L&L Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Marta negó con la cabeza, aunque estaba sonriendo.

—¿Quién viaja?

—Claudia, tú, yo y Mario.

Marta dejó de sonreír. Yo la miré. Lola la miró. Hasta Olga la miró.

—¿Mario? —pregunté.

—Sí, Mario. El abogado. ¿Cuántos Mario conocéis?

—Yo ninguno —dijo Lola—, pero Marta parece conocer uno bastante bien.

—Lola —gruñó mi hermana.

—¿Qué? Estoy preguntando.

—No estás preguntando nada.

Mi madre intervino antes de que aquello derivara hacia terrenos mucho más interesantes que Austria.

—Mario ya está avisado. Puede desplazarse y considera que, si han pedido adelantar la reunión, es mejor que vaya con nosotras.

Marta cogió su móvil.

—Voy a hablar con él y después con el despacho austríaco.

—Hazlo. Y otra cosa.

El tono de mi madre volvió a cambiar. Las bromas desaparecieron.

—¿Qué? —pregunté.

—Me han dicho que no comentemos con la dirección del hotel que la reunión se ha adelantado.

Esta vez nadie dijo nada. Lola fue la primera en reaccionar.

—Eso ya me gusta menos.

A mí también. Hasta ese momento habíamos hablado de un hotel con demasiados empleados, puestos duplicados, costes disparados y una gestión que no terminaba de cuadrar.

Un problema serio, sí, pero empresarial.

Que nos pidieran viajar antes de lo previsto era una cosa.

Que además quisieran que la propia dirección del hotel no supiera que íbamos era otra muy distinta. Marta ya estaba marcando un número.

—Mamá, no hagáis ninguna llamada más relacionada con esto. Ni al hotel ni a nadie de allí. Déjame hablar primero con el despacho.

—De acuerdo.

—Y mándame ahora mismo el correo que te han enviado.

—Te lo reenvío.

Colgamos.

Durante unos segundos nadie habló. Olga rompió el silencio.

—Yo también voy.

Marta levantó la cabeza.

—Todavía no sabemos si hace falta.

—Si hay algo relacionado con accesos, sistemas, registros o comunicaciones, sí hace falta.

—Primero averiguamos qué ocurre.

Olga cruzó los brazos.

—Vale. Pero prepara una plaza más.

La conocía.

Eso significaba que ya podía ir preparando una plaza más.

Miré alrededor de la mesa. Hacía diez minutos estábamos discutiendo la factura de una limpieza después de la fiesta de un cantante.

Esa mañana me había levantado cantando porque Roberto y yo acabábamos de encontrar nuestra casa.

Y ahora mi madre llamaba desde algún lugar con Claudia a su lado para decirnos que Austria acababa de adelantar una reunión que, además, debía mantenerse en secreto para la dirección del hotel. Me apoyé en el respaldo.

—Una cosa menos, he dicho esta mañana.

Lola se echó a reír.

—No vuelvas a decirlo.

—En mi puta vida.

Me desperté temprano con un brazo completamente dormido. Roberto estaba medio encima de mí, profundamente dormido y tan a gusto, mientras yo tenía desde el hombro hasta los dedos convertido en un trozo de carne inútil.

—Uy, uy, uy... —me quejé mientras conseguía salir de debajo de él.

Me levanté de la cama como un muñeco roto, con el brazo colgando y sin responderme. Lo sacudí un par de veces mientras caminaba hacia el baño.

—Como se me caiga, es culpa tuya.

Roberto ni se enteró. Me metí en la ducha y, entre el agua caliente y moverlo como si estuviera intentando arrancar un motor, conseguí recuperar la circulación.

Cuando salí ya volvía a tener dos brazos funcionales, que siempre era una buena manera de empezar el día.

Preparé café y estaba sirviéndome una taza cuando Roberto apareció por la puerta hablando por teléfono.

Me levantó un dedo para indicarme que escuchara y activó el manos libres.

—Te decía que tengo varias muestras preparadas —explicaba una mujer—. Maderas, tejidos, algunas opciones para las paredes y dos propuestas diferentes para la iluminación. Tu hermana me ha enseñado las fotografías y creo que la casa admite cosas muy bonitas sin necesidad de recargarla.

Era una diseñadora de interiores amiga de una de las hermanas de Roberto.

Nuestra casa.

Ya podía decirlo sin añadir «si todo sale bien», «cuando firmemos» o «si los papeles están correctos». Habíamos firmado y habíamos pagado mediante transferencia bancaria. La casa era nuestra. Aunque decir que la habíamos pagado Roberto y yo era bastante generoso por mi parte.

