L&L Capítulo 8 #9
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Capítulo 8 #9

Volví a mirarla. Cada día me dejaba más sorprendida.

Mi madre había llegado a Austria preocupada por una casa llena de humedades y, en menos de una semana, estaba observando ratios de personal de un hotel sin saber siquiera que eso era lo que estaba haciendo.

Definitivamente, la vena Amalia venía fuerte.

Bajamos a desayunar y nos unimos a los que ya estaban sentados.

Roberto estaba con mi padre, Markus, Gonzalo y alguna de mis hermanas.

En cuanto me vio acercarme sonrió como si llevara esperándome toda la mañana.

Me incliné para darle un beso y aproveché para susurrarle al oído:

—Podías haberme llamado.

—Estabas tan guapa durmiendo que no he querido despertarte.

Me senté a su lado. Roberto se acercó a mí y, con toda la tranquilidad del mundo, añadió:

—Te amo, mi vida.

Me dejó de piedra. Una cosa era el te quiero de la noche anterior, desnudos, abrazados y todavía con el corazón intentando recuperar un ritmo normal.

Otra muy distinta era que a las nueve de la mañana, delante de un café y con mi padre a menos de un metro, me soltara un te amo, mi vida como si aquello llevara años formando parte de nuestro desayuno. No supe cómo reaccionar.

—Ídem.

Roberto me miró. Durante un segundo se quedó completamente serio. Y después empezó a reírse a carcajadas.

—¿Qué?

Cuanto más me miraba, más se reía.

—¡No te rías!

Mi padre levantó la cabeza.

—¿Qué pasa?

—Nada —contesté rápidamente.

Grave error.

—Cuéntanos el chiste, Roberto —dijo mi padre.

—Ni se te ocurra.

Por supuesto, se le ocurrió.

—Le he dicho que la amo y me ha contestado «ídem».

Hubo un segundo de silencio. Y después se empezaron a reír.

Todos.

—¡Será cabrón! —le dije.

Mi padre se reía todavía más.

—¿Ídem?

—¡No sabía qué decir!

—Pues «yo también», hija —dijo mi madre.

—Gracias, mamá. La próxima vez te llamo para que me redactes la respuesta.

Yo debía de estar cambiando de color por segundos. Roja, amarilla y otra vez roja. Roberto intentó abrazarme mientras seguía riéndose y le aparté el brazo.

—No me toques.

—Te amo.

—Ahora menos.

—Ídem.

Otra carcajada general.

—Os odio a todos.

Me serví café intentando conservar algo de dignidad, aunque a esas alturas ya no quedaba demasiada.

Cuando conseguimos dejar mi vida sentimental fuera del entretenimiento familiar, hablamos de lo que mi madre había observado en el hotel.

Le explicamos a Roberto lo de la cantidad de personal, los posibles puestos duplicados y la impresión de que había demasiada estructura para el volumen de trabajo que veíamos. Él no sacó conclusiones.

—Lo comprobaré con los datos. Plantilla completa, costes laborales, turnos, ocupación media anual y evolución de los últimos años. Si hay un problema ahí, aparecerá.

—Eso es lo que quiero —dijo mi madre—. Que lo mires. Yo solo digo lo que he visto.

Después del desayuno propusimos salir a conocer un poco la zona. Llevábamos en Austria varios días unos y unas horas otros, y prácticamente todo lo que habíamos visto eran un hotel, un chalet destrozado y carreteras cubiertas de nieve. Mis abuelos dijeron que ellos no iban a ninguna parte.

—Hace un frío que pela —sentenció mi abuelo—. Yo de aquí no salgo hasta que sea estrictamente necesario.

Mi abuela estuvo completamente de acuerdo. Mi madre tampoco quiso venir.

—Yo me quedo por aquí.

La miré.

—¿Vas a seguir investigando?

—Voy a mirar.

—Eso es investigar, mamá.

—Pues miraré con mucho disimulo.

Mi padre decidió quedarse con ellos, y poco a poco el supuesto plan de salir todos juntos se fue deshaciendo.

Mis hermanas tenían sus propios planes, Lola y Gonzalo desaparecieron con una rapidez bastante sospechosa y Leonor quería aprovechar la mañana con Markus y las niñas. Al final, Roberto y yo nos miramos.

—¿Nos vamos tú y yo? —preguntó.

—Eso parece.

Y me gustó.

Mucho.

Después de tantos días rodeados de familia, socios, hermanas, trabajadores, abogados, auditorías, guardeses inexistentes, yates y casas con humedades, de repente teníamos unas horas para nosotros. Salimos a la calle bien abrigados y el frío me golpeó en la cara.

—¡Joder!

Roberto se rio.

—Austria en diciembre. ¿Qué esperabas?

—Navidad. No una criogenización.

Me agarré a su brazo y empezamos a caminar.

Las calles estaban preciosas, llenas de luces y escaparates navideños.

Había gente paseando, familias, turistas cargados con bolsas y ese ambiente de víspera de Navidad que conseguía que todo pareciera más bonito de lo que probablemente era el resto del año.

Entramos en algunas tiendas sin ninguna prisa.

Yo quería comprar unos cuantos regalos para el día siguiente.

Pequeñas cosas. Nada de fortunas, patrimonios ni objetos que necesitaran un notario para entregarlos.

Regalos normales.

Me apetecía especialmente encontrar algo para mis padres y mis abuelos.

También para mis hermanas. Y para las gemelas, aunque Lola había asumido aquella misión como si Papá Noel la hubiera contratado personalmente.

Caminando de la mano de Roberto me di cuenta de algo que últimamente me ocurría demasiado.

Estaba feliz.

No eufórica por el dinero, ni impresionada por las propiedades, ni excitada por los negocios.

Feliz.

Lo miré.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Otra vez esa sonrisa contigo misma.

—Déjame.

Me dio un beso en la frente.

—Ídem.

Le pegué un golpe en el brazo.

—Como sigas con eso, esta noche duermes solo.

—No me lo creo.

—Yo tampoco.

Y seguimos caminando. Mañana sería Navidad, mi madre descubriría lo que habíamos hecho con la casa y las gemelas encontrarían un trineo iluminado en mitad de la nieve. Los problemas podían esperar unas horas.