo quería comer con Roberto, bañarme en nuestra piscina y disfrutar un rato de aquella casa que empezaba, por fin, a oler a nosotros.
Entonces escuché una voz procedente del sistema interior.
—Lourdes.
Me quedé inmóvil dentro del agua.
—Lourdes, sé que estás ahí.
Cerré los ojos.
Olga.
—¡¿Qué coño quieres?!
—Nada. Comprobar que estabas bien.
Miré hacia la casa como si pudiera verla a través de alguna de aquellas cámaras.
—¡Olga, como vuelvas a hablarme desde las paredes de mi propia casa, te cambio todas las contraseñas!
Hubo un pequeño silencio.
—Eso significa que estás bien.
—¡Sí!
—Perfecto.
Y desapareció.
Me quedé flotando en mitad de la piscina.
Definitivamente, después de la boda iba a quitarle a mi hermana el control de mi casa.
Comimos y nos quedamos un rato allí, sin hacer absolutamente nada.
Qué paz. Qué tranquilidad. Me estaba acostumbrando demasiado deprisa a aquello de tener nuestra casa a diez minutos andando de L&L.
Roberto ya había llevado bastante ropa y algunas de sus cosas.
Las mías estaban empezando a llegar por tandas porque yo ni siquiera tenía tiempo para ocuparme de una mudanza como Dios manda.
Y me daba rabia. Después de pasarme años entrando en casas ajenas, organizando vaciados y decidiendo qué se quedaba, qué se vendía y qué se tiraba, ahora no podía disfrutar de algo tan sencillo como colocar personalmente mi ropa en un armario o decidir dónde quería guardar mis zapatos.
—Después de la boda —me dijo Roberto cuando me oyó protestar—. Tendremos toda la vida para mover cosas de sitio.
—Ya, pero es mi casa. Quiero hacer esas pequeñas tonterías.
—Nuestra casa.
—Eso.
Nuestra.
Después de casarnos nos marchábamos de luna de miel.
Primero pasaríamos unos días en Mónaco, en nuestra casita, aunque técnicamente siguiera perteneciendo a mi madre y a aquella estructura familiar que cada vez me costaba menos aceptar.
Después volaríamos hacia Noruega para pasar diez días recorriendo los fiordos y parte del país. La elección de Noruega había sido mía.
Roberto no puso ninguna pega. Le apetecía conocer los fiordos, alquilar un coche, movernos sin demasiados planes y perdernos por carreteras de esas en las que parece que el mundo se acaba detrás de cada montaña. Cuando se lo propuse, aceptó enseguida. Había algunas cosas que no le había contado.
Desde hacía meses, de vez en cuando, volvía a la documentación digitalizada de Santaclara.
Al principio lo hacía intentando averiguar por qué Amalia había querido desprenderse de aquella casa.
Después empecé a fijarme en otras cosas.
Una fotografía. El reverso de otra. Una dirección escrita hacía demasiados años.
Un sobre. Un apellido repetido. Algunas palabras en noruego que tuve que traducir.
Pequeñas piezas que, por separado, no significaban prácticamente nada. Juntas quizá sí.
Había guardado copias de algunas páginas y anotado varias direcciones.
Nada concluyente. Nada que mereciera todavía una conversación con mi madre.
Ni siquiera sabía si encontraría lo que estaba buscando.
Por eso Noruega era, oficialmente, nuestra luna de miel.
Y lo era. Los fiordos, los hoteles, las carreteras, Roberto y yo solos después de aquellos meses de locura.
Todo eso era verdad. Solo había añadido un par de lugares al recorrido sin explicarle a nadie por qué tenía tanto interés en pasar precisamente por allí.
Si no encontraba nada, nadie tendría que saberlo. Y si encontraba algo...
Bueno.
Entonces ya veríamos. Y casi sin darme cuenta llegó el trece de junio. El día de mi boda.
A las ocho de la mañana ya tenía una peluquera y dos maquilladoras instaladas en casa de mis abuelos.
Mi madre se había empeñado en que tenía que salir de allí porque aquella era la casa familiar y, por una vez, decidí no discutir.
Así que allí estaba yo, sentada como una niña buena, rodeada de brochas, horquillas, productos para el pelo y mujeres que me daban órdenes desde primera hora de la mañana.
Me esperaba un día larguísimo. Solo pensar en los zapatos ya me dolían los pies.