Capítulo 10 #2
Salimos entre risas, buscando abrigos, bolsos, guantes y niños.
Alguien había perdido una bufanda, Gonzalo no encontraba uno de sus guantes y Lola aseguraba que no era responsabilidad suya saber dónde dejaba la ropa su novio.
Una muy buena noche. De esas que no necesitan que ocurra nada extraordinario porque lo extraordinario es precisamente que todo el mundo esté bien.
A la mañana siguiente abrí los ojos cerca de las diez.
Por la luz que entraba entre las cortinas parecía mediodía.
Me dolían un poco los pies, tenía sueño y durante unos segundos contemplé seriamente la posibilidad de seguir durmiendo hasta la primavera. Entonces llamaron a la puerta. Roberto ni se movió.
—Ve tú.
—¿Por qué yo?
—Porque eres la prometida.
—Eso no te convierte en inválido.
Volvieron a llamar. Me puse el albornoz y abrí. Un empleado del hotel esperaba con un carro de desayuno.
—¿Desayuno?
Por lo visto, mi madre había pensado en todo.
Antes de que cerrara el servicio de desayuno había pedido que enviaran uno continental a todas las habitaciones de nuestro grupo.
Café, zumos, panes, bollería, fruta, mantequilla, mermeladas, embutidos, quesos...
suficiente para resucitar a cualquiera. Metieron el carro y cerré la puerta.
Cuando me giré, Roberto empezaba a despertarse.
Me adelanté.
—Buenos días, cielo.
Abrió los ojos como platos. Después empezó a reírse.
—¿Qué?
—Nada.
—¿De qué te ríes?
—Oye, esta niña se me adelanta ya a todo.
—Estoy aprendiendo.
—Primero me pides matrimonio antes de que pueda pedírtelo yo y ahora me robas los buenos días.
—Espabila, cariño. La competencia es dura.
Se incorporó y me tendió una mano.
—Ven aquí.
—Primero el café.
—Eso ha dolido.
—Hay prioridades.
Después de desayunar y conseguir tener aspecto de personas relativamente decentes, bajamos. Poco a poco fueron apareciendo los demás y empezamos a hablar de lo que tocaba hacer a partir de aquel momento. Nosotras teníamos que volver a Marbella.
L bastante triste había estado aquella casa durante años como para desnudarla de golpe el día después de Navidad. Olga tampoco regresó con nosotras.
—¿Tú te quedas? —le pregunté.
—Sí. Vienen los de las alarmas y las cerraduras y prefiero estar aquí.
La idea era sustituir aquel sistema absurdo de llaves que podían estar en manos de cualquiera por accesos controlados mediante códigos.
Olga quería que cada persona autorizada tuviera el suyo, poder darlo de alta o de baja sin cambiar media casa y, sobre todo, saber quién entraba y cuándo.
Después de lo que habíamos encontrado en la casita de los guardeses, me pareció bastante sensato.
—Cuando termines, te vienes con Markus.
—Sí. Y si alguien más quiere volver, organizo el regreso de todos.
La miré y sonreí. Mi hermana pequeña se había convertido en menos de dos semanas en la mujer que organizaba aviones, coches, técnicos, alarmas y movimientos familiares por media Europa sin despeinarse.
Definitivamente, había hecho bien llevándomela a L&L.
Nosotras salimos hacia el aeropuerto y el avión despegó a las 17:05.
Cuando nos acomodamos, tuve por primera vez la sensación de que la Navidad se había terminado de verdad.
Miré el anillo. Bueno, no todo había terminado.
—Deja de mirarlo —dijo Lola.
—No quiero.
—Lo vas a desgastar.
—Roberto me ha dicho lo mismo.
—Porque Roberto es un hombre inteligente.
—Y por eso se casa conmigo.
—Eso pone en duda mi teoría.
Le lancé una servilleta. Unas tres horas después estábamos en Málaga. Yo soñaba con llegar a casa, quitarme los zapatos, darme una ducha y no hablar con nadie hasta el día siguiente. Lola tenía otros planes. Nada más encender el teléfono puso una cara de espanto.
—A casa, dejamos las maletas y directas a la oficina.
—¿Perdona?
Me enseñó la pantalla.
—Mi teléfono está echando humo.
El mío empezó a vibrar casi al mismo tiempo.
—El mío también.
Se acabó la Navidad. Tenía varios correos de posibles compradores que había ido dejando para después porque no pensaba negociar propiedades de millones de euros mientras mi madre abría regalos y mis sobrinas adoptivas destrozaban papel de envolver.
Había peticiones de información, dos solicitudes de visita y un cliente que quería saber si una propiedad seguía disponible antes de desplazarse a Marbella.
Lola tenía proveedores, presupuestos, muebles, entregas y media Santaclara reclamando su atención. Leonor llevaba su propia empresa acumulada desde hacía días. Claudia tendría que volver a los números de Austria y de Renacer en cuanto regresara. Y Marta tenía delante algo bastante más delicado.
—Tengo que estudiar cómo se hace esto en Austria —dijo mientras esperábamos las maletas—. Una cosa es que a nosotros nos parezca una estafa y otra que jurídicamente pueda plantearse así.
—¿No podemos denunciar a los guardeses y que investiguen?
—Podemos denunciar hechos. Pero antes quiero saber exactamente qué hechos podemos acreditar, qué contratos tenían, quién autorizaba los pagos, qué obligaciones figuraban por escrito y qué parte de esto puede ser penal, civil o contractual. Y, además, estamos en Austria.
Eso era Marta. Yo habría entrado en una comisaría diciendo: «Buenas tardes, estos cabrones llevan años cobrándonos por no hacer una mierda». Ella prefería llevar documentos. Seguramente por eso ella era abogada y yo vendía casas.
—¿Y conoces a alguien que pueda orientarte?
Marta tardó un poco en contestar.
—Sí.
La miré.
—¿Quién?
—Mario.
Me sonaba.
Tardé unos segundos.
—¿Tu Mario?
—No es mi Mario.
Ahí estaba.
El ex.
El novio de universidad con el que había estado años. Mario también se había dedicado al derecho mercantil y la última noticia que yo tenía de él era que trabajaba en algún lugar de Europa.
—¿Dónde está?
—En Alemania.
—¿Desde cuándo?
—Hace tiempo.
—¿Y cómo sabes que está en Alemania?
Me lanzó una mirada.
—Porque me he enterado.
—Qué explicación tan jurídica.
Lola se acercó inmediatamente.
—¿Quién está en Alemania?
—Mario.
—¿Qué Mario?
—El ex de Marta.
Lola abrió los ojos.
—Ah.
Marta nos miró a las dos.
—No empecéis.
—Yo no he dicho nada —contesté.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando que tienes que llamarlo por motivos estrictamente profesionales.
—Exactamente.
—Después de años sin hablar.
—No he dicho que llevemos años sin hablar.
Me giré hacia ella.
—Perdona.
Marta cerró los ojos.
—Lourdes...
—No, no. Ahora ya no puedes dejarlo ahí.
—Puedo y voy a hacerlo.
Lola se puso a mi lado.
—Yo también quiero saberlo.
—Pues os aguantáis las dos.
Cogió su maleta y empezó a caminar. Lola y yo nos miramos.
—Aquí hay tema —dijo.
—Muchísimo.
—Os estoy oyendo —gritó Marta sin darse la vuelta.