L&L Capítulo 9
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Capítulo 9

Aquella mañana solo quería pasear, comprar regalos y disfrutar del hombre que acababa de decir delante de media familia que me amaba.

Aunque yo, como una imbécil, le hubiera contestado ídem .

Seguíamos caminando cogidos de la mano cuando me paré delante de un escaparate.

No había visto nada especial. Ni siquiera recuerdo qué vendían.

Simplemente se me había metido una idea en la cabeza y, como me ocurría casi siempre, una vez dentro necesitaba sacarla.

—¿Sabes qué estoy pensando, Roberto?

—Dime, preciosa.

Lo miré.

—Te amo.

Sonrió.

—Eso ya me gusta más que ídem .

—¿Quieres callarte? Estoy intentando ponerme romántica.

—Perdón. Continúa.

Respiré hondo.

—Te amo. Contigo me siento libre, me haces reír, me haces feliz y puedo ser exactamente como soy. No tengo que pensar si digo una barbaridad, si trabajo demasiado, si hablo demasiado o si estoy haciendo lo que se supone que debería hacer. Contigo soy yo. Y por todo eso te amo.

La sonrisa desapareció de su cara. No porque estuviera incómodo, sino porque había entendido que esta vez hablaba completamente en serio.

—Y estaba pensando que me gustaría que formalizáramos nuestra relación.

Se quedó mirándome.

—¿Una pedida?

Me encogí de hombros.

—Sí. ¿Por qué no una pedida?

—¿Me estás hablando de comprometernos?

—Sí, pero no mañana, Roberto. Bastante tenemos ahora mismo con sobrevivir a la Navidad. Cuando termine todo este lío, cuando sepamos qué pasa con Austria, con los barcos y con todo lo demás... Para primavera, por ejemplo.

Él seguía mirándome con una expresión que no conseguía interpretar.

—Hacemos una fiesta de pedida —continué—. Con nuestras familias, nuestros amigos, comemos, bebemos, celebramos que estamos juntos y lo hacemos oficial. Una pedida de las de toda la vida, pero a nuestra manera.

Entonces empezó a sonreír.

—Espera un momento.

—¿Qué?

—¿Me estás pidiendo tú a mí, muchacha?

Me entró la risa.

—Pues sí.

—¿Sí qué?

—Que sí, que te estoy pidiendo.

—Lourdes Marín, ¿me estás pidiendo formalmente que me comprometa contigo en mitad de una calle de Kitzbühel, sin anillo y después de haberme contestado ídem esta mañana?

—No estropees el momento.

—Necesito saber exactamente qué está pasando.

Le cogí las dos manos.

—Roberto, te pido que te comprometas conmigo. ¿Te parece suficientemente claro?

No contestó enseguida. Me miró durante unos segundos y, por primera vez, fui yo la que empezó a ponerse nerviosa.

—Bueno, tampoco hace falta que redactes un informe.

Roberto se echó a reír, me agarró por la cintura y me acercó a él.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Que sí, Lourdes. Me quiero comprometer contigo.

Noté una felicidad tan absurda que empecé a reírme.

—¿En primavera?

—En primavera hacemos la fiesta que quieras.

—No quiero una cosa exagerada.

Me miró.

—Tu familia, la mía, Lola, Gonzalo, Leonor, las niñas, tus hermanas, tus abuelos...

—Vale. Va a ser exagerada.

—Probablemente.

Lo abracé con fuerza.

—Pero el anillo te lo compro yo —me dijo al oído.

Me separé para mirarlo.

—¿Por qué?

—Porque algún derecho tendrá el novio en esta pedida.

—Eso podemos negociarlo.

—El anillo no se negocia.

—Roberto, soy agente inmobiliaria. Lo negocio todo.

—Esto no.

Me besó en mitad de la calle y yo me olvidé del frío. Cuando nos separamos, seguía sonriendo.

—Entonces, ¿estamos prometidos?

Pensé un momento.

—No. Todavía no.

—¿Cómo que no? Acabas de pedirme que me comprometa contigo.

—Ya, pero quiero mi fiesta.

Soltó una carcajada.

—Eres increíble.

—En primavera hacemos la pedida y entonces estaremos oficialmente prometidos. Hasta entonces hemos acordado prometernos.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Para mí sí.

—Entonces perfecto.

Volvimos a caminar cogidos de la mano. No tenía anillo.

No había rodillas en el suelo, ni champán, ni fotógrafo escondido, ni música de fondo.

Ni siquiera había sido él quien me lo había pedido.

Había sido yo. Y me encantaba. Porque si algo había aprendido durante aquellos meses era que no quería seguir esperando a que la vida decidiera por mí.

Quería a Roberto. Él me quería a mí. Así que, ¿por qué coño tenía que esperar a que fuera él quien hiciera la pregunta?

Seguíamos caminando cogidos de la mano cuando me paré delante de un escaparate. No había visto nada especial. Ni siquiera recuerdo qué vendían. Simplemente se me había metido una idea en la cabeza y, como me ocurría casi siempre, una vez dentro necesitaba sacarla.

—¿Sabes qué estoy pensando, Roberto?

—Dime, preciosa.

Lo miré.

—Te amo.

Sonrió.

—Eso ya me gusta más que ídem .

—¿Quieres callarte? Estoy intentando ponerme romántica.

—Perdón. Continúa.

Respiré hondo.

—Te amo. Contigo me siento libre, me haces reír, me haces feliz y puedo ser exactamente como soy. No tengo que pensar si digo una barbaridad, si trabajo demasiado, si hablo demasiado o si estoy haciendo lo que se supone que debería hacer. Contigo soy yo. Y por todo eso te amo.

La sonrisa desapareció de su cara. No porque estuviera incómodo, sino porque había entendido que esta vez hablaba completamente en serio.

