Capítulo 10 #4
En otra, mi abuela y la madre de Roberto se partían de risa sentadas en un banco mientras la madre de Leonor intentaba hacerse una fotografía con ellas.
Y en la última aparecían todos juntos. La miré un buen rato.
Hasta hacía muy poco aquellas personas pertenecían a mundos distintos.
Mis abuelos eran mis abuelos. Los padres de Roberto eran los padres del hombre del que me había enamorado.
Los padres de Leonor eran los padres de mi amiga.
Y de repente estaban de vacaciones juntos en Austria, riéndose, comprando tonterías y bebiendo vino caliente mientras sus hijos y nietos trabajábamos.
—Mira —le dije a Lola enseñándole la foto.
Sonrió.
—Qué monos.
—Mi abuelo parece un contrabandista tirolés.
—Está estupendo.
Guardé la fotografía. Aquella noche, bastante más tarde, mi madre volvió a escribir en el grupo familiar.
Nos vamos a cenar. Debajo apareció una foto.
Esta vez salía ella también. Mi madre en el centro, mis abuelos a un lado, los padres de Roberto al otro y los de Leonor detrás.
Todos arreglados, sonrientes y aparentemente encantados de la vida. Mi abuelo seguía llevando el sombrero.
Contesté:
Abuelo, quítate eso para cenar. La respuesta llegó inmediatamente.
No.
Me quedé mirando la pantalla. Después apareció otro mensaje. Era de mi abuela. Déjalo. Lleva todo el día feliz.
Sonreí.
Y entonces entendí que quizá aquella Navidad no había sido importante solo para Roberto y para mí.
Nosotros nos habíamos prometido. Pero, sin darnos cuenta, alrededor nuestro también se estaba formando otra cosa.
Una familia enorme, extraña, mezclada y bastante escandalosa que empezaba a comportarse como si llevara toda la vida junta.
Y lo mejor era que nadie la había organizado.
Ni siquiera la maquinaria Marín. Lola, mientras tanto, estaba ultimando los detalles de la casa de la abuela.
La casa de la abuela. Nunca la había llamado así.
Para mí siempre había sido Santaclara, la mansión de Amalia, el primer gran vaciado que había conseguido poner nuestra vida patas arriba.
Pero ahora que sabía la verdad, por mucho que aquella palabra todavía me resultara extraña, Amalia había sido mi abuela.
Y aquella había sido su casa. Precisamente por eso había algo que llevaba días rondándome la cabeza.
No entendía por qué se había empeñado tanto en venderla.
Al principio habíamos aceptado la explicación más sencilla: Amalia había sufrido mucho allí.
Había vivido una vida marcada por secretos, por una hija a la que no pudo criar públicamente como suya, por Erik, por una familia que durante décadas tuvo que contemplar desde lejos.
Podía comprender que no quisiera dejarle a mi madre una casa cargada de recuerdos dolorosos.
Pero cuanto más sabía de Amalia, menos me convencía.
Santaclara ni siquiera había sido la gran casa familiar de sus padres. No era una propiedad ancestral que representara generaciones de Santaclara viviendo bajo el mismo techo. Aquella había sido, esencialmente, la casa de Amalia.
Su casa.
Había vivido allí rodeada de un ejército de servicio, como correspondía a una mujer que parecía haber necesitado personal hasta para respirar.
Y allí había estado Erik mientras vivió.
Allí habían compartido una parte de aquella relación que durante tantos años permaneció escondida para casi todos.
Entonces, ¿por qué venderla obligatoriamente?
Amalia podía haber hecho exactamente lo mismo que con el resto de su patrimonio.
Dejarla dentro de la estructura familiar.
Permitir que mi madre decidiera. Conservarla, alquilarla, utilizarla, cerrarla o venderla si algún día dejaba de tener sentido.
Pero no.
Con Santaclara había sido distinta. Había querido que se vendiera.
Y el dinero, una vez descontados los gastos correspondientes, debía incorporarse al patrimonio de mi madre.
Es decir, Amalia quería que Marisa recibiera el valor de aquella casa, pero no la casa.
Ahí estaba la diferencia. Una diferencia demasiado concreta para ser casual.
Entré en el despacho de Lola y la encontré rodeada de fotografías, muestras de tejidos, presupuestos y una lista interminable de cosas pendientes para la nueva propietaria.
—¿Cómo va la casa de la abuela?
Lola levantó la cabeza.
—¿Qué abuela?
—Amalia.
Se quedó mirándome.
—Es la primera vez que te oigo llamarla así.
—Ya.
No dije más.
Lola tampoco.
—Pues la casa de tu abuela va camino de dejar de parecerse a la casa de tu abuela. La señora quiere cambiar prácticamente todo lo que puede cambiarse sin tirarla abajo.
—Leonor dijo que había dejado el tejado.
—Porque el tejado todavía no le ha molestado.
Me reí y me senté frente a ella.
—Lola, ¿alguna vez has pensado por qué Amalia quería venderla?
—Porque no quería conservarla.
—Gracias. Menos mal que te tengo.
—Has preguntado.
—Hablo en serio.
Dejó el bolígrafo.
—Yo también. ¿Qué quieres decir?
—Que no me cuadra.
