Capítulo 9 #2
Y entonces me quedé parada. El comedor estaba precioso.
Las luces de Navidad, las velas, las mesas, las guirnaldas...
Todo parecía más cálido que la noche anterior.
Nuestra mesa estaba preparada al fondo y vi a mi familia reunida alrededor.
A mis padres. A mis abuelos. A las gemelas. A Leonor y Markus. A sus padres.
A Gonzalo.
A mis hermanas. Y a Roberto. Pero había dos personas más. Tardé unos segundos en reconocerlas porque no esperaba verlas allí. Los padres de Roberto. Me giré hacia Lola.
—¿Qué coño hacen aquí?
Lola sonrió.
—Feliz Navidad.
Volví a mirar hacia ellos. No podía ser. Los padres de Roberto estaban en Austria. Aquella mañana no estaban. Y ahora estaban allí. Miré a Leonor. Ella evitó mis ojos.
—Leonor.
—¿Qué?
—¿Qué has hecho?
—Yo nada.
—¡Una mierda!
Las gemelas empezaron a reírse. Roberto se acercó. Yo seguía intentando entenderlo.
—¿Tus padres?
—Mis padres.
—¿Cuándo han llegado?
—Esta tarde.
—¿Cómo?
—En avión.
—Ya sé que no han venido nadando, Roberto.
Mi padre soltó una carcajada.
—¿Quién ha mandado el avión?
Nadie contestó.
Miré a Leonor.
—Tú.
—Puede.
—¿Cuándo has hablado con ellos?
—Por teléfono.
—Eso ya lo sé. ¿Cuándo?
Sonrió.
—Lourdes, relájate.
No me relajé.
Era imposible.
Empecé a mirar a todos uno por uno. Mis hermanas tenían unas caras que no me gustaban nada. Lola estaba a punto de explotar de la risa. Mi madre parecía demasiado emocionada. Mi abuela se había llevado una mano a la boca. Y entonces miré a Roberto.
—¿Qué está pasando?
Se acercó y me cogió las manos.
Ahí sí.
Ahí comprendí que estaba pasando algo muy serio.
—No...
Roberto sonrió.
—Sí.
—No me jodas.
—Lourdes...
—Roberto, como hagas lo que creo que vas a hacer, me da algo.
Detrás de mí alguien empezó a reírse. Y entonces lo vi.
La caja.
No sé de dónde salió. No sé quién la tenía.
No sé quién había comprado el anillo ni cuándo coño lo habían comprado.
A día de hoy sigo convencida de que durante aquellas horas se abrió un agujero espacio-temporal exclusivamente para que mi familia pudiera organizar aquello sin que yo me enterara. Me llevé las manos a la boca.
—No puede ser.
Roberto tenía los ojos brillantes.
—Esta mañana me has estropeado parte del discurso.
Todo el mundo se echó a reír. Yo no podía.
—¿Esta mañana?
—Cuando me pediste tú a mí que nos comprometiéramos.
Abrí los ojos.
—¿Ya lo tenías preparado?
—Todo.
Me giré hacia mis hermanas.
—¡Hijas de puta!
—¡Lourdes! —protestó mi madre.
—¡Mamá, lo sabían!
—Yo también.
—¿Tú también?
Aquello era una conspiración. Una conspiración familiar en toda regla. Roberto me hizo volver hacia él.
—¿Me dejas terminar?
—No sé. Estoy procesando una traición colectiva.
Se rio.
Después se puso serio. Y todo el ruido que había alrededor pareció desaparecer.
No sé si se arrodilló inmediatamente o si fueron mis nervios los que hicieron que aquel momento ocurriera demasiado deprisa.
Solo recuerdo verlo delante de mí con aquella caja en la mano y pensar que unas horas antes yo había ido tan orgullosa por una calle austríaca diciéndole que en primavera podíamos hacer una fiesta de pedida.
Mientras él ya tenía un anillo. Mientras mi familia estaba organizándolo todo.
Mientras Leonor había mandado un avión a buscar a sus padres. Y mientras todos me habían visto hacer el ridículo sin decir una palabra.
—Lourdes Marín —dijo Roberto—, esta mañana me has preguntado si quería comprometerme contigo y te he dicho que sí. Pero yo llevaba bastante tiempo queriendo preguntártelo a ti.
Empecé a llorar. Eso sí que me cabreó. Yo no quería llorar. Quería estar estupenda, elegante y dueña de la situación.
Pues no.
Mocos emocionales.
—Contigo me río, vivo, discuto, trabajo y cada día tengo más claro dónde quiero estar. No sé qué vamos a encontrarnos mañana, ni dentro de un año, ni dentro de veinte. Pero sí sé con quién quiero encontrarlo.
Ya estaba perdida.
—Así que, aunque hayas intentado adelantarte esta mañana...
La gente volvió a reírse.
—...quiero preguntártelo como llevaba planeado hacerlo.
Abrió la caja. Vi el anillo. Y casi me da algo.
—¿Quieres casarte conmigo?
Me quedé mirándolo. Después miré a mi madre, que lloraba. A mi padre. A mis abuelos. A mis hermanas. A Lola, abrazada a Gonzalo.
A Leonor.
A los padres de Roberto, que habían cruzado media Europa para estar allí. Y volví a mirarlo a él.
—Sí.
Roberto sonrió.
—¿Sí?
—¡Sí, coño!
