L&L Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Hemos comprado una casa.

Durante dos segundos no habló nadie. Después aquello explotó.

—¿¡Cómo que habéis comprado una casa!?

—Bueno, técnicamente todavía no hemos firmado...

—¡Una casa! —gritó una de mis hermanas.

—¿Dónde?

—¿Cómo es?

—¿Cuánto os ha costado?

—¿Tiene piscina?

—¿Cuántas habitaciones?

—¿La habéis visto hoy?

Mi abuela consiguió hacerse oír por encima de todos.

—¿Y tiene sitio para comer?

La miré.

De todas las preguntas posibles, aquella era la suya.

—Tiene una cocina enorme, abuela.

—Entonces está bien.

Roberto empezó a reírse.

—Ya está aprobada.

—Es que una casa sin sitio para sentarse todos no sirve para nada —sentenció ella.

Y quizá por eso, entre todas las características de aquella casa, la cocina había sido una de las cosas que más me habían gustado.

Porque ya no estábamos buscando solamente dónde dormir Roberto y yo.

Estábamos buscando dónde vivir. Y, en nuestra familia, vivir significaba inevitablemente tener sitio para que entraran todos los demás.

Me desperté como una niña con zapatos nuevos.

Preparé café, me duché y me vestí canturreando por la casa.

Teníamos casa. Bueno, todavía faltaban papeles, firmas y todo lo que mi profesión me obligaba a recordar, pero en mi cabeza ya era nuestra.

Llegué a la oficina y Lola entró prácticamente detrás de mí.

—¿Dónde está la casa?

—A diez minutos andando de aquí.

Se paró.

—¿A diez minutos andando y yo no sabía nada de ella?

—Lola, esa casa no entra en nuestro rango de ventas. Nosotros empezamos a trabajar con propiedades de cinco millones. Esta estaba en otro circuito.

—Ah.

—Un millón setecientos.

—¿Y está bien?

—Está de puta madre.

—Entonces quiero verla.

—Ya lo suponía.

Olga llegó poco después y parecía tener mucho más interés por intervenir en la casa que por verla.

—Del sistema de seguridad me ocupo yo. Ya sabes cómo lo hacemos: cerraduras inteligentes, accesos individualizados, cámaras con detección de movimiento, alarma, control desde el móvil...

—Olga, todavía no hemos firmado.

—Precisamente. Así tengo tiempo de prepararlo.

No discutí. Desde Austria, mi hermana había desarrollado una cierta obsesión con saber quién entraba, quién salía y a qué hora, y después de todo lo que habíamos descubierto allí tampoco podía culparla. Marta apareció después con otra buena noticia.

—Ya está hecho el ingreso.

—¿Todo?

—Todo lo acordado. Principal e intereses. Está comprobado y el asunto queda cerrado conforme a lo pactado.

Una cosa menos. Me estaba acomodando en mi despacho cuando llamó Leonor.

—Estoy en el barco que acaba de volver.

—¿Cuál?

—El de la fiesta del cantante. Ha debido de ser espectacular. Vente, quiero enseñarte una cosa antes de decidir a quién mando.

—¿Tan mal está?

—Ven.

Eso no sonaba bien. Me fui al puerto y encontré a Leonor sentada en una de las terrazas exteriores del yate esperándome. Tenía una expresión extraña.

—Tenemos que hablar.

—¿Tan mal está? ¿Qué han roto?

—Antes de hablar, mira el camarote principal.

Entramos juntas. El barco tenía el aspecto esperable después de una fiesta grande: copas, botellas, restos de comida y ese desorden que ya resolverían las cuadrillas.

Pero cuando llegamos al camarote principal entendí por qué Leonor no había querido explicármelo por teléfono.

Había dos personas desnudas dormidas sobre la cama.

O eso parecían. Un hombre y una mujer, completamente desmadejados entre las sábanas.

Había botellas alrededor, algunas incluso encima de la cama, y sobre una superficie cercana quedaban restos de un polvo blanco que desde luego no parecía azúcar.

—Madre mía —murmuré.

—Eso he dicho yo.

Nos acercamos.

—¡Eh! —llamó Leonor—. Venga, arriba. Somos de la limpieza.

Nada.

—¡Chicos! —insistí yo—. La fiesta ha terminado.

Ni se movieron. La situación dejó de hacerme gracia. Me acerqué al primero y comprobé como pude que tenía pulso. Después hice lo mismo con la mujer. Parecía que ambos respiraban, pero por mucho que los llamábamos y movíamos con cuidado no conseguíamos despertarlos. Miré a Leonor.

—Esto no me gusta.

—A mí tampoco. Llama al 112.

Saqué el teléfono inmediatamente. Mientras explicaba que había dos personas inconscientes en un barco, posiblemente después de haber consumido alguna sustancia, Leonor volvió a acercarse a ellos.

—Déjalos —le dije en cuanto terminé—. Vente arriba conmigo. No sabemos qué han tomado ni cómo van a reaccionar si se despiertan de golpe.

No necesitó que se lo repitiera. Subimos a cubierta y esperamos allí.

De repente ya me importaba una mierda quién iba a limpiar el barco, cuántas botellas habían roto o qué clase de fiesta había organizado aquel cantante.

Solo quería que aquellos dos siguieran respirando hasta que llegara la ambulancia. Leonor se sentó a mi lado.

