L&L Capítulo 10 #8
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Capítulo 10 #8

—Por cierto —dijo Pedro—, ¿tú has visto el sitio?

Roberto negó con la cabeza.

—Tampoco me dejan.

Lo señalé.

—¿Ves? Secuestro colectivo.

—Se llama sorpresa —dijo su madre.

—Se llama perder el control de tu propia boda.

—Y te está viniendo fenomenal —añadió Roberto.

Lo miré.

—No te pongas de su parte.

—Yo quiero llegar vivo al trece de junio.

Pedro levantó otra vez la copa.

—Un hombre inteligente.

Nos reímos y la conversación siguió, pero la pregunta inicial se me quedó en la cabeza. ¿Dónde íbamos a vivir?

Parecía una tontería comparada con todo lo que habíamos hecho durante los últimos meses, pero no lo era.

Casarnos no significaba simplemente organizar una fiesta, ponernos unos anillos y volver el lunes a trabajar.

Íbamos a construir una vida juntos y, por increíble que pareciera, habíamos hablado de familias, negocios, dinero, viajes, hijos de otros, casas repartidas por media Europa y hasta de qué coche quería comprarme yo algún día, pero no habíamos decidido dónde estaría nuestra propia casa. Miré a Roberto.

Él estaba hablando con Pedro y debió de notar que lo observaba porque giró la cabeza.

—¿Qué?

—Tenemos que buscar casa.

Levantó las cejas.

—¿Buscar?

—Sí.

—¿No quieres mi loft?

—¿Tú quieres mi casa?

Pensó un momento.

—Me gusta.

—A mí también me gusta tu casa.

—Entonces tenemos dos.

—Ese es precisamente el problema.

Pedro, que nos estaba escuchando, negó con la cabeza.

—Qué dura es la vida de los ricos.

Le lancé una servilleta. Pero la idea ya se me había instalado en la cabeza. Quizá no quería mudarme a casa de Roberto. Ni que Roberto se mudara a la mía. Quizá quería que buscáramos una que no fuera de ninguno de los dos. Una casa que eligiéramos juntos.

Nuestra casa.

Y siendo yo agente inmobiliaria de lujo en Marbella, aquello debería haber sido facilísimo.

Debería.

Salimos de aquella comida que había terminado siendo casi una cena con una decisión tomada: buscaríamos algo que nos gustara a los dos.

Ninguno tendría que instalarse en la casa del otro; elegiríamos una nueva, nuestra desde el principio, y si íbamos a comprarla quería hacerlo pensando no solo en cómo vivíamos ahora, sino en cómo podríamos vivir dentro de diez o veinte años.

A Roberto le encantaban los espacios abiertos.

Por eso tenía un loft y era feliz allí, con techos altos, mucha luz y pocas paredes.

Yo quería amplitud también, pero tenía otras prioridades: una casa de una sola planta, con jardín y piscina, una cocina enorme donde pudiéramos reunir a toda la familia y habitaciones suficientes para no tener que mudarnos si algún día decidíamos tener hijos.

Con la cantidad de gente que se sentaba últimamente alrededor de nuestras mesas, una cocina pequeña quedaba descartada de entrada.

—¿Cuántas habitaciones? —me preguntó Roberto mientras volvíamos.

—Cuatro como mínimo. Mejor cinco.

—¿Cinco? ¿Vamos a montar una pensión?

—Nuestra habitación, un despacho, invitados y habitaciones libres.

—¿Libres para qué?

Lo miré.

—Para niños, si vienen.

Sonrió.

—¿Cuántos piensas tener?

—Ahora mismo ninguno. Pero si algún día tenemos dos no pienso descubrir que nos falta una habitación y tener que vender la casa. Ya que vamos a elegir, elegimos bien.

—O sea, que buscas la casa para casarnos, tener hijos y jubilarnos.

—Exactamente. Me parece mucho más barato que comprar tres.

Roberto se echó a reír, pero estuvo de acuerdo.

Tampoco queríamos una mansión absurda con quince dormitorios, salones que jamás utilizaríamos y kilómetros de pasillos.

Buscábamos una buena parcela, privacidad, mucha luz, espacios amplios y abiertos, jardín, piscina y una casa cómoda de verdad.

Yo añadí un garaje grande y Roberto supo inmediatamente por dónde iban los tiros.

—Sigues pensando en el Lamborghini amarillo.

—Por supuesto.

—Tienes un Volvo prácticamente nuevo.

—Y pienso conservarlo.

—¿Entonces quieres dos coches?

—De momento.

—¿De momento?

—Roberto, céntrate en la casa.

Me cogió de la mano riéndose.

—¿Algo más que deba saber antes de que empecemos?

—Sí. Árboles.

—¿Árboles?

—Árboles de verdad. No cuatro palmeras recién plantadas y tres maceteros gigantes que alguien llame jardín consolidado. Quiero verde, sombra y privacidad.

—Una planta, piscina, jardín, árboles, cocina enorme, cinco habitaciones, espacios abiertos y garaje para tus futuros caprichos.

—Exacto.

—Baratita nos va a salir.

—No he dicho que tenga que ser barata.

Me miró y volvió a reírse.

—Eso sí que me preocupaba.

El lunes me pondría manos a la obra. Si había alguien que debía ser capaz de encontrar una casa así en Marbella era yo.

Tenía acceso a propiedades que ni siquiera habían salido al mercado, conocía propietarios, agencias, promotores y media Costa del Sol inmobiliaria.

Sobre el papel parecía facilísimo. El problema era que esta vez yo no era la agente.

Era la clienta. Y sabía perfectamente lo insoportable que podía llegar a ser una clienta que conocía todos los trucos del oficio.