Le expliqué lo que llevaba días pensando.
Suiza seguía dentro del patrimonio. Austria también.
Los pisos, las participaciones, los hoteles, Renacer, las inversiones...
Amalia había dedicado media vida a construir una estructura para que todo pudiera sobrevivirla y pasar a mi madre, a nosotras y a quienes vinieran después.
Sin embargo, con Santaclara había hecho exactamente lo contrario.
Sacar el inmueble. Convertirlo en dinero.
Y asegurarse de que la familia dejara de tener cualquier vínculo con él. Lola se quedó pensativa.
—Puede ser simplemente emocional, Lourdes.
—Puede.
—A lo mejor no quería que tu madre viviera en el sitio donde ella tuvo que renunciar a criarla.
—También puede ser.
—O que cada habitación le recordara algo que no quería dejarle como herencia.
—Sí.
—Pero no te convence.
Negué con la cabeza.
—No del todo.
Me levanté y miré una de las fotografías de la casa. Habíamos encontrado una habitación secreta. El caballo de bronce.
Documentos.
Joyas.
Cuadros.
La caja con las cartas de Erik. Y durante unos días habíamos tenido hasta una propietaria muerta paseándose por allí como si aquello fuera lo más normal del mundo. Con todo eso, quizá habíamos cometido un error. Habíamos pensado que ya habíamos descubierto los secretos de Santaclara.
—Cuando acabemos con Austria, Renacer y todo este follón, quiero revisar otra vez lo que tenemos de Amalia.
—¿Qué buscas?
—No lo sé.
—Estupendo. Eso facilita mucho las cosas.
—Alguna explicación. Una carta, una cláusula, una fecha, un documento... Algo que explique por qué estaba tan empeñada en que esa casa saliera de la familia.
Lola se reclinó en la silla.
—La casa ya tiene dueña nueva.
—No quiero recuperarla.
Y era verdad. Santaclara estaba vendida.
No pretendía deshacer la operación ni descubrir que debajo de la piscina había otro tesoro de Amalia.
Bastantes problemas teníamos ya. Lo único que quería era comprender.
¿Por qué una mujer que había dedicado décadas a asegurarse de que su patrimonio permaneciera unido a su sangre había señalado precisamente su propia casa y había dicho que esa no? Miré otra vez la fotografía.
—Hay algo que no sabemos, Lola.
—Puede.
—Y lo vamos a descubrir.
—Cuando acabemos lo que tenemos entre manos.
—Sí.
—Porque como me metas ahora otro misterio, te juro que dimito.
Me reí.
—Cuando todo esté arreglado.
—Eso has dicho.
Volvió a sus presupuestos y yo salí de su despacho.
No tenía ninguna teoría. Y por una vez prefería que fuera así.
No quería inventarme una explicación y después intentar obligar a los hechos a encajar en ella.
Quería encontrar primero los hechos. Amalia había muerto.
Santaclara estaba vendida. La nueva propietaria estaba transformándola a su gusto y dentro de poco quedaría muy poco de la casa que nosotras habíamos conocido. Pero la pregunta seguía allí.
¿Por qué, de todo cuanto poseía Amalia, aquella casa era lo único que había querido sacar definitivamente de la familia?
A Cogí las llaves del almacén y me fui para allá.
No podía pensar en otra cosa. Si Amalia había dejado alguna pista sobre Santaclara, podía estar en cualquier sitio.
Y de aquella casa habíamos sacado tantas cosas que, solo de pensarlo, me entraba dolor de cabeza.
Abrí el almacén y fui directamente a la zona catalogada como SANTACLARA. Me quedé mirando. Cientos de cajas.
Cinco alturas de estanterías repletas de ellas, perfectamente colocadas y etiquetadas. Además estaban los muebles, muchos todavía precintados por los canguros para evitar que se abrieran puertas y cajones durante el traslado. Me senté en una silla que encontré allí.
Bonita.
Incómoda de cojones. Si me viera Lola seguramente me diría que era Luis XVI, o Luis XV, o Luis el que fuera, y que valía una fortuna.
Yo solo sabía que, si aquel rey se había sentado habitualmente en una silla como esa, comprendía perfectamente que acabara de mal humor. Levanté la vista hacia las estanterías.
COCINA.
Había tropecientas cajas.
SALÓN.
COMEDOR.
DORMITORIOS.
ROPA.
MENAJE.
BIBLIOTECA.
DESPACHO.
Ahí.
Despacho.
Y, por supuesto, estaba arriba. Saqué el teléfono y llamé a Lola.
—¿Cómo coño se bajan las cajas de las estanterías de arriba?
—¿Dónde estás?
—En el almacén.
—¿Qué haces allí?
—Buscando cosas de Santaclara.
—Lourdes...
—Ya sé lo que vas a decir. Solo quiero mirar documentación.
—Busca a Luis.
—¿Qué Luis?
Hubo un silencio.
—Luis.
—Eso no me ayuda.
—El que lleva el almacén. Debe de estar por ahí.
—¿Tenemos un Luis?
—Desde hace meses.
Miré alrededor como si Luis pudiera materializarse entre las estanterías.
—Tengo que ponerme al día con mi propia empresa.
—Eso llevo diciéndote mucho tiempo.
Colgó.