L&L Capítulo 10 #6
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Capítulo 10 #6

Los muertos guardaban secretos. Los vivos vendían chalés. Y yo, por desgracia o por suerte, tenía que ocuparme de las dos cosas. Regresé a la oficina y no encontré a nadie. Miré el reloj: las dos y media.

—Joder. ¿Y ahora qué como yo?

Lola y mis hermanas debían de haber salido a comer mientras yo estaba viendo la casa de Patrick.

Pensé en bajar a algún sitio, pero no me apetecía perder otra hora, así que decidí pedir comida y quedarme trabajando.

Elegí un restaurante chino de la zona y pedí varias cosas, aunque en aquel momento lo que más me apetecía era una ensalada china, fresca y crujiente.

Mientras esperaba, entré en el Catastro y empecé a comprobar los datos del chalet para contrastarlos después con la documentación que me enviara Patrick.

Si quería darle una valoración seria al día siguiente, tenía que saber exactamente qué estaba valorando y no limitarme a los metros que un propietario recordara de memoria.

Llamaron a la puerta y me levanté encantada.

—Por fin.

Ya estaba pensando en la ensalada cuando abrí. No era el chino.

Era Leonor.

Y estaba llorando. Se me olvidó el hambre.

—Leonor, ¿qué pasa?

Entró sin contestarme. Cerré la puerta y fui detrás de ella.

Llevaba días ocupándose de la reforma de la casa de mis abuelos en Marbella, que ya estaba bastante avanzada.

Mis padres estaban en Cartagena con ellos precisamente para dejarle el campo libre y que Leonor pudiera trabajar sin tener a mi abuela preguntando cada media hora cuándo iban a terminar el baño.

—¿Ha pasado algo en la obra?

Negó con la cabeza, intentó hablar y no pudo. Respiraba tan deprisa que la cogí por los hombros.

—Siéntate. Respira primero y después me cuentas lo que sea.

Se dejó caer en una silla.

—Lourdes, soy gilipollas.

—Eso ya lo decidiré yo cuando me cuentes qué has hecho.

Me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—He ido a revisar la obra de la casa de tus abuelos. Estaba allí Antón, el encargado de los pintores. Ya sabes quién es.

Sabía quién era. Lo había visto alguna vez. Un hombre más o menos de nuestra edad, atractivo, fuerte y de esos que parecían llevar la ropa de trabajo mejor que muchos hombres un traje.

—Sigue.

—Siempre me mira.

—¿Cómo te mira?

—Con ojos golosones.

A pesar de la situación casi me dio la risa.

—¿Y?

—Y a mí me pone muchísimo.

Ahí entendí por dónde iba aquello. Leonor se tapó la cara con las manos.

—Una cosa ha llevado a la otra y, cuando he querido darme cuenta, estaba follando con Antón.

Me quedé mirándola.

—¿Tú querías?

Bajó las manos inmediatamente.

—Sí. Sí, Lourdes. No me ha forzado ni ha hecho nada que yo no quisiera. Todo lo contrario. Yo también fui hacia él y no quería que parara. Ninguno de los dos quería parar. Ha sido como si el deseo nos hubiera pasado por encima de la cabeza.

Asentí. Para mí eso era importante. Una cosa era que Leonor hubiera hecho algo de lo que ahora se arrepentía y otra completamente distinta que alguien hubiera cruzado un límite contra su voluntad.

—Entonces, ¿por qué estás llorando?

—Porque estoy casada.

Ahí estaba.

—Ya.

—Y porque me ha gustado.

Volvió a llorar. Me senté frente a ella.

—Leonor, que te haya gustado no significa que ahora tengas que resolver tu vida en los próximos diez minutos.

—No lo entiendes. Me ha gustado muchísimo.

—Creo que sí lo entiendo.

Negó con la cabeza.

—Ha sido una locura. En el salón están esas alfombras que han puesto para no rayar el mármol mientras trabajan y ha sido allí mismo. Ni habitación, ni cama, ni pensar nada. Nos hemos vuelto completamente locos. Hacía años que no sentía una cosa así.

Se quedó callada unos segundos antes de añadir:

—Con Markus hace muchísimo que no siento eso.

Aquello ya no tenía tanta gracia. Yo sabía que su matrimonio llevaba tiempo apagado.

Leonor lo había dicho muchas veces, normalmente entre bromas, pero una cosa era reírnos de que necesitara renovar el repertorio sexual y otra verla delante de mí llorando después de haberse acostado con otro hombre.

—¿Quieres a Markus?

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

—¿Quieres dejarlo?

—No.

—¿Quieres estar con Antón?

—No lo sé. Ni siquiera sé qué coño quiero ahora mismo. Solo sé que cuando me ha tocado he perdido la cabeza.

—Vale. Pues no decidas nada hoy.

Me miró.

—¿Eso es todo?

—No. También te voy a decir que has metido la pata.

Cerró los ojos.

—Gracias.

—¿Qué quieres que te diga? Estás casada y te has acostado con otro hombre. No voy a convencerte de que no ha pasado nada porque sí ha pasado. Pero tampoco voy a crucificarte. Primero tendrás que entender por qué ha pasado y qué quieres hacer a partir de ahora.

Leonor se secó las lágrimas.

—Lo peor es que no me arrepiento del momento.

—No. Lo que te duele son las consecuencias.

Se quedó pensando.

