Capítulo 8 #7
Una vez documentado todo lo que había dentro y retirado el desastre, apareció una casita preciosa.
Pequeña, acogedora, con las ventanas iluminadas y el tejado cubierto de nieve.
Lola se tomó lo de Hansel y Gretel como un desafío personal.
Puso luces alrededor de las ventanas, guirnaldas en la entrada y adornos por todas partes sin llegar a convertirla en una feria.
—Está monísima —dije.
—¿Monísima? —protestó—. Está espectacular.
—No te vengas arriba.
—Mírala.
La miré.
—Vale. Está espectacular.
Pero lo mejor estaba en el jardín. Olga había encontrado una empresa que disponía de decoración navideña de gran formato y, entre unas cosas y otras, había conseguido un trineo tirado por varios renos enormes completamente iluminados.
Lo instalaron cerca del gran árbol, que también quedó cubierto de luces.
Cuando lo encendieron todo, me quedé quieta mirando.
—Las niñas van a alucinar —dijo Olga.
—Y mi madre.
Eso era lo que más ilusión me hacía. Habíamos decidido no traerla hasta el día 25. Mañana celebraríamos la Nochebuena en el hotel como estaba previsto, observaríamos cómo funcionaba y disfrutaríamos de la cena todos juntos. Y al día siguiente la traeríamos aquí. Quería ver su cara.
Quería que recordara el chalet que había encontrado unos días antes y después viera aquello: el jardín limpio, las luces, el árbol enorme iluminado, el trineo, los renos y la casita de cuento.
Los problemas seguirían existiendo, pero por primera vez podría mirar aquella propiedad sin pensar únicamente en todo lo que alguien había dejado estropear.
Mi abuelo apareció a mi lado y me cogió del brazo.
—Tu madre se va a emocionar.
Lo miré y entonces me di cuenta de que estaba agotado. Llevaba días allí, pendiente de la casa, entrando y saliendo, mirando averías y acompañando a todo el mundo como si tuviera veinte años menos de los que tenía.
—Y tú te vas al hotel.
—Estoy bien.
—Sí, claro. Y yo mido uno ochenta.
—Eso no lo arregla ni el dinero.
—Abuelo...
Se rio.
—Vamos, pelirroja. Que estoy cansado.
Eso ya me preocupó más, porque si él mismo lo reconocía era que realmente lo estaba.
Llamamos al hotel para preguntar a qué hora servían la cena del día 23 y avisamos de que ya íbamos de camino.
Dejamos a los profesionales terminando las últimas cosas que podían hacerse aquella noche y nos marchamos con una sensación completamente distinta a la que habíamos tenido al llegar.
Durante el trayecto no parábamos de hablar de la sorpresa.
—No podéis decir nada —advertí—. Ni una palabra.
—Yo no voy a decir nada —aseguró mi padre.
—Tú eres incapaz de guardar una sorpresa delante de mamá.
—¿Perdona?
—Papá, se te nota hasta cuando le has comprado un perfume.
—Eso no es verdad.
Mi abuelo intervino desde atrás.
—Es verdad.
Nos echamos a reír. Olga enseñó en el móvil una de las fotografías que había hecho con todas las luces encendidas.
—Esto con las niñas delante del trineo va a quedar precioso.
—No se la enseñes a nadie —le dije—. Como esa foto llegue al grupo familiar, te despido.
—¿Antes o después de pagármelo todo?
—Después. No soy una explotadora.
Llegamos al hotel cansados, con frío y bastante sucios, pero con esas caras de idiotas que se te quedan cuando sabes que has preparado algo bonito para alguien y estás deseando que lo vea.
Nos fuimos directamente a las habitaciones para ducharnos y cambiarnos antes de bajar a cenar.
Cuando entré en el comedor, mi primera impresión fue buena.
El ambiente era agradable, las mesas estaban bien montadas, la iluminación era cálida y el personal se movía con bastante soltura.
Había clientes, pero no daba sensación de caos.
Nos acompañaron hasta nuestra mesa y empezamos a sentarnos mientras yo, inevitablemente, observaba.
Aparentemente, todo funcionaba. Entonces vi a mi madre.
Se me borró parte de la sonrisa. No tenía buena cara.
No parecía cansancio. Llevaba demasiado tiempo observándola como para no distinguirlo.
Tenía esa expresión suya de cuando algo le preocupaba y todavía no había decidido cómo contarlo.
Busqué mi sitio y, al ver que no estaba junto a ella, hice un cambio rápido.
—Papá, cámbiame el sitio.
—¿Por qué?
—Porque quiero sentarme con mamá.
Me miró, después la miró a ella y no preguntó más. Me senté a su lado.
—¿Qué pasa?
—Nada. Luego hablamos.
—Mamá.
—Ahora no, Lourdes.
Aquello confirmó que sí pasaba algo. Cogí la servilleta y me la coloqué sobre las piernas sin insistir.
Delante de nosotros empezaban a servir la cena y alrededor de la mesa todo el mundo hablaba, las gemelas estaban revolucionadas y Lola discutía con Gonzalo por alguna tontería.
Yo miré a mi madre de reojo. Habíamos pasado la tarde intentando devolverle la vida a una casa.