—Y estaba pensando que me gustaría que formalizáramos nuestra relación.

Se quedó mirándome.

—¿Una pedida?

Me encogí de hombros.

—Sí. ¿Por qué no una pedida?

—¿Me estás hablando de comprometernos?

—Sí, pero no mañana, Roberto. Bastante tenemos ahora mismo con sobrevivir a la Navidad. Cuando termine todo este lío, cuando sepamos qué pasa con Austria, con los barcos y con todo lo demás... Para primavera, por ejemplo.

Él seguía mirándome con una expresión que no conseguía interpretar.

—Hacemos una fiesta de pedida —continué—. Con nuestras familias, nuestros amigos, comemos, bebemos, celebramos que estamos juntos y lo hacemos oficial. Una pedida de las de toda la vida, pero a nuestra manera.

Entonces empezó a sonreír.

—Espera un momento.

—¿Qué?

—¿Me estás pidiendo tú a mí, muchacha?

Me entró la risa.

—Pues sí.

—¿Sí qué?

—Que sí, que te estoy pidiendo.

—Lourdes Marín, ¿me estás pidiendo formalmente que me comprometa contigo en mitad de una calle de Kitzbühel, sin anillo y después de haberme contestado ídem esta mañana?

—No estropees el momento.

—Necesito saber exactamente qué está pasando.

Le cogí las dos manos.

—Roberto, te pido que te comprometas conmigo. ¿Te parece suficientemente claro?

No contestó enseguida. Me miró durante unos segundos y, por primera vez, fui yo la que empezó a ponerse nerviosa.

—Bueno, tampoco hace falta que redactes un informe.

Roberto se echó a reír, me agarró por la cintura y me acercó a él.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Que sí, Lourdes. Me quiero comprometer contigo.

Noté una felicidad tan absurda que empecé a reírme.

—¿En primavera?

—En primavera hacemos la fiesta que quieras.

—No quiero una cosa exagerada.

Me miró.

—Tu familia, la mía, Lola, Gonzalo, Leonor, las niñas, tus hermanas, tus abuelos...

—Vale. Va a ser exagerada.

—Probablemente.

Lo abracé con fuerza.

—Pero el anillo te lo compro yo —me dijo al oído.

Me separé para mirarlo.

—¿Por qué?

—Porque algún derecho tendrá el novio en esta pedida.

—Eso podemos negociarlo.

—El anillo no se negocia.

—Roberto, soy agente inmobiliaria. Lo negocio todo.

—Esto no.

Me besó en mitad de la calle y yo me olvidé del frío. Cuando nos separamos, seguía sonriendo.

—Entonces, ¿estamos prometidos?

Pensé un momento.

—No. Todavía no.

—¿Cómo que no? Acabas de pedirme que me comprometa contigo.

—Ya, pero quiero mi fiesta.

Soltó una carcajada.

—Eres increíble.

—En primavera hacemos la pedida y entonces estaremos oficialmente prometidos. Hasta entonces hemos acordado prometernos.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Para mí sí.

—Entonces perfecto.

Volvimos a caminar cogidos de la mano. No tenía anillo.

No había rodillas en el suelo, ni champán, ni fotógrafo escondido, ni música de fondo.

Ni siquiera había sido él quien me lo había pedido.

Había sido yo. Y me encantaba. Porque si algo había aprendido durante aquellos meses era que no quería seguir esperando a que la vida decidiera por mí.

Quería a Roberto. Él me quería a mí. Así que, ¿por qué coño tenía que esperar a que fuera él quien hiciera la pregunta?

Eso era lo que yo creía. Porque mientras paseaba por Kitzbühel sintiéndome una mujer moderna, decidida y tremendamente satisfecha conmigo misma por haber pedido al hombre que amaba que se comprometiera conmigo, la maquinaria Marín llevaba horas funcionando a mis espaldas.

Y yo no tenía ni puta idea. Volvimos al hotel cargados con algunas bolsas y muertos de frío.

Roberto se comportó con absoluta normalidad.

Demasiada normalidad, visto después. Comimos algo ligero, descansamos un rato y cada uno empezó a prepararse para la cena de Nochebuena.

Yo seguía pensando en nuestra conversación.

En primavera.

Una fiesta de pedida. Familia, amigos, comida, champán y seguramente mi madre intentando invitar a medio mundo. Me hacía ilusión. Muchísima. Incluso me sorprendí imaginando qué me pondría.

Qué imbécil.

Cuando empecé a arreglarme, Roberto recibió un mensaje.

—Tengo que bajar un momento.

—¿Ahora?

—Sí. Una cosa de Gonzalo.

—¿Qué cosa?

Me dio un beso.

—Cinco minutos.

No sospeché absolutamente nada. Ese fue mi nivel de inteligencia aquella noche. Me terminé de arreglar, me puse los pendientes y, cuando bajé, encontré a una de mis hermanas esperándome cerca del ascensor.

—¿Y tú qué haces aquí?

—Esperarte.

—¿Para qué?

—Para bajar juntas.

La miré.

—Qué rara estás.

—Tú siempre piensas que estamos raras.

—Porque últimamente lo estáis.

No respondió.

Cuando llegamos abajo apareció Lola.

—Estás guapísima.

Me paré.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Tú nunca me dices que estoy guapísima con esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Lourdes, baja de una vez.

Empecé a notar algo extraño. No sabía qué. Solo esa sensación de que todo el mundo sabía una cosa menos yo. Y lo odiaba.

—¿Dónde está Roberto?

—Dentro.

—¿Dentro de dónde?

—En el comedor.

—¿Y Leonor?

—También.

—¿Y mi madre?

—Lourdes, como sigas interrogándonos vamos a llegar a Nochevieja.

Entramos.