—Sí.

—Pues eso es bastante distinto.

Llamaron otra vez a la puerta. Las dos dimos un respingo.

—¿Quién es? —preguntó Leonor.

—Espero que ahora sí sea mi ensalada.

Abrí y, efectivamente, apareció la comida. Pagué, regresé con las bolsas y las dejé encima de la mesa.

—¿Has comido?

—No.

—Perfecto. Mi crisis inmobiliaria y tu crisis matrimonial van a compartir rollitos de primavera.

Leonor soltó una risa entre lágrimas.

—Eres gilipollas.

—Hoy ese título era tuyo. No me lo quites.

Saqué los recipientes y los repartí sobre la mesa. Durante unos minutos comimos sin hablar demasiado. Leonor parecía ir calmándose y yo preferí dejarla respirar antes de seguir preguntando.

—¿Vas a volver a verlo?

Dejó los palillos.

—Tiene que terminar la obra.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Me miró.

—No lo sé.

Y aquella respuesta me preocupó bastante más que un no.

—¿Él qué te ha dicho después?

—Que no quería hacerme daño. Que llevaba semanas deseándome, pero que nunca pensó que fuera a pasar. Y que si yo le decía que aquello terminaba ahí, terminaba ahí.

—Por lo menos no parece que esté intentando presionarte.

—No.

—¿Y tú qué le has dicho?

Leonor bajó la mirada hacia el plato.

—Que necesitaba pensar.

—Pues piensa. Pero no utilices «necesito pensar» para tenerlo esperando eternamente mientras decides si repites.

—Lourdes...

—Me has venido a buscar a mí. Eso incluye que te diga cosas que no te gusten.

Asintió.

Después cogió otro trozo de comida y se quedó mirándolo sin comérselo.

—Ha sido espectacular.

Me eché hacia atrás.

—Leonor, por favor.

—Es que ese es el problema. Si hubiera sido una mierda estaría ahora muchísimo más tranquila.

No pude evitar reírme. Ella también terminó riéndose, todavía con los ojos mojados.

—Una hora, Lourdes.

—No necesito la ficha técnica.

—Una puta hora.

—¡Que no quiero saberlo!

—Pues yo necesito contárselo a alguien.

—Cuéntame tus sentimientos. El parte de rendimiento de Antón te lo guardas.

Se rio de verdad por primera vez desde que había entrado. Después volvió a ponerse seria.

—Tengo miedo de volver a verlo y querer repetirlo.

Ahí estaba el problema de verdad. Le cogí la mano.

—Entonces no te engañes. Lo de hoy ya ha ocurrido y no puedes borrarlo. Lo que hagas la próxima vez sí puedes decidirlo con la cabeza fría.

Leonor asintió despacio. No sabía qué iba a hacer con Markus, con Antón ni consigo misma.

Yo tampoco iba a decidirlo por ella. Lo único que podía hacer era escucharla y procurar que no confundiera un deseo brutal con una respuesta automática sobre toda su vida.

Miré mi ensalada china y después a mi amiga.

Media hora antes estaba calculando cuánto podía valer el chalet de un irlandés.

Ahora estaba comiendo arroz tres delicias mientras Leonor intentaba averiguar si acababa de poner una bomba debajo de su matrimonio.

En L se le notaba en la voz, en la manera de mover las manos y hasta en los ojos cada vez que pronunciaba el nombre de Antón.

El relato terminó siendo prácticamente pornográfico.

Y tengo que reconocer algo. Escuchar a una mujer contar con semejante deseo una experiencia que acababa de vivir me estaba poniendo bastante cachonda.

Mucho.

En algún momento dejé de pensar exclusivamente en el problema matrimonial de Leonor y empecé a preguntarme dónde coño estaría Roberto. Pero primero tenía que ocuparme de mi amiga.

—¿Sabes lo que pienso? —le dije cuando por fin terminó.

—Después de todo lo que te acabo de contar, me da miedo preguntarlo.

—Que ahora mismo no pienses demasiado.

—Magnífico consejo.

—Déjame terminar. Ya ha pasado. Te apeteció, lo hiciste y te encantó. Puedes pasarte tres días llorando y no vas a conseguir que deje de haber ocurrido.

—Eso ya lo sé.

—Y si algún día vuelves a acostarte con Antón porque realmente quieres hacerlo, tendrás que decidir tú qué puedes soportar y qué no. Pero no conviertas a Markus en el encargado de aliviarte la culpa.

Leonor frunció el ceño.

—¿Tú no se lo contarías?

—Yo no.

—¿Nunca?

—No estoy diciendo que sea lo correcto para todo el mundo.

Te estoy diciendo lo que pienso yo. En estas cosas la sinceridad me parece bastante sobrevalorada cuando se utiliza para descargarte tú y destrozar al otro.

Si yo hago algo, la carga es mía. No te lo cuento para que ahora tú tengas que ayudarme a llevarla.

Se quedó callada.

—Nunca lo había pensado así.

—Pues yo sí. Una cosa es que quieras dejar a Markus, que estés enamorada de otro hombre o que tu matrimonio se haya terminado.

Entonces tendrás que hablar con él. Pero si lo que ha ocurrido es que has tenido un encuentro con un hombre que te vuelve loca y después quieres volver a tu casa, a tu marido y a tus hijas, tendrás que decidir qué significa eso para ti.