L&L Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Me eché a reír y fui detrás de ella. Tres horas de vuelo y ya habíamos vuelto exactamente a nuestra normalidad.

Casas millonarias, compradores impacientes, teléfonos echando humo, una empresa que no paraba de crecer, dos investigaciones abiertas, una hermana que tenía que aprender derecho austríaco y un exnovio oportunamente instalado en Alemania.

Y yo, además, volvía a Marbella prometida.

Definitivamente, el año todavía no había terminado.

No habíamos terminado de organizarnos en la oficina cuando me llamó Gonzalo.

—¿Dónde estás?

—En L&L. Acabamos de llegar y Lola ya nos ha puesto a trabajar como si no hubiéramos tenido Navidad.

—Estoy en mi oficina, yo también acabo de llegar. ¿Puedes pasarte mañana?

—Sí. ¿Qué pasa?

Hubo un pequeño silencio.

—Hemos encontrado algo de las facturas de Renacer.

Me incorporé en la silla.

—¿Algo bueno o algo de esos que hacen que Marta tenga que abrir otra carpeta?

—De los segundos.

—Cuéntamelo.

—Prefiero enseñártelo mañana con los documentos delante, pero te adelanto una cosa. ¿Recuerdas que te dije que mi padre puso a nuestra gente a revisar algunas de las facturas que os parecían sospechosas?

—Sí.

—Pues uno de ellos reconoció una firma.

—¿De quién?

—De un antiguo gerente nuestro.

Me quedé callada.

—¿Vuestro?

—Sí. Trabajó durante años en una de las empresas del grupo de mi padre vinculadas a barcos.

Hace unos cinco años descubrimos que estaba intentando colarnos facturas infladas y trabajos que no se correspondían con lo que realmente se había hecho.

Nada espectacular de golpe. Precisamente ahí estaba la gracia.

—Un poquito cada vez.

—Exactamente. Cantidades suficientemente pequeñas para que una empresa que mueve mucho dinero no se pare a comprobar cada una. Una reparación aquí, una pieza allá, horas de trabajo, material, proveedores... Cuando lo descubrimos, lo echamos.

—¿Lo denunciasteis?

—Eso te lo explico mañana porque quiero comprobar exactamente qué hizo la empresa entonces y qué documentación se conserva. Yo no llevaba personalmente ese asunto.

Eso me gustó. Gonzalo no estaba intentando rellenar con recuerdos lo que no sabía.

—¿Y ahora aparece su firma en nuestros barcos?

—En documentación de Renacer. Y hay algo más: por las fechas que hemos revisado, empezó a trabajar con vuestra empresa aproximadamente cuando dejó de trabajar con nosotros.

Me quedé mirando la pared.

—Cinco años.

—Aproximadamente.

—Los mismos cinco años que Claudia está revisando.

—Sí.

Solté el aire despacio.

—Qué hijo de puta.

—Todavía tenemos que demostrar qué hizo exactamente, Lourdes.

—Déjame insultarlo mientras tanto.

Gonzalo se rio.

—Eso sí.

Me levanté de la silla y empecé a caminar por el despacho.

De repente, aquellas cantidades pequeñas que nos habían llamado la atención empezaban a tener una lógica mucho más desagradable.

Dos mil euros. Ochocientos. Tres mil seiscientos.

Mil cuatrocientos. Reparaciones que quizá no se habían hecho, piezas que supuestamente se habían cambiado cuando las originales seguían allí, horas de trabajo en días en los que el barco ni siquiera estaba donde decía la factura.

Nada que hiciera saltar una alarma por sí solo.

Pero una cantidad pequeña repetida muchas veces durante cinco años dejaba de ser pequeña.

—¿Crees que pensó que Amalia nunca se enteraría?

—No puedo saber qué pensaba —respondió Gonzalo—. Pero si alguien buscara una empresa donde pasar desapercibido, una sociedad patrimonial con una propietaria mayor, varios activos, gestión delegada y barcos generando ingresos sería bastante cómoda si los controles internos fueran flojos.