Entre sus padres y los míos habían decidido hacernos un regalo de boda que me había dejado varios días sin saber muy bien qué decir.

Prácticamente se habían hecho cargo de la compra entre ellos.

Hasta los paneles solares, que queríamos instalar aprovechando que íbamos a hacer algunos cambios, los habían pagado.

A Roberto y a mí nos habían dejado la decoración, probablemente para que pudiéramos fingir que también participábamos económicamente en nuestra propia casa.

—Podría pasarme esta semana —continuó la diseñadora—. Así vemos las muestras allí, con la luz real, que es como hay que decidir estas cosas.

Miré a Roberto y asentí.

—Perfecto —dijo él—. Habla con Lourdes para concretar. Ella manda.

—¡Mentira! —protesté.

La mujer se rio al otro lado.

—Eso dicen todos los maridos antes de casarse.

—Todavía no soy marido.

—Pues vete entrenando.

Cuando colgó, le di mi taza a Roberto para que probara el café.

—¿Te das cuenta de que tenemos una casa de un millón setecientos mil euros y nuestros padres nos la han regalado prácticamente entera?

—Sí.

—Me siento una mantenida.

—Yo también. Podemos superarlo juntos.

Le quité la taza.

—Tú lo llevas mucho mejor que yo.

—Tengo más práctica aceptando regalos de mis padres.

Me reí.

A las trece teníamos reservado el espacio aéreo para salir hacia Austria.

Finalmente Leonor también venía con nosotros.

En cuanto supo que podían empezar los trabajos que habíamos ido posponiendo en el chalet, decidió que quería estar allí para explicarle personalmente al encargado de la oficina austríaca qué se hacía, en qué orden y cómo quería que se coordinasen los distintos equipos.

Después de lo que había ocurrido la primera vez, nadie pensaba limitarse a mandar instrucciones por correo y confiar en que todo se ejecutara correctamente.

—Leonor lleva desde las siete mandándome mensajes —dije.

—¿Y qué quiere?

—No lo sé. He dejado de leer cuando ha empezado a hablar de canalones.

Roberto sonrió.

—Yo creía que ibais por el hotel.

—Vamos por el hotel. Pero dile tú a Leonor que viaje a Austria, tenga el chalet pendiente y no meta las narices.

—No me atrevo.

—Haces bien.

Mientras desayunábamos repasé mentalmente el día.

Teníamos que pasar por la oficina, terminar de preparar documentación, reunirnos con los demás y salir hacia el aeropuerto con tiempo suficiente.

En Austria nos esperaba una reunión de accionistas adelantada misteriosamente, una dirección del hotel que no debía saber todavía que íbamos, unas cuentas que seguían sin cuadrar y un chalet donde, por fin, podíamos empezar a trabajar en serio.

Y en Marbella nos esperaba nuestra casa.

Nuestra.

Me quedé sonriendo como una idiota mientras untaba una tostada.

—¿Qué? —preguntó Roberto.

—Nada.

—Estás sonriendo.

—Tenemos casa.

Él también sonrió.

—Tenemos casa.

Aquello de casarme me hacía ilusión, naturalmente.

Pero descubrir que podía ir andando desde mi nueva casa hasta L yo tenía clarísimo que aquellos dos iban a pasarse los dos días en Austria comportándose como una pareja de novios clandestinos.

—Leonor.

—¿Qué?

—Me dijiste que lo habías dejado.

—Y lo había dejado.

—¿Y ahora te lo llevas a Austria?

—Porque sabe de pintura.

—Claro. En Málaga no había otro pintor que supiera que en Austria hace frío.

La mujer que estaba ajustándome el vestido levantó la cabeza.

—Lourdes, quieta.

—Perdón.

Bajé la voz.

—Haz lo que quieras, pero ten cuidado. Olga está allí y no me gustaría que te viera. Y recuerda que en la casa hay cámaras por todas partes. Cámaras que, casualmente, controla mi hermana.

Leonor se echó a reír.

—Tranquila. No estamos en la casa.

Aquello me hizo desconfiar todavía más.

—¿Dónde estáis?

—Hemos cogido un hotelito monísimo, lejos de allí. Vamos y venimos en coche desde la oficina de los austríacos con los contratistas. Nadie sabe nada.

—¿Nadie?

—Nadie.

—Leonor, te conozco. Tú no te has llevado a Antón hasta Austria para mirar botes de pintura.

—También miramos botes de pintura.