L&L Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Era enorme. Tenía una isla central de las que servían de verdad para cocinar y no únicamente para poner tres fruteros decorativos, muchísimo espacio de almacenaje y una gran cristalera que la separaba del salón.

La agente nos explicó que los paneles eran completamente escamoteables: al abrirlos se recogían y desaparecían prácticamente de la vista, de modo que cocina y salón podían convertirse en un único espacio abierto. Miré a Roberto.

—Tu loft.

Él sonrió.

—Y tu cocina.

La familia propietaria había instalado todo aquello recientemente, pero finalmente no había llegado a vivir en la casa.

Los muebles y electrodomésticos estaban prácticamente nuevos.

Desde la cocina se accedía al lavadero, a una despensa enorme y a otra habitación con aspecto de pequeño salón que, según nos explicaron, estaba pensada como zona de descanso para el personal de servicio. Yo entré y miré alrededor.

—Pues a mí me parece un saloncito estupendo.

Roberto sonrió.

Mi mente de pobre todavía no se había marchado del todo y esperaba que no lo hiciera nunca. Una habitación con sofá, ventana y espacio suficiente para sentarse tranquilamente seguía siendo para mí un salón, por mucho que alguien hubiera decidido llamarla «zona de servicio».

La distribución separaba muy bien la parte de día de la zona de dormitorios mediante una gran puerta corredera acristalada que apenas ocupaba espacio cuando estaba abierta.

Había cinco dormitorios y cuatro baños. Dos de las habitaciones compartían uno mediante una distribución comunicada que me pareció especialmente bonita si algún día eran habitaciones de niños.

Podían tener cada uno su espacio y, al mismo tiempo, estar conectados.

Los grandes ventanales se abrían hacia el jardín y la piscina. A aquella hora de la tarde la luz entraba de una forma preciosa. No era solo una casa luminosa; transmitía tranquilidad. Mirabas hacia fuera y apetecía quedarse. Entonces llegamos al dormitorio principal.

Era enorme.

Pero enorme de verdad. Tenía dos vestidores independientes y un baño pensado claramente para dos personas: dos lavabos, dos duchas y hasta dos inodoros separados, además de una bañera exenta frente a una de las zonas acristaladas. Miré alrededor calculando mentalmente.

—Aquí cabe una cuna.

Roberto se rio.

—Aquí caben cinco.

—Y atravesadas.

Unas puertas francesas comunicaban directamente con el jardín y con un pequeño espacio exterior protegido, perfecto para desayunar.

Salías por allí, rodeabas apenas una esquina de la casa y volvías a estar junto a la cocina.

No había metros desperdiciados ni recorridos absurdos.

Todo parecía conectado de una forma cómoda.

Volvimos al salón y Roberto se quedó mirando la chimenea.

Ya está.

Lo conocía.

—Te ha gustado.

—Mucho.

—La chimenea.

—La casa entera. Pero la chimenea ayuda.

Todavía faltaba algo. En una esquina de la parcela había una pequeña casa independiente para invitados.

Tenía dos dormitorios, dos baños, cocina y salón, todo distribuido en una sola planta, sin un solo escalón, con puertas más anchas de lo habitual y espacios amplios que permitían moverse cómodamente incluso con dificultades de movilidad.

No dije nada al principio. Pensé en mis abuelos.

Pensé en nuestros padres dentro de muchos años.

Pensé en visitas que podían quedarse varios días sin perder su intimidad y sin invadir la nuestra.

Miré a Roberto y supe que él estaba pensando algo parecido.

Cuando salimos de la casita lo cogí de la mano y prácticamente tiré de él hasta la piscina.

Nos sentamos juntos en el borde, mirando la casa desde allí.

El agua estaba completamente quieta y, detrás, la fachada se abría al jardín con aquellos ventanales enormes.

—Esta es la casa —dije.

Roberto giró la cabeza hacia mí.

—Eso mismo iba a decirte.

—¿En serio?

—Lo sabía casi desde que hemos entrado.

Me reí.

—Yo desde la cocina.

—Yo desde el garaje.

—Mentiroso. Desde la chimenea.

—Bueno, desde la chimenea estaba seguro.

Nos quedamos un momento mirando alrededor.

Teníamos privacidad, jardín, piscina, cinco dormitorios, espacio para nuestras familias, una casa independiente, una cocina donde cabíamos todos, los espacios abiertos que quería Roberto y prácticamente una sola planta, como quería yo.

Incluso podíamos ir andando a las oficinas si nos apetecía.

Después de dos casas que parecían obligarnos a justificar por qué debían gustarnos, aquella hacía justo lo contrario.

No teníamos que convencernos de nada. Solo faltaba una cosa. Me volví hacia la agente.

—Bueno. Ahora dime cuánto quieren por ella.

—Un millón setecientos mil.

Miré a Roberto y él me miró a mí. Esperaba bastante más.

No porque un millón setecientos mil euros fuera poco dinero, ni mucho menos.

Precisamente aquella mañana había tenido que recordarme a mí misma que había empezado a perder la medida de las cifras.

Pero conocía el mercado y sabía lo que acabábamos de recorrer.