—¿Te das cuenta de que contigo no puedo tener una semana normal?

La miré.

—Perdona, este barco es tuyo también.

—Cierto.

Nos quedamos en silencio. Apenas hacía una hora yo estaba pensando en cerraduras inteligentes, piscinas y dónde colocaríamos nuestros muebles en la casa nueva.

Ahora estaba sentada en la cubierta de un yate esperando a los sanitarios porque dos desconocidos no despertaban.

Mi vida seguía teniendo un concepto bastante peculiar de la tranquilidad.

No tardaron demasiado, aunque a mí me parecieron veinte minutos.

Primero vimos aparecer a dos sanitarios por el pantalán con el material y, detrás, otros dos.

Uno de ellos nos preguntó directamente dónde estaban.

—En el camarote principal. Son dos, un hombre y una mujer. Respiran, al menos cuando los hemos comprobado, pero no hemos conseguido despertarlos. Hay botellas y hemos visto restos de un polvo blanco.

La expresión del sanitario cambió.

—¿Los habéis movido?

—Solo lo suficiente para intentar despertarlos y comprobar que respiraban.

—Bien. Quedaos aquí.

Entraron deprisa y Leonor y yo nos quedamos en cubierta. Al principio escuchábamos voces, después movimientos rápidos y el ruido de material abriéndose. Uno de los sanitarios volvió a subir casi inmediatamente.

—¿Sabéis qué han tomado?

—No tenemos ni idea. El barco venía de un alquiler. Nosotras hemos venido a revisar cómo lo habían dejado.

—¿Cuánto tiempo llevan así?

—Tampoco lo sabemos.

Volvió abajo y aquello empezó a ponerme realmente nerviosa.

Hasta entonces había pensado en dos imbéciles que se habían pasado de fiesta y se habían quedado dormidos, pero la rapidez con la que se movían los sanitarios empezó a decirme que aquello podía ser bastante más serio. Leonor se acercó a mí.

—Lourdes...

—Espera.

No sabía qué otra cosa decirle. Desde abajo llegó una orden que no entendimos y después otra mucho más alta. Uno de los sanitarios apareció de nuevo en cubierta y pidió espacio libre para sacar una camilla.

—¿Están bien? —pregunté.

—Ahora mismo estamos trabajando con ellos.

Aquello no era una respuesta y precisamente por eso me asustó. A los pocos minutos sacaron primero a la mujer. Llevaba una mascarilla de oxígeno y continuaba sin reaccionar. Detrás venía otro sanitario sosteniendo una bolsa de suero. Leonor me agarró del brazo.

—Joder.

No respondí.

La camilla desapareció por el pantalán y los demás siguieron dentro con el hombre. Pasaron varios minutos más y nadie salía. Aquello ya no parecía una simple borrachera monumental. Entonces escuchamos una voz desde el interior.

—¡Vamos!

Leonor me apretó todavía más el brazo.

—¿Qué está pasando?

—No lo sé.

Uno de los sanitarios subió rápidamente a buscar más material y, al pasar junto a nosotras, le pregunté:

—¿Está vivo?

Se detuvo apenas un segundo.

—Sí. Pero está muy deprimido y no responde como debería. Dejadnos trabajar, por favor.

Asentí y no volví a preguntar. Al poco rato consiguieron sacar también al hombre.

Estaba completamente inconsciente, con oxígeno y varios dispositivos colocados mientras uno de los sanitarios seguía controlándolo durante el traslado.

Vi desaparecer la segunda camilla y sentí que soltaba el aire que llevaba quién sabía cuánto tiempo conteniendo.

Otro sanitario se quedó unos minutos dentro del barco recogiendo parte del material. Cuando salió, se acercó a nosotras.

—Los dos van al hospital. No podemos deciros mucho más porque no sois familiares, pero habéis hecho bien llamando. Especialmente al no dejarlos simplemente durmiendo.

Leonor palideció.

—¿Podían haberse muerto?

El hombre no dramatizó.

—Una persona inconsciente que no responde después de consumir alcohol o cualquier otra sustancia necesita valoración urgente. Habéis actuado correctamente.

Cuando se marcharon nos quedamos mirando el pantalán. Ya no había ninguna gracia en aquella fiesta.

—Yo pensaba que estaban dormidos —dijo Leonor.

—Yo también.

Volvimos a entrar, pero esta vez no tocamos absolutamente nada. Había botellas, vasos, ropa tirada y aquellos restos blancos que ahora me daban bastante más respeto que diez minutos antes.

—Aquí no entra una limpiadora todavía —dije.

—Ni de coña.

—Primero documentamos todo. Y que nos digan qué podemos tocar y qué no. Si hace falta avisar a la policía o al responsable del alquiler, se avisa.

Leonor asintió.

Miré aquel camarote otra vez. La fiesta del cantante había sido espectacular, sí. Tan espectacular que dos personas acababan de salir de nuestro barco en camilla. Y en ese momento tuve clarísimo que Renacer necesitaba algo más que buenos yates, sábanas impecables y una contabilidad sin ladrones.

Necesitábamos protocolos.

Porque una mujer había dado a luz en uno de nuestros barcos y ahora dos personas casi se nos quedaban allí después de una fiesta. Dos avisos eran suficientes.