Y tenía la sensación de que, mientras nosotros estábamos fuera, mi madre había empezado a descubrir por qué aquel hotel no funcionaba tan bien como parecía.
Terminamos la cena y, la verdad, ni tan mal.
O quizá estaba demasiado cansada para ser objetiva.
A esas alturas podían haberme servido una zapatilla con salsa y probablemente habría preguntado si llevaba guarnición.
Lo único que tenía claro era que los austríacos parecían sentir una pasión bastante seria por la mantequilla.
Había mantequilla donde esperaba encontrarla y también donde no.
Los postres mejoraron considerablemente mi opinión sobre el asunto. Cuando terminamos, alguien —no recuerdo quién, aunque probablemente Lola— hizo la pregunta inevitable.
—¿Quién quiere una copa?
Mi padre negó con la cabeza enseguida. Mis abuelos también estaban agotados y los padres de Leonor dijeron que se retiraban y que se llevaban a las gemelas con ellos. Leonor intentó protestar, pero su madre no le dio opción.
—Tú quédate un rato con tus amigos. Nosotras nos llevamos a las niñas.
—Mamá, llevan todo el día revolucionadas.
—He criado una hija. Creo que podré acostar a dos nietas.
—No son tus nietas.
La madre de Leonor la miró.
—Esta noche sí.
Me gustó aquella respuesta. Las gemelas estaban tan cansadas que una ya se frotaba los ojos mientras aseguraba que no tenía sueño. La otra preguntó si al día siguiente iba a venir Papá Noel a Austria, cuestión que provocó un intercambio de miradas entre Lola, Olga y yo.
—Por supuesto —dije—. Papá Noel tiene GPS.
—¿Y sabe dónde estamos?
—Mejor que nosotros.
Se quedó conforme. Cuando los mayores y las niñas se marcharon, los demás nos quedamos en el bar del hotel. Tampoco teníamos demasiadas alternativas. Uno de los camareros nos había explicado que por la zona, a aquellas horas y en aquellas fechas, no encontraríamos gran cosa abierto.
—Eso dice él —comenté mientras nos acomodábamos—. Nosotros no sabemos cuál es el horario de los pubs austríacos.
Olga levantó una ceja.
—¿Quieres que lo pregunte?
—No. Como descubras que hay alguno abierto, Lola querrá ir.
—Perdona —protestó ella—. ¿Por qué yo?
Gonzalo se sentó a su lado.
—Porque te conocemos.
—Pues yo pensaba tomarme una copa tranquilamente aquí.
—Eso dices ahora —le respondí.
El bar era agradable, con sillones amplios, madera oscura, una chimenea encendida y esa iluminación tenue que conseguía que todo el mundo pareciera más guapo después de las diez de la noche.
Nos repartimos como pudimos: mis hermanas, Lola y Gonzalo, Leonor y Markus, Roberto y yo.
Por primera vez desde que habíamos aterrizado no teníamos que organizar nada, llamar a nadie ni solucionar una avería. Pedí una copa y me hundí en el sillón.
—Como alguien me diga ahora mismo que hay otra propiedad familiar en Austria, renuncio a la herencia.
Roberto se acomodó junto a mí.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque mañana se te pasa.
—Qué poco me conoces.
—Te conozco lo suficiente.
Me dio un beso en la sien. Lola levantó su copa.
—Yo quiero brindar.
—Eso es peligroso —dije.
—Por la casa de Hansel y Gretel.
Olga levantó la suya.
—Y por mi árbol.
—Nuestro árbol —la corregí.
—Yo conseguí las luces.
—Con nuestro dinero.
—Entonces por nuestro árbol.
Chocamos las copas. Solo faltaba ver la cara de mi madre el día 25.
Y mientras los demás hablaban, yo seguía pensando en la expresión que había tenido durante la cena.
Había dicho que luego hablaríamos. Y mi madre podía haberse ido a descansar con los demás, pero antes de marcharse se había acercado a mí y me había apretado el brazo.
—Mañana te cuento —me dijo en voz baja—. Esta noche disfruta.
No había querido insistir. Pero aquello me confirmó una cosa.
Había visto algo. Así que hice exactamente lo que me había pedido.
Me acomodé junto a Roberto, cogí mi copa y decidí concederme unas horas sin auditorías, sin facturas falsas, sin humedades y sin guardeses desaparecidos.
Mañana sería Nochebuena. Después ya averiguaríamos qué coño había descubierto mi madre.
Después de una buena noche de risas, algo de baile y más alcohol del que probablemente necesitábamos después del día que llevábamos encima, fuimos retirándonos cada uno a nuestras respectivas habitaciones.
Mi madre había reservado una sola habitación para Roberto y para mí.
Ni siquiera me había preguntado. Exactamente lo mismo había hecho con Lola y Gonzalo, lo que me hizo bastante gracia porque, por lo visto, Marisa había decidido que a aquellas alturas determinadas formalidades eran una pérdida de tiempo.
Mis hermanas compartían una habitación triple y, cuando me enteré, pensé que iban a estar como piojos en costura.
Pues no. Había entrado un momento antes de bajar a cenar y aquello era enorme.
Tenían espacio de sobra, una zona de estar y dos baños en suite, así que podían tardar tres horas en arreglarse sin matarse entre ellas.
La verdad era que, cuanto más veía del hotel, menos pegas encontraba.