Capítulo 8 #8
La habitación era magnífica, la cena había estado bastante bien, el servicio era correcto, las zonas comunes estaban cuidadas, el bar tenía ambiente y las habitaciones eran enormes.
Tampoco parecía vacío. Mientras subíamos en el ascensor yo seguía repasándolo mentalmente y no conseguía entender dónde estaba el problema.
—No le veo nada malo al hotel —dije.
Roberto estaba apoyado contra la pared del ascensor.
—Eso es porque estás mirando el hotel.
—Hombre, es lo normal cuando quieres saber qué le pasa a un hotel.
—Tú estás mirando habitaciones, empleados, comida, limpieza, clientes. Yo quiero ver mañana ocupación anual, costes, deuda, márgenes, contratos, financiación y dónde se está yendo el dinero.
Lo miré.
—Siempre consigues estropearme las cosas bonitas con palabras como márgenes .
—Es mi encanto.
—Pues esta noche déjate el encanto empresarial fuera de la habitación.
—Eso tenía pensado.
No sé si fue el alcohol, el cansancio, el día entero corriendo de un sitio a otro o simplemente que llevaba horas teniéndolo cerca sin prestarle demasiada atención, pero de pronto lo miré y me pareció especialmente guapo. Debió de notárseme.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Esa cara no es de nada.
—Estoy pensando.
—Mala señal.
Las puertas todavía no habían llegado a nuestra planta cuando Roberto me cogió por la cintura y me atrajo hacia él.
No me dio tiempo ni a protestar. Me besó con una intensidad que me hizo olvidar durante unos segundos el hotel, las cuentas, Austria, las calderas y hasta el árbol de Navidad.
Cuando se separó apenas unos centímetros, seguía sujetándome contra él.
—Llevo toda la noche con ganas de comerte —me susurró al oído.
Me entró la risa.
—Qué romántico eres cuando bebes.
—No he bebido tanto.
—Eso es peor.
Volvió a besarme.
—Mucho peor —murmuró.
Las puertas del ascensor se abrieron. Yo seguía riéndome cuando salimos al pasillo.
—Compórtate.
—¿Ahora?
—Por lo menos hasta que lleguemos a la habitación.
Miró la puerta que teníamos a pocos metros.
—Puedo intentarlo.
—Haz un esfuerzo.
Saqué la tarjeta, pero Roberto volvió a abrazarme por detrás mientras intentaba acertar en la cerradura.
—Así no puedo abrir.
—Ese es exactamente mi plan.
—Roberto...
—¿Qué?
Me besó en el cuello. Me eché a reír otra vez y conseguí abrir la puerta al segundo intento.
—Dentro.
—Eso también tenía pensado.
Entramos y cerré la puerta detrás de nosotros.
Por primera vez en todo el día no había nadie esperando una llamada, ninguna hermana necesitaba instrucciones, ningún jardinero quería una decisión, ninguna caldera estaba rota y, al menos hasta la mañana siguiente, los problemas del hotel podían seguir siendo un misterio.
Aquella noche tenía otros planes. Y, por la cara de Roberto, él también.
Me cogió por la cintura y empezó a besarme mientras me quitaba la ropa.
Yo hacía lo mismo con la suya entre besos, risas y manos que parecían tener más prisa que nosotros.
En cuestión de segundos estábamos completamente desnudos, como dos personas que llevaban toda la noche esperando quedarse a solas y ya no tenían ninguna intención de perder el tiempo.
—Méteme de todo menos miedo —le susurré.
Era una de esas barbaridades que alguna vez le había dicho y que siempre conseguía hacerle reír. Roberto soltó aquella carcajada suya que inevitablemente terminaba contagiándome.
—Esta noche te meto hasta miedo.
—Idiota.
Volví a besarlo. Nos abrazamos y acabamos sobre la cama.
Me puse encima de él y dejé de pensar. Me moví con esa libertad que siempre había tenido con Roberto, sin vergüenza, sin medir nada, disfrutando de su cuerpo y del mío, de sus manos recorriéndome y de aquella sensación de tenerlo completamente dentro de mí.
Me encantaba aquella posición. Me hacía sentir poderosa, salvaje, dueña de mi propio placer.
Aumenté el ritmo mientras Roberto me sujetaba por las caderas y sentí cómo todo mi cuerpo empezaba a tensarse.
El primer orgasmo llegó con tanta fuerza que tuve que apoyarme sobre su pecho para no perder el ritmo.
Roberto también estaba al límite; lo notaba en su respiración, en sus manos, en la forma en que me miraba.
En lugar de detenerme, seguí moviéndome con más fuerza hasta notar como se corría dentro de mí, que placer más inmenso.
Lo besé.
No quería dejarlo respirar. Ni respirar yo.
Solo quería seguir. Otra oleada de placer me atravesó y durante unos segundos pensé que iba a desmayarme.
Roberto me sujetó con fuerza y me ayudó a continuar mientras yo me abandonaba por completo a aquel placer, Cuando llegó el siguiente orgasmo, más intenso que los anteriores, me quedé sin fuerzas encima de él, con el corazón desbocado y la respiración rota. Tardé un rato en recuperar el aire.
—Nuestro sexo siempre es eléctrico —conseguí decir.
Roberto sonrió y me apartó el pelo de la cara. Después me besó despacio, un beso completamente distinto a los anteriores. Largo, cálido, sin ninguna prisa.