Eso sí tenía sentido. No necesitábamos convertirlo en un genio criminal. Solo en un ladrón fino. De los que no se llevan la caja fuerte. Van sacando billetes de ella poco a poco confiando en que nadie cuente lo que queda.

—Mañana voy.

—Trae a Marta si puede.

—La llevo.

—Y si Claudia está disponible, también. Hay pagos que queremos cruzar con vuestra contabilidad.

—Perfecto.

Colgué y me quedé unos segundos con el teléfono en la mano. Lola levantó la vista desde su mesa.

—¿Qué pasa?

—Creo que nuestros barcos tienen un fantasma.

—No me jodas con otro fantasma.

—Este está vivo. Y parece que factura.

Eso consiguió que dejara lo que estaba haciendo. Le expliqué lo que Gonzalo acababa de contarme. Marta se acercó mientras hablábamos y, cuando terminé, ya tenía la expresión profesional que le aparecía cada vez que los demás empezábamos a condenar a alguien antes de tiempo.

—Mañana quiero ver todo —dijo—. Lo suyo y lo nuestro. Fechas, contratos, facturas, transferencias, quién autorizó cada pago y qué relación tenía este hombre con Renacer.

—Gonzalo ha dicho que vayas.

—Voy.

—Y Claudia también.

Desde su despacho se oyó:

—¡Os estoy oyendo!

—Pues mañana vienes —grité.

—¡Vale!

Lola negó con la cabeza.

—Esta empresa cada día se parece menos a una inmobiliaria.

—Vendemos casas, vaciamos mansiones, reformamos piscinas, investigamos yates, perseguimos facturas y ahora tenemos una sucursal familiar de investigación financiera.

—Nos falta una cafetería.

—No des ideas.

Volví a sentarme.

Cinco años.

Si las fechas coincidían, aquel hombre había salido por una puerta después de que la familia de Gonzalo descubriera sus trapicheos y había entrado casi inmediatamente por otra donde probablemente creyó que nadie iba a vigilarlo demasiado.

Quizá durante mucho tiempo tuvo razón. Pero Amalia había muerto.

Y, sin pretenderlo, nos había dejado a nosotras levantando todas las alfombras.

Debajo empezaban a aparecer demasiadas cosas. A media tarde llamó mi madre.

—¿Habéis llegado bien?

—Sí. Estamos en la oficina.

—¿En la oficina? ¿Hoy?

—Mamá, hay gente que quiere comprarse casas incluso en Navidad.

—Pues que se esperen.

—Díselo tú a Lola.

—No, gracias.

Me reí.

—¿Qué tal por allí? ¿Olga sigue con las alarmas?

—Sí. Y Markus con el seguro. Aquí todo controlado.

Conocía aquel tono.

—Mamá, ¿qué pasa?

—Nada.

—Cuando dices «todo controlado» es porque algo no está controlado.

Escuché voces al fondo y después la risa de mi abuelo.

—¿Dónde estás?

—En el hotel.

—Eso ya lo sé.

—Pues en el hotel.

—Mamá.

Se quedó callada un segundo.

—Tus abuelos han hecho amigos.

—¿Qué amigos?

—Los padres de Roberto y los padres de Leonor.

—Pero si ya se conocían.

—Ahora se conocen más.

Me eché hacia atrás en la silla.

—Explícate.

—Esta mañana tu abuelo ha decidido que no pensaba pasarse el día encerrado porque hiciera frío. Ha bajado a desayunar, se ha encontrado con el padre de Roberto y con el padre de Leonor y, por lo visto, los tres han decidido que necesitaban conocer el pueblo tranquilamente, sin nosotros.

—¿Los tres solos?

—No. Tu abuela los ha pillado organizándolo y ha dicho que ella también iba. Después se han apuntado las madres de Roberto y Leonor.

—¿Y tú?

—A mí no me han invitado.

Me dio la risa.

—¿Cómo que no te han invitado?

