Capítulo 10 #5
Al fondo había una pequeña oficina que apenas había mirado las veces anteriores. Me acerqué y encontré dentro a un hombre sentado delante de un ordenador. Tendría más o menos mi edad y estaba completamente concentrado introduciendo datos. Llamé suavemente en la puerta.
—¿Luis?
Levantó la cabeza.
—Sí.
—Buenos días. Soy Lourdes.
Sonrió.
—Ya sé quién eres.
Por supuesto.
Yo no sabía quién era él, pero él sí sabía quién era yo.
Estupendo.
—Necesito bajar unas cajas. ¿Puedes ayudarme?
—Claro. ¿Cuáles?
Me acerqué al escritorio y miré la pantalla.
—¿Qué haces?
—Lola me dijo que metiera todo en la base de datos.
—Vamos, un inventario de toda la vida.
Se rio.
—Sí. Un inventario de toda la vida, pero un poco más completo.
—¿Abres las cajas y haces recuento?
—Por supuesto. Se abre, se comprueba el contenido, se clasifica, se fotografía cuando corresponde, se registra y se vuelve a cerrar. Después queda numerada y localizada.
Me quedé mirándolo.
—Luis, me facilitarías muchísimo la vida si pudieras decirme dónde hay papeles.
—¿Papeles de qué?
—De lo que sea. Facturas, cartas, recibos, documentos, libretas, contratos... cualquier cosa que saliera de Santaclara y que fuera papel.
Señaló la silla que tenía al lado.
—Siéntate.
Obedecí.
Tecleó unas cuantas cosas, abrió varios campos de búsqueda y, en menos de dos minutos, tenía delante un listado.
—Aquí están.
—¿Eso es todo?
—Todo lo que tenemos catalogado como documentación de Santaclara. Puedes filtrar por estancia de origen, tipo de documento, caja, mueble donde apareció y sección del almacén.
Lo miré fascinada.
—Qué maravilla.
Luis se echó a reír.
—¿Qué pensabas hacer?
—Sentarme ahí fuera y abrir las cajas una por una.
—Te podías jubilar aquí.
—Eso estaba pensando.
Siguió desplazándose por la pantalla.
—Mira. Documentación de despacho. Correspondencia. Facturas domésticas. Recibos. Documentos bancarios antiguos. Fotografías. Papeles personales. Agendas. Cuadernos. Documentación que estaba dentro de muebles...
—Espera. ¿Está todo fotografiado?
—Prácticamente todo lo documental, sí. Por delante y por detrás cuando hay contenido. Y los objetos importantes también tienen fotografías.
—¿Y puedo ver esto desde mi oficina?
Me miró sorprendido.
—Claro.
—¿Desde Paseo de Solís?
—Desde cualquier ordenador autorizado. Te doy acceso y entras con tu usuario.
Me quedé mirando la pantalla.
—Llevo meses teniendo esto y no lo sabía.
—Bueno, llevamos meses haciéndolo.
—¿Tú solo?
—Ahora sí. Al principio estábamos Lucas y yo. Toda la parte de abrir cajas, contar, contrastar, fotografiar y hacer el primer registro ya está terminada. Ahora estoy revisando datos, completando fichas y comprobando que coincida el inventario digital con el de papel.
Aquello era un trabajo de hormiguita.
De meses.
Y de una paciencia que yo no poseía.
—Entonces no necesito llevarme nada.
—Si quieres los originales, te los bajo. Te digo exactamente dónde están. Pero para una primera revisión yo empezaría por las imágenes. Así no tienes que manipular documentación antigua sin necesidad.
—Luis, te quiero.
Se echó a reír.
—Eso díselo a Lola, que fue idea suya.
Me dio los datos de acceso, me enseñó cómo funcionaban los filtros y regresé a la oficina. Entré directamente en el despacho de Lola.
—¿Por qué no me habías dicho que teníamos todo Santaclara digitalizado?
Levantó la vista tranquilamente.
—Porque nunca me lo has preguntado.
—¿Cómo voy a preguntarte por una cosa que no sé que existe?
—Lourdes, es lo que hacemos siempre. ¿Qué creías que significaba catalogar un vaciado?
—Pues... catalogarlo.
—Eso es exactamente lo que hemos hecho.
—Tenemos hasta los papeles fotografiados por las dos caras.
—Claro.
Sonrió y volvió a lo suyo.
—Te odio un poco.
—Ponte a trabajar.
Me fui a mi despacho. Entré en la base de datos y aquello era todavía mejor de lo que había visto con Luis.
Carpetas, referencias, fotografías, ubicaciones, números de caja, descripciones.
Podía abrir una imagen y ampliarla hasta leer perfectamente la letra de un recibo de hacía décadas. Empecé por DESPACHO.
Después correspondencia.
Papeles personales.
Facturas.
Agendas.
Fotografías.
No sabía qué buscaba y eso lo hacía mucho más difícil.
Cualquier cosa podía ser importante o no significar absolutamente nada.
Pasé más de media mañana mirando fotografías de documentos.
Por delante, por detrás , Ampliando firmas.
Fechas, Nombres, direcciones Nada me gritaba: Aquí tienes la respuesta, Lourdes.
Y probablemente aquello iba a llevar tiempo.
Estaba ampliando la fotografía de un documento cuando sonó el teléfono.
Número extranjero.
Contesté.
—L&L, buenos días.
—Buenos días. ¿Hablo con Lourdes Marín?
El hombre hablaba español con un marcado acento.
—Sí, dígame.