La parcela, la ubicación, los jardines consolidados, la piscina, los metros de vivienda, el garaje, el ascensor, la casa de invitados y, sobre todo, una reforma prácticamente nueva que nosotros no tendríamos que hacer.

—¿Por qué ese precio? —pregunté.

La agente inmobiliaria no intentó venderme ninguna historia.

—Porque quieren vender rápido. Se trasladaron por trabajo y la casa se quedó aquí terminada. No quieren mantener una propiedad que no van a utilizar.

Eso era la versión oficial. La extraoficial circulaba por Marbella, como circulaban todas las cosas que nadie sabía pero todo el mundo conocía: el matrimonio se había separado.

No tenía ninguna intención de preguntar.

Si se habían separado, reconciliado o querían irse a vivir a una cueva en Nepal era asunto suyo.

A mí solo me interesaba comprobar que la vivienda estuviera libre de cargas, que toda la documentación estuviera en orden y que quien firmara tuviera capacidad para venderla.

—¿El precio es negociable? —preguntó Roberto.

La mujer hizo un pequeño gesto.

—Supongo que cualquier propietario escucha una oferta, pero os digo sinceramente que ya han ajustado bastante el precio porque quieren cerrar cuanto antes.

Volví a mirar la casa.

—Yo no regatearía.

Roberto sonrió.

—Yo tampoco.

La agente nos miró sorprendida.

—¿Entonces?

—Que sí —dije.

—¿Sí qué?

—Que nos la quedamos.

Se quedó unos segundos mirándonos.

—¿Así?

—Así.

Roberto me apretó la mano.

—Un millón setecientos.

—Un millón setecientos —confirmé.

La mujer sonrió.

—Pues creo que acabo de hacer la visita más fácil de mi carrera.

—No te acostumbres —le advertí—. Soy del gremio.

Se echó a reír y sacó el teléfono para avisar a los propietarios.

Mientras hablaba con ellos, Roberto y yo seguimos mirando el jardín desde el borde de la piscina.

Me parecía increíble que hubiéramos pasado media tarde aburridos de ver casas que costaban una fortuna y no nos decían nada y que, al entrar en aquella, los dos hubiéramos sabido prácticamente al mismo tiempo que era la nuestra. La agente regresó unos minutos después.

—Aceptado. Y me han dicho que se queda todo lo que habéis visto.

—¿Todo?

—Los muebles y el equipamiento de la casa, sí. También las dos bicicletas y el quad pequeño del garaje, si los queréis.

Miré a Roberto.

—Ya tenemos tres vehículos y todavía no he comprado el Lamborghini.

—Esto empieza a preocuparme.

—El quad no cuenta como coche.

La mujer continuó explicándonos que también dejaban la manta de la piscina y todos los accesorios y productos de mantenimiento que había en el cuarto exterior.

Además, el servicio de televisión por cable e internet estaba pagado por adelantado durante casi un año y no tenían intención de solicitar devolución alguna.

—Pues estupendo —dije—. Hasta internet nos han dejado.

—Entráis y os instaláis.

Eso era prácticamente cierto. La casa estaba amueblada, la cocina completamente equipada y todo parecía listo para vivir.

Nosotros podíamos cambiar cosas con el tiempo, naturalmente, pero no había ninguna necesidad de meternos en obras ni de pasar tres meses eligiendo sofás. Después llegó la parte menos romántica.

Documentación.

La agente nos explicó cómo se tramitaría la reserva, qué documentación nos facilitarían de la propiedad y los plazos que manejaban los vendedores para formalizar la operación.

Yo quería revisar nota simple, titularidad, cargas, Catastro, licencias y toda la documentación de las reformas antes de entregar nada que nos comprometiera definitivamente.

Que me hubiera enamorado de la casa no significaba que hubiera olvidado a qué me dedicaba.

—Si todo está correcto, por nuestra parte podemos ir rápido —dije.

—Por la nuestra también —contestó Roberto.

La agente tomó nota y quedamos en que a primera hora del día siguiente empezaríamos a intercambiar documentación.

Los propietarios querían cerrar cuanto antes y nosotros no teníamos ningún interés en alargarlo si jurídicamente todo estaba limpio.

Cuando volvimos al coche todavía me parecía demasiado fácil.

—Tenemos casa —dijo Roberto.

—Todavía no. Tenemos un sí y un montón de papeles por revisar.

—Tenemos casa.

Lo miré.

Estaba sonriendo como un niño.

—Tenemos casa —admití.

Me besó.

Aquella noche fuimos a casa de mis abuelos.

Mis padres estaban allí y, como ocurría últimamente, lo de ir un momento acabó convirtiéndose en una reunión familiar.

Mis hermanas aparecieron también, Lola llegó después y Leonor estaba allí porque prácticamente vivía entre aquella obra y sus cuadrillas desde hacía semanas.

Cuando entramos estaban todos hablando a la vez.

Nada nuevo.

Mi abuela fue la primera en vernos.

—¿Y esas caras?

—¿Qué caras? —pregunté.

—Esas. Algo habéis hecho.

Miré a Roberto. Roberto me miró. Mi madre dejó de hablar.

—¿Qué habéis hecho?

—Nada.

—Lourdes.

No aguanté más.