Capítulo 12
No pensaba esperar al tercero. Documentamos absolutamente todo antes de permitir que entrara nadie a limpiar.
Fotografías, vídeos, estado de cada estancia, botellas, restos, desperfectos y, especialmente, todo lo que pudiera tener relación con aquellas sustancias que habían quedado repartidas por distintos puntos del barco.
Después se preparó un informe completo y se remitió a quien figuraba como responsable del alquiler.
Marta revisó el contrato de arriba abajo antes de que enviáramos nada.
Estaba bastante claro: el arrendatario respondía de los daños, gastos extraordinarios y consecuencias derivadas de conductas irresponsables producidas durante el periodo de alquiler, incluidas las de sus invitados.
Y aquello, según mi hermana, entraba de lleno en la categoría de conducta irresponsable.
La limpieza tampoco podía tratarse como un servicio ordinario.
Leonor ni siquiera mandó a su equipo habitual.
Tuvieron que entrar los sanitarios, como llamábamos nosotros a la cuadrilla especializada, con sus equipos de protección y su protocolo para restos biológicos y sustancias desconocidas.
Aquello tenía un coste considerablemente superior a dejar un camarote impecable después de una semana de vacaciones familiares.
El informe, acompañado de la factura extraordinaria, se remitió a JUMANSA, que era el nombre artístico del cantante y también el que utilizaba la sociedad a través de la cual se había formalizado el alquiler. No tardaron demasiado en reaccionar.
Un par de días después aparecieron en las oficinas de L su empresa había realizado el servicio, emitido su informe y facturado lo que correspondía.
El cantante entró con gorra, gafas oscuras y esa capacidad que tienen algunas personas famosas para parecer que están intentando pasar desapercibidas mientras llevan encima exactamente todo lo necesario para que las mire el mundo entero.
Nos saludó correctamente y tomó asiento. Su representante llevaba una carpeta. Su abogado, dos. Marta no llevaba ninguna. Eso siempre me daba miedo.
—Antes de empezar —dijo el abogado—, queremos dejar claro que nuestro cliente lamenta profundamente lo sucedido y que, en ningún momento, tuvo conocimiento de que pudiera haber sustancias ilegales a bordo.
Marta apoyó las manos sobre la mesa.
—Nosotras no estamos aquí para determinar quién consumió qué ni quién tenía conocimiento de ello. Eso no nos corresponde.
El abogado la miró.
—Perfecto. Entonces estamos de acuerdo.
—Todavía no.
Lola bajó la cabeza para disimular una sonrisa.
Marta continuó.
—Estamos hablando exclusivamente de las obligaciones derivadas del contrato de alquiler.
El barco fue entregado en unas condiciones y devuelto en otras.
Hubo que solicitar asistencia sanitaria urgente para dos personas que permanecían inconscientes en el camarote principal y contratar posteriormente una limpieza especializada. Todo está documentado.
El representante intervino.
—Esas dos personas eran invitados. No pertenecen al equipo de JUMANSA.
—Eso tampoco modifica el contrato —respondió Marta.
El abogado abrió una de sus carpetas.
—Ahí precisamente discrepamos. Nuestro cliente no puede responsabilizarse de cada decisión individual que tome un adulto invitado a una celebración.
—En su vida privada, probablemente no. En un barco alquilado bajo un contrato firmado por su sociedad, tendremos que atenernos a lo que firmaron.
Marta giró su copia del contrato sobre la mesa y señaló una de las cláusulas. El abogado la leyó. Luego volvió a leerla. Yo miré a Lola. Lola me miró.
Aquello prometía.
—La cláusula habla de daños y conductas irresponsables durante el periodo de arrendamiento —dijo finalmente.
—Exactamente.
—No establece que mi cliente sea responsable penalmente de las acciones de terceros.
—Ni yo he dicho semejante cosa —respondió Marta—. No confunda responsabilidades. Aquí nadie está acusando a su cliente de ningún delito. Estamos reclamando los costes extraordinarios derivados del uso del barco conforme al contrato que su sociedad firmó.
JUMANSA se quitó por fin las gafas. Era bastante más joven de lo que me había parecido al entrar y, sobre todo, tenía cara de estar hasta los cojones de aquella conversación.
—¿Cuánto es?
Su abogado giró la cabeza.
—Déjame a mí.
—Te estoy dejando. Pero llevo veinte minutos escuchando y todavía no sé cuánto quieren.
Lola empujó hacia él la factura.
—Eso.
El cantante la cogió y miró la cifra. Después levantó la vista.
—¿Todo esto por limpiar?
Ahí intervine yo.
—No. Por limpiar una situación que no forma parte de una limpieza normal.
Si alguien derrama champán, rompe unas copas o vomita porque ha bebido demasiado, hablamos de otra cosa.
Cuando encontramos a dos personas inconscientes y restos de sustancias por distintas zonas del barco, yo no voy a mandar a una trabajadora con una fregona y unos guantes del supermercado.
El representante tomó la factura y empezó a repasarla.
—Esto puede dar muy mala imagen si sale fuera.
Marta lo miró inmediatamente.
—Nosotras no hemos llamado a ningún medio ni tenemos intención de hacerlo. La confidencialidad de nuestros clientes nos importa bastante. Pero tampoco aceptaremos que se utilice la preocupación por la imagen pública para discutir una factura que corresponde pagar según contrato.
