Capítulo 10
A la mañana siguiente estábamos todos nerviosos, pero creo que yo era la peor.
Me desperté antes de que sonara el despertador y lo primero que hice fue mirar el anillo.
Seguía allí. Así que no, no había soñado la pedida, ni la llegada de los padres de Roberto, ni aquella conspiración internacional que mi familia había organizado delante de mis narices.
Pero aquel día había otra sorpresa. Y esta vez la conocía yo. Llamé a Lola, Leonor y mis hermanas.
—Arriba. Nos vamos.
—Lourdes, son las seis y media de la mañana —protestó Lola.
—Y a las siete quiero estar saliendo.
—Te odio.
—Ponte algo calentito.
A las siete estábamos las cinco hermanas de elección y de sangre —Lola, Leonor, Claudia, Marta, Olga y yo— preparadas para marcharnos.
En realidad éramos seis, pero a aquellas horas mi cerebro todavía no estaba en condiciones de hacer matemáticas.
Los demás irían más tarde. Roberto y Gonzalo se encargarían de reunirlos y meterlos en el microbús que habíamos alquilado con la excusa de hacer un poco de turismo antes de comer.
Mi madre no sospechaba nada. O eso esperaba.
Cuando llegamos al chalet todavía estaba oscuro.
Y aquello lo hizo aún mejor. Encendimos las luces del jardín. Primero el gran árbol. Después las guirnaldas de la casa. La casita de Hansel y Gretel.
El trineo.
Y por último los renos enormes. Nos quedamos las seis en mitad del jardín contemplándolo.
—Joder —dijo Claudia.
—Eso mismo —contesté.
Con la nieve alrededor y todas las luces encendidas, la casa parecía otra.
Las humedades seguían existiendo. Los desperfectos también.
Nadie había hecho desaparecer los problemas con una varita mágica.
Pero el abandono ya no era lo primero que se veía.
Ahora había vida. Entramos para comprobar que la calefacción funcionaba correctamente y que todo estaba preparado.
La casa estaba caliente. Las flores de Pascua que Lola había distribuido por distintas habitaciones daban color, el árbol interior estaba encendido y los muebles, después de una limpieza a fondo, parecían otros.
—Esto ya es una casa —dijo Lola.
—Todavía necesita muchísimo trabajo.
—He dicho una casa, no una casa terminada.
Tenía razón.
El catering llegó poco después. Y aquello sí que fue un despliegue.
Llevaban la comida, manteles, copas, vasos, platos, cubiertos, bandejas y prácticamente todo lo necesario para que nosotros no tuviéramos que preocuparnos de nada.
Organizamos el comedor y dejamos que ellos hicieran su trabajo.
En la casita de Hansel y Gretel habíamos preparado otra historia.
Una mesa dulce. Y no precisamente pequeña.
Chocolates, galletas, tartas, caramelos, dulces navideños y todas esas cosas que supuestamente habíamos puesto para las gemelas y que yo sabía perfectamente que acabaríamos comiendo los adultos. También dejamos bebidas, hielo y todo preparado para hacer cócteles.
—Esto es para las niñas —dijo Marta mirando las botellas.
—Las niñas crecerán.
—Lourdes.
—Vale. Esa parte es para nosotros.
La idea era sencilla. Los mayores podrían quedarse en la casa principal, calentitos, tranquilos y cómodos.
Y cuando termináramos de comer y de repartir los regalos, los demás podríamos irnos a la casita, poner música, tomar unas copas y alargar la fiesta sin volver locos a mis abuelos.
Aunque conociendo a mi abuelo, probablemente terminaría apareciendo para decirnos que bajáramos la música y se quedaría con una copa en la mano.
Revisamos los regalos de las gemelas por última vez y los colocamos bajo el árbol. Entre Lola y nosotras habíamos comprado tantos que aquello parecía una sucursal del Polo Norte.
—Nos hemos pasado —dijo Leonor.
—Muchísimo —contesté.
—Son mis hijas.
—Precisamente.
Leonor me abrazó.
—Gracias.
—No empieces a llorar que luego lloramos todas y cuando llegue mi madre vamos a parecer seis desgraciadas.
Poco después recibí un mensaje de Roberto.
Salimos.
—¡Vienen!
Aquello provocó un movimiento general. Revisamos luces, cerramos puertas que tenían que permanecer cerradas, comprobamos que el catering tuviera todo controlado y salimos al jardín.
El microbús apareció al cabo de un rato.
Las primeras en bajar fueron las gemelas.
Se quedaron completamente quietas. Miraron el árbol enorme cubierto de luces.
Después el trineo. Después los renos. Y entonces empezaron a gritar.
—¡Mamá! ¡Mamá!
Salieron corriendo hacia Leonor y ella tuvo que perseguirlas para evitar que se fueran directas hacia el jardín sin esperar a nadie. Yo apenas las vi. Estaba mirando a mi madre. Bajó del microbús y se quedó inmóvil. No dijo nada. Miró la casa. El jardín limpio.
Las luces.
El gran árbol. La casita iluminada. El trineo con los renos. Y después me miró a mí. Se llevó una mano a la boca.
—Lourdes...
Ahí empezó a llorar. Fui hacia ella.
—No llores, mamá.
—Pero ¿qué habéis hecho?
—Nada. Cuatro luces.