El comedor estalló. Aplausos, risas, gritos. Alguien descorchó una botella. Las gemelas saltaban sin entender muy bien qué celebrábamos, pero encantadas de participar en cualquier cosa que implicara ruido. Roberto me puso el anillo y yo apenas pude mirarlo porque me lancé a abrazarlo.
—Te odio —le dije al oído.
—Yo también te amo.
—¿Cómo coño has hecho esto?
—Luego.
—No. Ahora.
Me besó.
—Luego.
Cuando me soltó fui directa hacia mis hermanas.
—Quiero nombres, horarios y llamadas.
—Mañana —dijo Marta.
—¿Quién compró el anillo?
Silencio.
—¿Quién habló con sus padres?
Más silencio.
—¿Cuándo organizasteis el avión?
Leonor levantó su copa.
—Feliz Navidad.
—¡No me jodas, Leonor!
Se reían todos. Y yo seguía sin comprenderlo.
Roberto prácticamente no se había separado de mí.
Leonor había estado ocupada con el chalet, sus hijas y Markus.
Mis hermanas habían viajado conmigo. Mi madre llevaba días en Austria.
Los padres de Roberto estaban quién sabía dónde antes de que alguien decidiera meterlos en un avión.
¿Cómo coño habían conseguido organizar aquello sin que yo viera absolutamente nada?
Miré el anillo. Después a Roberto. Y otra vez a toda aquella gente. La maquinaria Marín.
Eso era.
Yo pensaba que dirigía una empresa. Pero acababa de descubrir que mi familia podía organizar una operación internacional delante de mis narices sin que yo me enterara de una mierda.
Y eso, sinceramente, daba bastante miedo, pero miedo del bueno.
Los padres de Roberto se acercaron a nosotros en cuanto consiguieron abrirse paso entre abrazos, felicitaciones y mi familia hablando todos a la vez.
Su madre me abrazó con una emoción que consiguió que se me saltaran otra vez las lágrimas.
—Enhorabuena, cariño.
—Gracias.
Su padre me dio un beso y después abrazó a Roberto.
—Ya era hora.
—¿Ya era hora? —pregunté—. Pero ¿desde cuándo sabe todo el mundo esto menos yo?
Volvieron a reírse.
—Me siento completamente estafada —dije.
La madre de Roberto me cogió las manos y miró el anillo.
—Es precioso.
Entonces me acordé.
—¿Y sus hermanos? ¿No han podido venir?
—Están en California —me explicó—. Era imposible organizarlo con tan poco tiempo.
—Normal. Bastante habéis hecho vosotros viniendo hasta aquí.
Todavía no terminaba de comprender cómo lo habían conseguido.
Unas horas antes yo estaba paseando tranquilamente por Kitzbühel con Roberto mientras, por algún mecanismo clandestino que pensaba investigar, sus padres viajaban hacia Austria y mi familia preparaba una pedida a mis espaldas.
Nos sentamos finalmente a cenar. Yo debía de tener cara de idiota.
Miraba el plato. Miraba a Roberto. Miraba el anillo. Y volvía a mirar a Roberto.
—Vas a desgastarlo —me dijo.
—Déjame.
Giré la mano para verlo otra vez bajo las luces del comedor.
—Todavía no me lo creo.
—Pues créetelo.
—Esta mañana te he pedido yo matrimonio.
—Técnicamente me has pedido una fiesta de pedida para primavera.
—No tergiverses mis palabras.
—Te he preguntado si me estabas pidiendo y has dicho que sí.
—Porque te estaba pidiendo.
Sonrió.
—Y yo ya tenía el anillo.
Negué con la cabeza. Aquello era lo que más me impresionaba.
No el anillo. Ni la sorpresa. Ni siquiera que hubiera conseguido traer a sus padres hasta Austria sin que yo me enterara.
Era la coincidencia. Los dos habíamos llegado al mismo sitio sin hablarlo.
Él había decidido que quería pedirme matrimonio y había movilizado a mi familia para hacerlo aquella Nochebuena.
Y yo, sin saber absolutamente nada, había salido a pasear con él aquella misma mañana y había terminado diciéndole que lo amaba y que quería formalizar nuestra relación.
Hasta para pedirnos la mano nos habíamos puesto de acuerdo sin ponernos de acuerdo. Me quedé mirándolo.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Otra vez estás pensando.
—Estoy pensando que esto es muy raro.
—¿El qué?
—Nosotros.
Levantó una ceja.
—Gracias.
—No, idiota. Que nos compenetramos hasta para pedirnos matrimonio el mismo día. Tú preparándolo a escondidas y yo fastidiándote la sorpresa sin tener ni idea.
Roberto sonrió y buscó mi mano debajo de la mesa.
—Será que tocaba.
Quizá.
Entrelacé mis dedos con los suyos y volví a mirar el anillo.
Qué cosas tenía la vida. Durante años había pensado que ser libre consistía en no necesitar a nadie, en tomar mis propias decisiones y no permitir que ningún hombre condicionara mi vida.
Y ahora empezaba a entender algo distinto.
Con Roberto no me sentía menos libre. Me sentía más.
Porque no había llegado para decirme por dónde tenía que caminar.
Simplemente caminaba a mi lado. Lo miré otra vez.
—Te amo.
—Yo también te amo.
—Y esta vez no voy a decir ídem .
Se echó a reír. Mi padre, desde el otro lado de la mesa, levantó la cabeza.
—¿Qué ha dicho ahora?
—¡Roberto, ni se te ocurra!
Demasiado tarde.
Aquella Nochebuena ya tenía otra historia que mi familia iba a recordarme durante el resto de mi vida. Estaba feliz muy feliz.