JUMANSA se echó hacia atrás en la silla.
—¿Los dos están bien?
La pregunta cambió ligeramente el ambiente.
—Hasta donde sabemos, salieron adelante —contesté—. Más que eso no nos corresponde saberlo.
Se quedó callado unos segundos.
—Yo me fui antes. Ni siquiera sabía que seguían dentro.
Aquello explicaba muchas cosas.
—Precisamente por eso tenemos otro problema —dije.
Marta me miró. Esa parte no estaba en su contrato.
—¿Qué problema? —preguntó el representante.
—Que nadie comprobó que el barco estuviera vacío al finalizar el alquiler. Nosotros también vamos a cambiar nuestros protocolos. Esto nos ha servido para descubrir un agujero que no quiero volver a tener.
El cantante asintió despacio. Después señaló la factura.
—Pagadla.
Su abogado volvió a intervenir.
—JUMANSA...
—He dicho que la paguen. Si el contrato dice que me corresponde, me corresponde. Y si esos dos podían haberse muerto allí dentro, bastante barato me parece.
Aquello sí que no me lo esperaba. Lola cerró la carpeta que tenía delante.
—Pues estupendo.
Marta la miró.
—Lola.
—¿Qué? Ya está solucionado.
Yo tuve que contener la risa. El representante pidió copia de toda la documentación, el abogado dejó constancia de que el pago no implicaba reconocimiento de ninguna responsabilidad distinta de la estrictamente contractual y Marta estuvo de acuerdo.
No queríamos culpables. Queríamos que Renacer funcionara como una empresa seria.
Antes de levantarse, JUMANSA volvió a mirarme.
—La próxima vez que alquile uno de vuestros barcos, prometo hacer una fiesta aburridísima.
—No hace falta —le dije—. Haz la fiesta que te dé la gana. Pero cuando te vayas, cuenta a la gente.
Se echó a reír.
—Eso también.
Cuando salieron del despacho esperé a que se cerrara la puerta y miré a Marta.
—¿Tenemos ya protocolo para contar borrachos?
—Lo tendremos.
Lola se levantó.
—Pues poned también uno para famosos, porque estos dan muchísimo trabajo.
Y pensé que tenía razón. En Renacer habíamos encontrado un ladrón, una mujer se había puesto de parto en un barco y ahora dos invitados habían terminado en el hospital después de una fiesta.
Llevábamos poco tiempo gestionando aquello.
A este paso, antes del verano necesitábamos un manual de emergencias del tamaño de la Biblia.
Seguíamos las tres reunidas cuando sonó mi teléfono.
Mamá.
—Dime, mamá. Estás en manos libres. Estamos Lola, Marta y yo.
—Y yo —se oyó desde algún lugar fuera de mi campo de visión.
Giré la cabeza. Olga estaba sentada en una esquina, delante de su portátil, con los auriculares alrededor del cuello. Ni siquiera me había dado cuenta de que había entrado.
—Y Olga —añadí—, que siempre está como una ratita donde nadie la ve. Mamá, ¿qué pasa?
—¿Estáis las cuatro?
Aquello hizo que Marta levantara inmediatamente la vista.
—Sí —contesté—. Bueno, Claudia no. Las cuatro no estamos.
—Claudia está conmigo.
Miré a Marta. Entonces sí estábamos todas.
—Vale. Pues dispara.
Mi madre tardó un poco más de lo normal en responder.
—Acabo de recibir una llamada de Austria.
Olga cerró el portátil.
—¿Del hotel?
—No exactamente.
Marta ya estaba incorporándose en la silla.
—Mamá, ¿de quién?
—Del despacho que está coordinando la reunión de la semana que viene. Han terminado de revisar parte de la documentación que pidió Claudia y quieren adelantar la reunión de accionistas.
—¿A cuándo? —preguntó Marta.
—A pasado mañana.
—¿Pasado mañana? —dije—. ¿Y qué coño han encontrado?
—Eso es lo que todavía no sé. O no me lo han querido explicar por teléfono. Han dicho que hay documentación que tenemos que ver antes de tomar ninguna decisión y que consideran conveniente que estemos allí cuanto antes.
Olga se levantó y se acercó a la mesa.
—¿Han dicho algo de los sistemas? ¿Accesos, autorizaciones, usuarios?
—No. Solo han insistido en que vayamos.
Marta extendió la mano hacia mi teléfono.
—Mamá, ¿quién te ha llamado exactamente?
Mi madre le dio el nombre del despacho y Marta lo apuntó.
—Voy a llamar yo ahora. No reservéis nada hasta que sepamos quién tiene que estar allí.
—Ya está reservado —dijo mi madre.
Hubo un silencio.
—¿Cómo que ya está reservado? —pregunté.
—Vuelos y hotel.
—Mamá...
—¿Qué?
—¿Desde cuándo haces tú las cosas antes de consultarlas?
—Desde que tuve cuatro hijas y descubrí que, si esperaba a que todas estuvierais de acuerdo, no salíamos ni a comprar el pan.
Lola soltó una carcajada.
—Marisa, te quiero.
—Yo también a ti, hija.