—¿Cuatro luces?
Lola soltó una carcajada detrás de mí. Mi madre volvió a mirar la casa y negó con la cabeza.
—No parece la misma.
—No lo es.
—Sí que lo es —dijo mi abuela acercándose—. Solo estaba abandonada.
Aquella frase nos dejó calladas. Mi madre abrazó a su madre. A la mujer que para ella siempre había sido su madre y que, después de todo lo descubierto sobre Amalia, seguía siéndolo exactamente igual. Mi padre se acercó por detrás.
—¿Entramos o vamos a congelarnos todos contemplando la fachada?
Eso rompió el momento.
—Dentro —dije—. Que hemos gastado dinero en arreglar la caldera precisamente para esto.
La comida fue una locura maravillosa. Éramos demasiados alrededor de la mesa, hablábamos todos a la vez, las gemelas apenas comían porque querían saber cuándo podían abrir los regalos y mi madre no dejaba de mirar alrededor.
Los padres de Roberto estaban allí, los de Leonor también, mis abuelos discutían sobre alguna tontería, mis hermanas se metían unas con otras, Lola y Gonzalo parecían vivir en su propio mundo y Roberto estaba sentado a mi lado. De vez en cuando me cogía la mano.
Y cada vez que lo hacía yo miraba el anillo. Después de comer llegó el momento de los regalos. Aquello terminó definitivamente con cualquier posibilidad de mantener a las gemelas bajo control. Papel por todas partes.
Cajas.
Gritos.
Abrazos.
Regalos que nadie recordaba quién había comprado.
Mi madre lloró otra vez. Mi abuela protestó porque decía que habíamos gastado demasiado.
Mi abuelo abrió uno de los suyos y preguntó cuánto había costado, así que todos le gritamos a la vez que eso no se preguntaba.
Y durante unas horas nadie habló del hotel.
Ni de los guardeses. Ni de las facturas.
Ni de los yates. Ni de auditorías. Ni de abogados.
Cuando empezó a caer la tarde, los mayores se quedaron en la casa principal y los demás nos trasladamos a la casita de Hansel y Gretel. Las gemelas atacaron la mesa dulce. Nosotros atacamos la barra.
Pusimos música.
Bailamos.
Bebimos.
Nos reímos.
Y la casita que dos días antes habíamos encontrado llena de basura y restos de fiestas ajenas se llenó esta vez de nuestra gente.
Miré por una de las ventanas. Desde allí podía ver la casa principal completamente iluminada, el árbol enorme, los renos y el trineo.
Dentro distinguía a mi madre hablando con los padres de Roberto y a mis abuelos sentados tranquilamente.
Roberto se acercó por detrás y me rodeó la cintura.
—¿Contenta?
Me apoyé contra él.
—Mucho.
—¿En qué piensas?
Miré la casa.
—En que hace unos días esto parecía un desastre.
—Sigue teniendo problemas.
—Ya lo sé.
Y los tendría al día siguiente. El informe de Markus seguiría encima de la mesa.
El hotel seguiría teniendo unos números que no cuadraban.
Los yates continuarían bajo auditoría y Marta todavía tendría que decidir hasta dónde llegaban aquellas facturas falsas.
Nada se había solucionado por poner luces de Navidad.
Pero tampoco pretendíamos eso. Durante un día habíamos hecho algo mucho más sencillo.
Habíamos convertido una propiedad en una casa.
Me giré entre los brazos de Roberto y lo besé.
—Feliz Navidad, mi vida.
—Feliz Navidad, futura señora...
Le tapé la boca con la mano.
—Ni se te ocurra.
Se echó a reír.
—Todavía no he dicho nada.
—Pues no lo digas. Yo seguiré siendo Lourdes Marín.
—Eso no lo he dudado nunca.
Y ahí estaba precisamente la razón por la que iba a casarme con él.
La música volvió a subir y Lola empezó a gritarnos desde el otro lado de la habitación para que dejáramos de hacer el romántico y fuéramos a bailar.
Así que fui. Porque los problemas podían esperar al día 26.
La Navidad, no. Bailamos hasta medianoche.
Mis abuelos habían aguantado bastante más de lo que esperaba, pero sobre las ocho decidieron que ya habían tenido suficiente Navidad por aquel año y regresaron al hotel. Mi padre quiso acompañarlos, aunque mi abuelo aseguró que sabía perfectamente llegar a una habitación sin supervisión.
Nosotros seguimos.
Música, copas, dulces, risas y las gemelas intentando resistir hasta que el sueño terminó derrotándolas.
La casita de Hansel y Gretel había resultado ser un éxito también para los adultos.
Entre las luces, la nieve que se veía por las ventanas y el alcohol, aquello tenía bastante más encanto que cualquier pub que hubiéramos podido encontrar abierto.
A las doce en punto apareció el microbús que habíamos mandado llamar.
Miré la hora y empecé a recoger mi bolso.
—¡Chicos, son las doce! ¡Corred! El que pierda el zapato se convierte en rana.
Marta empezó a reírse.
—Así no es el cuento.
—¿No?
—No. Se convertirá en enanito.
—Eso tampoco es el cuento —dijo Claudia.
—Pues en algo se convertirá —contesté—. Pero como perdamos el microbús, en lo que nos vamos a convertir todos es en peatones congelados.