—Me llamo Patrick O'Connell. Soy irlandés. Tengo una propiedad en Marbella que quiero vender y me han recomendado su agencia.
Cerré la carpeta de Amalia. El pasado podía esperar. Una casa de varios millones, no.
—Encantada, señor O'Connell. Cuénteme.
Me explicó que tenía una villa que utilizaba cada vez menos y quería conocer su valor real de mercado antes de decidir cómo ponerla a la venta. No quería una cifra por teléfono ni una valoración alegre para conseguir la exclusiva. Quería que fuera a verla. Eso me gustó.
—¿Cuándo le viene bien?
—Dentro de una hora, si puede.
Miré el reloj, Puedo. Me dio la ubicación y salí.
La villa estaba en una urbanización privada de la zona de Nueva Andalucía, suficientemente cerca de Puerto Banús para que la localización pesara en el precio, pero alejada del ruido y de las miradas.
Seguridad en el acceso, calles impecables, parcelas grandes y ese silencio tan caro que en Marbella se paga casi por metro cuadrado. Patrick me esperaba delante de la casa.
Rondaría los sesenta, alto, pelo completamente blanco y aspecto de hombre que no necesitaba demostrar que tenía dinero.
—Señora Marín.
—Lourdes, por favor.
—Entonces yo soy Patrick.
La primera impresión de la casa fue buena.
Muy buena. Una villa grande, contemporánea pero sin parecer una caja de hormigón.
Piedra clara, grandes superficies acristaladas y una entrada amplia que permitía ver parte del jardín sin descubrirlo entero.
La parcela tenía suficiente tamaño para aislar la casa de los vecinos y una vegetación adulta que no se consigue plantando cuatro palmeras dos semanas antes de hacer las fotografías.
—¿Cuántos metros de parcela?
—Algo más de tres mil.
Asentí.
Entramos.
El salón era enorme, con techos altos y grandes ventanales abiertos hacia una terraza cubierta.
Desde allí se veía la piscina, larga y limpia, rodeada por un jardín muy cuidado.
Más allá, entre las construcciones y la vegetación, aparecía el Mediterráneo.
No una vista frontal de primera línea. Pero sí mar. Y en aquella zona eso sumaba.
—¿Cuántos metros construidos?
Me dio la cifra. Más de mil entre vivienda principal, terrazas cubiertas y dependencias.
Seguimos recorriéndola.
Gran cocina con isla y zona de servicio independiente.
Comedor. Despacho. Seis dormitorios, todos con baño.
El principal ocupaba buena parte de una planta, con vestidor, terraza privada y un baño en el que cabía perfectamente mi primer apartamento de Marbella.
En la planta inferior había gimnasio, sauna, una pequeña sala de cine, bodega y un espacio que podía funcionar como sala de juegos o salón privado.
Garaje para seis coches. Ahí pensé en mi Lamborghini amarillo.
Algún día.
En el exterior había cocina de verano, comedor cubierto, varias zonas de descanso y una piscina que no necesitaba convertirse en un lago porque ya tenía un tamaño bastante decente. La casa estaba muy bien. Pero no perfecta. Y mi trabajo no consistía en enamorarme de las propiedades.
—¿Cuánto cree que vale? —preguntó Patrick cuando terminamos.
Volví a mirar el salón.
—Antes quiero hacer comparables de verdad. No voy a decirle una cifra para impresionarlo y bajarla dentro de tres meses porque nadie llame.
Sonrió.
—Por eso me recomendaron a usted.
—Puedo decirle ya que estamos claramente por encima de seis millones.
Bastante por encima, probablemente. Pero quiero revisar superficie registral, parcela, año de reforma, calidades, licencias y ventas recientes de propiedades realmente comparables.
No anuncios. Ventas, siempre que podamos contrastarlas.
—¿Siete?
—He dicho que todavía no voy a darle una cifra.
Se rio.
—Lo intenta.
—Soy irlandés.
—Y yo agente inmobiliaria.
—Entonces estamos empatados.
Nos sentamos en la terraza. Patrick me explicó que no tenía prisa extrema, pero tampoco quería tener la casa un año anunciada.
La había comprado hacía bastante tiempo, la había reformado después y ahora pasaba la mayor parte del año entre Irlanda y Londres.
Sus hijos tenían sus propias vidas y cada vez utilizaban menos Marbella.
—Quiero venderla bien. No necesito regalarla.
—Esa frase me gusta más que “no tengo prisa”.
—¿Por qué?
—Porque la gente que dice que no tiene prisa suele querer un veinte por ciento más de lo que vale su casa.
Soltó una carcajada.
—¿Y yo cuánto quiero de más?
—Todavía no me lo ha dicho.
—Ocho millones.
No respondí inmediatamente. Me levanté y miré otra vez hacia el jardín. Ocho millones no era una locura absurda. Pero tampoco iba a asentir solo porque la casa fuera espectacular.
—Déjeme hacer mi trabajo.
—¿Cuándo me llama?
—Mañana.
—¿Tan rápido?
—La casa es complicada de pagar, no de valorar.
Sonrió.
Nos dimos la mano y regresé al coche. Antes de arrancar miré el teléfono.
Tenía correos.
Mensajes de Lola. Uno de Marta. Dos llamadas perdidas. Y una notificación de la base de datos de Santaclara que había dejado abierta en el ordenador.
Suspiré.
Hacía apenas una hora estaba intentando descubrir por qué mi abuela había querido vender su casa. Ahora tenía delante otra que quizá valía ocho millones.
Arranqué.