L&L Capítulo 11
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Capítulo 11

El lunes estaba en la oficina con el programa de documentación abierto, intentando volver a los papeles de Santaclara, cuando apareció Marta con una carpeta debajo del brazo.

—A la una y media tenemos el acto de conciliación por lo de Renacer.

Levanté la vista.

—¿Eso es lo del juzgado con el tío que nos estuvo robando en los barcos?

—Presuntamente —me corrigió.

—Marta, a estas alturas...

—Presuntamente hasta que haya una sentencia, Lourdes. Acostúmbrate.

Desde que tenía una abogada trabajando a mi lado no podía llamar ladrón a un ladrón con tranquilidad.

El hombre que durante años había ido cargando a Renacer pequeñas facturas infladas, trabajos dudosos y reparaciones que nadie conseguía demostrar que se hubieran realizado estaría allí con su abogado.

El objetivo era comprobar si existía alguna posibilidad de acuerdo antes de seguir adelante.

Si se alcanzaba uno que nos pareciera aceptable, el asunto podía terminar allí; si no, Marta continuaría con la reclamación por la vía judicial.

—Gonzalo viene con nosotras —añadió.

—Eso sí me gusta.

No solo conocía barcos y reparaciones a través del grupo de astilleros de su familia, sino que además había sido jefe de aquel hombre antes de que terminara relacionado con Renacer.

Su gente había reconocido firmas y formas de facturar que ya les habían dado problemas años atrás.

Si durante la reunión alguien pretendía convencernos de que determinados trabajos eran perfectamente normales, Gonzalo podía resultar bastante incómodo.

—¿A qué hora salimos?

—A la una menos cuarto. Y, por favor, deja que hable yo.

—Siempre me dices lo mismo.

—Porque nunca me haces caso.

—Hoy prometo comportarme.

Marta me miró por encima de la carpeta.

—Eso me preocupa todavía más.

Cuando se marchó, intenté volver a Santaclara, aunque aquel lunes la oficina parecía tener abiertas veinte historias al mismo tiempo.

Con el tema de nuestra futura casa ya había movido algunos hilos a primera hora.

Había llamado a varios contactos y esa misma tarde Roberto y yo teníamos las primeras visitas.

No esperaba encontrar nuestra casa el primer día, pero por algún sitio había que empezar.

Leonor, por su parte, había decidido seguir dándole vidilla a su cuerpo serrano con el pintor. Con absoluta discreción.

Tan absoluta que, según ella, solo lo sabíamos Antón, ella y yo.

No le preguntaba demasiado porque había decidido que aquella era su vida y su carga, aunque de vez en cuando recibía algún mensaje suyo que me permitía deducir que el encargado de pintura de la casa de mis abuelos estaba realizando bastantes más horas extraordinarias de las que aparecerían en ninguna factura.

Al otro lado de la oficina, Olga discutía en alemán por teléfono con alguien de Austria.

No entendía una palabra, pero por el tono parecía que la conversación no era precisamente para felicitarle la mañana a nadie.

Desde Navidad se había metido de lleno en accesos, alarmas, contratos y sistemas del chalet, y aquello había terminado convirtiéndola en nuestro enlace técnico para casi cualquier problema que apareciera allí.

Claudia estaba todavía peor. Tenía el escritorio cubierto de informes del hotel austríaco y seguíamos sin conseguir que las cuentas cuadraran como deberían.

Ya habíamos confirmado que había demasiado personal para la ocupación y el volumen real del negocio, además de puestos duplicados, turnos mal organizados y una estructura de costes que se comía una parte absurda del margen.

Sobre el papel, la solución más rápida era sencilla: reducir plantilla.

El problema era que ninguno queríamos hacerlo así.

Detrás de cada número había una persona, muchas con años trabajando allí, y antes de mandar gente a su casa queríamos saber si había otra forma de reorganizar departamentos, eliminar duplicidades, ajustar turnos o recolocar trabajadores.

Una empresa tenía que ser rentable, por supuesto, pero aquello no significaba que la primera solución tuviera que ser siempre despedir.

La semana siguiente habría junta de accionistas en Austria.

El hotel tenía una planta superior destinada a salones de reuniones y allí se sentarían a revisar las cuentas, la estructura de personal y, sobre todo, qué coño estaba pasando con un establecimiento que aparentemente funcionaba bien y, sin embargo, no daba los resultados que debía.

Irían mi madre, Claudia y Marta. Claudia llevaba las cuentas y podía defender cada cifra; mi madre tenía que estar porque era nuestra representante principal dentro de la estructura patrimonial, y Marta se ocuparía de revisar cualquier decisión con consecuencias societarias o contractuales.

Además, viajaría con aquel amigo abogado suyo que trabajaba en Alemania y que llevaba meses ayudándola a orientarse con documentación y contactos de la zona. Miré alrededor de la oficina.

