L&L Capítulo 10 #7
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Capítulo 10 #7

—Mi familia no quiero perderla.

—Entonces empieza por saber qué quieres conservar y qué estás dispuesta a arriesgar.

Leonor asintió despacio.

—Visto así...

—Visto así no hay ninguna solución mágica. Solo hay decisiones y consecuencias.

Se quedó un rato en silencio y después se levantó para ir al baño. Cuando volvió, se había lavado la cara y maquillado discretamente, como hacía siempre. Pero había algo que ningún corrector ni ninguna base podían disimular.

Estaba radiante.

Guapa de cojones. La miré y negué con la cabeza.

—¿Qué?

—Nada. Estoy pensando que unos buenos orgasmos rejuvenecen la piel.

Se echó a reír.

—Eres idiota.

—Eso habrá que patentarlo. Crema facial Antón. Efecto inmediato.

—¡Lourdes!

Nos reímos las dos y, por primera vez desde que había entrado llorando, pareció relajarse de verdad.

—Ven conmigo a ver la casa de tus abuelos —me dijo—. Así ves cómo está quedando.

Acepté.

La reforma había avanzado muchísimo. La planta baja empezaba a tener exactamente el sentido que habíamos buscado para mis abuelos: espacios cómodos, puertas amplias, el dormitorio preparado pensando también en el futuro, un baño mucho más accesible y una zona de estar cálida donde mi abuela podría instalarse en invierno sin recorrer media casa.

La cocina y el salón estaban todavía en pleno proceso, pero ya podía imaginar a toda la familia metida allí.

Y entonces apareció Antón. Comprendí inmediatamente lo de los ojos golosones.

No hizo nada impropio. Nos saludó, habló con Leonor de la pintura, de los plazos y de un par de detalles de la obra con absoluta normalidad. Pero yo acababa de escuchar durante casi una hora lo que había ocurrido entre aquellos dos y era imposible no mirar la escena con otros ojos.

Leonor también.

Mientras recorríamos la casa seguía hablándome en voz baja cuando Antón se alejaba, añadiendo detalles que había olvidado contarme, como si una hora de narración no hubiera sido suficiente.

—Leonor, por favor.

—¿Qué?

—Que ya tengo bastante información.

—Antes no te quejabas.

—Antes estaba sentada.

Me miró y sonrió.

—Te has puesto cachonda.

—Muchísimo. Gracias por preguntar.

Se tapó la boca para no reírse. Yo la miré un momento y después miré hacia donde estaba Antón.

—Es tu carga, Leonor. Haz únicamente lo que seas capaz de llevar sobre tus hombros. Yo no puedo decidirlo por ti.

Asintió.

La dejé allí. Necesitaba encontrar a Roberto.

Lo llamé.

No contestó.

Volví a llamarlo un rato después.

Nada.

Pasé por su oficina y tampoco estaba. A aquellas alturas, entre el relato de Leonor, la visita a la casa y mi propia imaginación, llevaba un calentón considerable. Así que me fui al loft. Llamé varias veces hasta que finalmente abrió Roberto.

—¿Qué haces aquí?

No le contesté. Entré, cerré la puerta y lo besé como quien lleva semanas atravesando un desierto y acaba de encontrar una fuente.

Roberto tardó muy poco en comprender que aquella no era una visita social.

Lo que ocurrió después fue rápido, intenso y bastante menos elegante que nuestra pedida de matrimonio.

Y cuando recuperamos el aliento, hubo una segunda vez mucho más pausada, sin prisas, pero no por ello menos eléctrica.

Cuando terminamos, Roberto me miró con una sonrisa.

—No sé qué ha pasado esta tarde, pero estás invitada a hacerme estas visitas tan sumamente agradables siempre que quieras.

Me reí.

—Lo tendré en cuenta.

—¿Me vas a explicar de dónde venías?

—No.

—¿Seguro?

—Completamente.

No era mi historia para contar. Nos duchamos, nos vestimos y tomamos un café juntos.

Mientras lo bebía, miré el anillo que llevaba en la mano y pensé que mi vida podía pasar de un misterio familiar a una crisis matrimonial ajena, de ahí a una obra y terminar en brazos de mi prometido sin concederme siquiera una tarde tranquila. Besé a Roberto antes de marcharme.

—¿Adónde vas ahora?

—A trabajar.

—¿Después de esto?

—Precisamente. Ya estoy relajadísima.

Se echó a reír. Regresé al despacho, encendí el ordenador y volví a abrir la base de datos de Santaclara.

Amalia seguía esperándome. Y, a diferencia de los vivos, sus secretos llevaban décadas allí.

Podían esperar un par de horas más, pero no pensaba dejarlos tranquilos para siempre. Era domingo de abril,

Domingo de Resurrección, y estábamos comiendo en casa de los padres de Roberto.