—Te quiero, amor.
Lo miré.
No tuve que pensarlo.
—Te quiero, mi vida.
Y quizá fue precisamente eso lo que más me impresionó.
No haberlo pensado. Me salió solo. Me acomodé contra su pecho y Roberto me rodeó con los brazos.
Afuera hacía un frío de cojones, teníamos un chalet medio destrozado, un hotel cuyas cuentas no cuadraban, dos yates con facturas sospechosas y una familia que de pronto parecía tener negocios repartidos por media Europa.
Pero allí dentro se estaba caliente. Estaba abrazada al hombre al que acababa de llamar mi vida sin darme cuenta. Llamaron a la puerta.
Abrí los ojos completamente desorientada. Durante unos segundos no supe dónde estaba, qué hora era ni por qué tenía la boca como si hubiera estado comiendo algodón. Estiré una mano hacia el otro lado de la cama.
Vacío.
Roberto no estaba. Volvieron a llamar.
—Ya voy...
Me levanté y encontré el albornoz del hotel sobre una silla. Ni siquiera había terminado de ponérmelo cuando abrí la puerta. Era mi madre.
—¡Mamá! Todavía no estoy vestida.
Intenté cerrar un poco el albornoz.
—Hija, por Dios, que te he cambiado los pañales.
Entró como si la habitación fuera suya.
—Eso fue hace treinta y cuatro años. Las circunstancias han cambiado.
—Pues tampoco has cambiado tanto.
—Gracias, mamá.
Se sentó tranquilamente mientras yo intentaba despertarme.
—Tengo que hablar contigo de lo que vi ayer. Creo que sé qué es lo que no cuadra en este hotel.
Eso consiguió despejarme un poco.
—Dame diez minutos.
—Te hablo mientras te arreglas.
—Claro. ¿Por qué respetar mi resaca?
Me metí en el baño mientras mi madre empezó a contarme cosas desde fuera.
La oía hablar de camareros, empleados, recepción, habitaciones, desayunos, turnos y no sé cuántas cosas más mientras yo me duchaba intentando que el agua caliente me devolviera al mundo de los vivos.
Cuando salí, me estaba secando el pelo con una toalla y ella seguía hablando.
—Mamá.
—¿Qué?
—Simplifícame lo que dices que has visto del hotel.
Mi madre se quedó callada un instante.
—Demasiada gente.
Bajé la toalla.
—¿Clientes?
—No. Empleados.
Eso ya me interesó.
—Sigue.
—Ayer me pasé casi toda la tarde aquí. Bajé a tomar un café, estuve en recepción, fui al restaurante, di una vuelta... No estaba investigando, Lourdes. Simplemente miraba. Y empecé a ver personas distintas haciendo trabajos que podían hacer las mismas.
Me senté frente a ella.
—¿Por ejemplo?
—En recepción vi varios cambios de personal en pocas horas.
En el comedor había más camareros de los que parecían necesarios para las mesas ocupadas.
Luego pregunté por una cosa en recepción y llamaron a otra persona para resolver algo que podía haber solucionado quien me estaba atendiendo.
Todo funciona bien, eso es verdad. Precisamente por eso llama la atención.
—Mucho personal para el trabajo que hay.
—Eso creo. Y no solo eso. Da la impresión de que hay puestos duplicados.
Me quedé pensando.
—Pero ayer el hotel tenía bastante gente.
—Ayer era 23 de diciembre. Quiero saber cómo está un martes cualquiera de noviembre.
Ahí mi madre me sorprendió.
—Coño, mamá.
—¿Qué?
—Nada. Continúa.
—También pregunté a una camarera cuánto tiempo llevaba trabajando aquí. Muchos años. Luego hablé con otra persona y lo mismo. No parece que tengan una plantilla temporal reforzada solo por Navidad. Parece una estructura fija muy grande.
Aquello encajaba con algo que Roberto había dicho la noche anterior. No bastaba con mirar si las habitaciones eran bonitas o si la comida estaba buena. Había que mirar los costes.
—¿Y crees que eso explica que el hotel vaya mal?
Mi madre negó inmediatamente con la cabeza.
—No lo sé. Y no quiero acusar a nadie de nada. Solo te digo lo que vi.
Perfecto.
Eso era mucho más útil que una teoría.
—Entonces lo que tenemos es una pista.
—Exactamente. El hotel está bien, Lourdes. Las habitaciones son estupendas, está limpio, la comida es buena, los empleados trabajan bien. Por eso no entiendo que los números sean malos.
Me levanté y empecé a buscar ropa.
—Pues habrá que averiguar cuánto cuesta mantener todo esto funcionando así.
—Eso.
—Número real de empleados, salarios, turnos, horas extraordinarias, departamentos, puestos duplicados, ocupación media...
Mi madre sonrió.
—Eso ya se lo preguntas a tu novio, que para eso entiende de números. Yo solo miro.
—Pues para solo mirar estás dando bastante por culo.
—De nada.
Me reí.
—¿Dónde está Roberto?
—Abajo desayunando con tu padre.
—¿Y no podías haber hablado con él?
—Quería hablar primero contigo.
Aquello me gustó más de lo que dejé ver. Me acerqué y le di un beso.
—Vale. Me visto y bajamos. Se lo contamos, pero de momento no hacemos nada. Que compruebe los números y vea si tu impresión coincide con las cuentas.
—Eso pensaba yo.