—Tu abuelo me ha dicho: «Tú llevas una semana mandando. Hoy mandamos nosotros».

Ya me estaba riendo a carcajadas.

—¿Y qué has hecho?

—¿Qué iba a hacer? Dejarlos.

—Muy bien.

—No tan bien. Porque a las once he llamado a tu abuela y me ha colgado.

—¿La abuela te ha colgado el teléfono?

—Me ha dicho: «Marisa, estamos de vacaciones».

Tuve que apartarme el móvil de la cara. Lola me miró desde su mesa.

—¿Qué pasa?

Le hice un gesto para que esperara.

—¿Y dónde están ahora?

—Ese es el problema. Han vuelto hace media hora.

—Entonces no hay problema.

—Espera.

Aquello prometía.

—Tu abuelo ha entrado en el hotel con un sombrero.

—¿Qué sombrero?

—Uno tirolés.

Cerré los ojos.

—No.

—Sí. Verde. Con una pluma.

Ya no podía parar de reír.

—¿Y el abuelo de quién más?

—El padre de Roberto lleva otro.

—¡No!

—Y el padre de Leonor también.

Lola ya se había levantado y se acercaba a mí.

—Pon el altavoz.

Lo puse.

—Sigue, mamá.

—Las tres mujeres han vuelto con bolsas. Muchas bolsas. Tu abuela se ha comprado una chaqueta que dice que es «para el frío de verdad» y la madre de Roberto le ha regalado unos guantes porque, según ella, los que llevaba eran ridículos.

—¿Y qué has comprado tú? —preguntó Lola.

—Nada, porque a mí me han dejado aquí.

—Estás dolida —dije.

—No estoy dolida.

—Estás dolidísima.

—Lo que estoy es preocupada porque tu abuelo ha descubierto el vino caliente.

Lola y yo nos miramos.

—¿Cuánto ha bebido?

—Según él, uno.

—¿Y según la abuela?

—Dos.

—Entonces han sido tres —dijo Lola.

—Eso mismo he pensado yo.

Al fondo volvió a oírse la voz de mi abuelo.

—¡Marisa! ¡Dile a la pelirroja que estamos perfectamente!

—Te está oyendo.

—¡Pues mejor!

—Abuelo —grité—, ¿qué estás haciendo?

—¡Turismo!

—¿Y el sombrero?

—¡Muy bonito!

Me tapé la boca para no reírme.

—Abuelo, cuidado con el vino.

—¡Tengo ochenta y tantos años, Lourdes! ¡Ya sé beber vino!

Mi abuela intervino desde algún lugar.

—¡No sabe!

Aquello desató otra discusión al fondo. Mi madre suspiró.

—¿Ves lo que tengo aquí?

—Mamá, déjalos disfrutar.

—Eso hago. Pero ahora quieren salir a cenar.

—Pues que salgan.

—Sin mí.

Ahí estaba el verdadero problema.

—Estás enfadada porque no te han invitado.

—¡Que no estoy enfadada!

—Marisa —dijo Lola acercándose al teléfono—, ponte guapa y baja. Te plantas con ellos.

—No pienso autoinvitarme.

—Pues te quedas sola en la habitación.

Silencio.

—¿A qué hora crees que debería bajar?

Lola y yo estallamos en carcajadas.

—A las ocho —dije—. Y te pones guapa.

—Siempre voy guapa.

—Entonces a las ocho.

—Voy a ver qué hacen estos. Un beso.

—Mamá.

—¿Qué?

—Hazme una foto del abuelo.

—Ya tengo siete.

Colgó.

Cinco minutos después me llegaron. Mi abuelo aparecía en la primera fotografía con un sombrero verde de fieltro, una pluma ladeada y una sonrisa de niño que acababa de hacer una trastada.

A cada lado estaban los padres de Roberto y Leonor con sombreros parecidos, los tres levantando unas tazas como si hubieran fundado una asociación internacional de jubilados peligrosos.

En la siguiente estaban las mujeres cargadas de bolsas.