Además de Semana Santa, celebrábamos el cumpleaños de Pedro, su hermano treintañero, piloto comercial y viajante profesional por obligación.

Según él, había semanas en las que conocía mejor las habitaciones de hotel y las cabinas de los aviones que su propia casa.

Fue uno de esos domingos buenos, sin sobresaltos, sin llamadas urgentes y sin nadie descubriendo facturas falsas, goteras en Austria ni habitaciones secretas.

Comimos demasiado, como correspondía, cantamos el cumpleaños feliz, Pedro sopló las velas y después nos quedamos alrededor de la mesa con las copas mientras desaparecían lentamente los restos de la tarta.

Yo estaba perfectamente relajada cuando la madre de Roberto hizo una pregunta completamente normal.

—Y vosotros, cuando os caséis, ¿dónde vais a vivir?

Abrí la boca. No salió nada. Miré a Roberto. Roberto me miró a mí.

Esperé.

Él también.

Su padre empezó a sonreír.

—No me lo puedo creer.

—¿Qué? —pregunté.

—Que no lo habéis hablado.

Miré otra vez a Roberto.

—Sí lo hemos hablado.

—¿Cuándo? —preguntó él.

—Bueno... hablar, hablar...

Pedro soltó una carcajada.

—Se casan dentro de dos meses y no saben dónde van a vivir.

—Cállate, piloto.

—Yo sé dónde voy a dormir esta noche. Os llevo ventaja.

La madre de Roberto nos miraba como si acabara de descubrir que dos personas aparentemente adultas eran incapaces de organizar los aspectos más elementales de su existencia. Y tenía razón. No lo habíamos hablado.

Roberto tenía su loft. Yo tenía mi casa.

Pasábamos noches en uno y en otro dependiendo del trabajo, de dónde termináramos el día o, sencillamente, de dónde nos apeteciera estar.

Teníamos ropa repartida, cargadores de teléfono duplicados, cepillos de dientes en ambos baños y Roberto ya sabía perfectamente qué café comprar para mí.

En la práctica vivíamos juntos a ratos, pero nunca nos habíamos sentado a decidir dónde íbamos a vivir después de casarnos.

—Punto número uno —dije levantando un dedo—: tenemos que hablar de esto.

—Estoy de acuerdo —respondió Roberto.

—Punto número dos: no pienso decidirlo delante de tu familia.

—También estoy de acuerdo.

Pedro levantó la copa.

—Una pareja perfectamente compenetrada.

—Hasta para no tener ni puta idea —añadí.

La madre de Roberto se echó a reír.

—Mientras lo decidáis antes de la boda...

—Tenemos tiempo.

—Lourdes, os casáis el trece de junio.

—Quedan casi dos meses.

—Eso para una novia normal es pasado mañana.

—Ahí está el error. Yo no soy una novia normal.

Eso lo sabíamos todos. La fecha había quedado fijada para el trece de junio, San Antonio.

¿Por qué San Antonio? ¿Y por qué no? A aquellas alturas de mi vida había dejado de buscar explicaciones trascendentales para todas las decisiones.

Nos gustaba la fecha, cuadraba con lo que queríamos y punto.

No necesitábamos que se alinearan los planetas ni que una pitonisa nos confirmara que nuestro matrimonio tendría prosperidad durante cuarenta años.

Nos casaríamos en Málaga, en una finca preciosa que tenía prácticamente todo lo necesario para celebrar allí el día entero.

Había una pequeña capilla donde tendría lugar la ceremonia, jardines, espacios para el cóctel y la celebración y suficiente intimidad para reunir a nuestra gente sin convertir aquello en un espectáculo público.

Eso era lo que me habían contado. Porque yo no había visto absolutamente nada.

Mi boda estaba siendo organizada por una asociación que, si algún día decidía dedicarse profesionalmente a aquello, podía arruinar a todos los wedding planners de la Costa del Sol.

Mi madre, la madre de Roberto, mis hermanas, Lola y hasta Leonor se habían apoderado de la organización con una eficacia aterradora.

A mí me habían prohibido aparecer por la finca.

Literalmente.

—Quiero verla —había dicho la primera vez.

—No —respondió mi madre.

—Mamá, es mi boda.

—Precisamente.

—¿Y si no me gusta?

—Te gustará.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco.

La madre de Roberto apoyó la decisión. Mis hermanas votaron en bloque.

Lola me amenazó con no enseñarme el vestido si seguía dando por culo y Leonor, que era la única de la que esperaba un poco de solidaridad, me dijo que por una vez en mi vida permitiera que otras personas organizaran algo para mí.

Traidoras.

Todas.

Lo único que sabía era que la finca estaba en Málaga, que tenía una pequeña capilla, que la celebración sería allí mismo y que el trece de junio debía presentarme vestida y sin hacer demasiadas preguntas. Roberto sabía poco más que yo. Eso me consolaba.