Olga seguía hablando alemán cada vez más deprisa.

Claudia tenía dos calculadoras abiertas, tres carpetas y cara de querer asesinar una hoja de Excel.

Marta acababa de recordarme que a la una y media tenía que sentarme frente al hombre que presuntamente había estado sacándole dinero a nuestros barcos.

Leonor llevaba una doble vida con un pintor y Roberto y yo íbamos a pasar la tarde buscando una casa donde vivir después de casarnos.

Y yo solo quería encontrar un rato para seguir investigando por qué Amalia había querido vender Santaclara. Cerré los ojos un segundo. Aquello no era una empresa. Era una puta estación central.

La primera casa estaba bastante lejos. No tardamos ni diez minutos en darnos cuenta de que aquello no era para nosotros.

La vivienda era estupenda, la urbanización magnífica y alrededor había unos campos de golf preciosos, pero también una cantidad considerable de jubilados paseando con sus carritos.

No tenía nada en contra de ellos, Dios me librara, pero si algún día teníamos hijos quería colegios cerca, niños por la zona y una vida que no nos obligara a coger el coche absolutamente para todo.

Además, solo pensar en el tiempo que perderíamos Roberto y yo cada día para llegar a nuestras oficinas terminó de descartarla.

La segunda fue tres cuartos de lo mismo.

Lejos de nuestros trabajos, sin colegios cerca y con una casa que, sinceramente, no me decía absolutamente nada.

Era bonita porque por aquel precio más le valía serlo, pero podía haber visto otras veinte iguales aquella misma semana.

Entrabas, recorrías las habitaciones, admirabas los materiales y, cinco minutos después de salir, no recordabas nada especial de ella.

La tarde empezaba a hacerse tediosa. Menos mal que al menos el acto de conciliación de aquella mañana había terminado mucho mejor de lo que esperábamos.

El hombre había aceptado devolver hasta el último euro, incluidos los intereses correspondientes.

Cuando finalmente se puso sobre la mesa el cálculo de lo que había ido sacando durante aproximadamente cinco años, la cifra ascendía a 1.

236.000 euros. Y lo más preocupante fue mi primera reacción.

Pensé que tampoco era tanto. Me asusté de mí misma.

Un millón doscientos treinta y seis mil euros era una barbaridad.

Era dinero capaz de cambiarle la vida a una familia entera y yo estaba empezando a mirarlo como una cifra más entre hoteles, chalés de ocho millones, yates, inversiones y patrimonios que parecían no terminar nunca.

Tenía que bajar los pies al suelo. Una cosa era administrar cantidades enormes y otra perder la referencia de lo que significaba realmente el dinero.

Pensaba precisamente en eso mientras íbamos hacia la tercera casa.

Esta vez la ubicación cambió completamente mis expectativas. Estábamos a unos diez minutos de mi oficina y a cinco de la de Roberto. Había colegios cerca y, como llegamos alrededor de las cinco de la tarde, incluso vimos pasar varios autobuses escolares por la misma calle.

—Punto a favor —dije.

—Un punto muy grande —respondió Roberto.

La parcela parecía enorme desde fuera y estaba protegida por un cerramiento cubierto de flores de distintos colores.

Eran adelfas, o al menos eso me parecieron, aunque si algún día aquello era nuestro ya me encargaría de averiguar qué variedad habían plantado y qué riesgos podía tener si había niños o animales.

Con esas cosas no pensaba jugar a la botánica de oído.

Atravesamos la entrada y seguimos por un camino asfaltado hasta la casa, situada al fondo de la parcela.

Aquello ya empezó a gustarme. La vivienda tenía espacio alrededor, pero no estaba plantada en mitad de una explanada vacía.

Había árboles, jardines consolidados y rincones que parecían llevar allí toda la vida.

A la izquierda se intuía la zona de la piscina, con un cenador y vegetación suficiente para verla sin que quedara completamente expuesta desde la entrada.

Empezamos por el sótano y ahí Roberto me miró riéndose.

—Tu Lamborghini cabe.

—Y el Volvo.

El garaje tenía espacio de sobra para ocho coches grandes y probablemente alguno más sin tener que jugar al Tetris cada vez que quisieras sacar uno. Era ancho, cómodo y tenía acceso directo a la vivienda mediante escalera y ascensor. El ascensor me gustó.

Mucho.

La casa era prácticamente de una sola planta, que era justo lo que yo quería, pero disponer de ascensor desde el garaje significaba no tener que subir bolsas, maletas o cualquier otra cosa por las escaleras.

Y pensando a largo plazo, todavía me gustaba más.

Subimos directamente a una especie de recibidor situado en la zona de servicio, junto a la cocina. Cuando entré en ella me quedé mirando.

—Roberto...

—Sí.