Capítulo 8 #6
—No estoy calculando dinero. Estoy pensando qué podemos hacer sin tocar obra para que mañana esto parezca otra cosa.
La miré.
—¿En veinticuatro horas?
—No voy a arreglar la casa, Lourdes. Voy a hacer que tu madre pueda entrar y verla como una casa.
Ahí entendí por qué Lola era mi socia.
—Hazlo.
—¿Presupuesto?
Pensé un segundo.
—Razonable.
Se echó a reír.
—Eso no es un presupuesto.
—Pues no te vuelvas loca.
—Eso tampoco es una cifra.
—Lola.
—Vale, vale.
Roberto se acercó a una de las ventanas y miró hacia el jardín.
—Mañana con nieve, el jardín limpio y ese árbol iluminado puede quedar espectacular.
Me puse a su lado.
—Eso quiero.
No pretendía engañar a nadie. Las humedades seguirían allí.
Las tuberías seguirían necesitando reparación y el informe de Markus continuaría diciendo exactamente lo mismo.
Después de Navidad llegarían los profesionales, las obras, las reclamaciones y, si correspondía, las denuncias.
Pero mañana sería Nochebuena. Y durante una noche quería que aquella casa dejara de parecer un patrimonio abandonado y volviera a parecer lo que seguramente Amalia había querido que fuera algún día. Una casa llena de gente.
Con niños.
Con luces.
Con regalos debajo de un árbol. Miré a Olga, que seguía organizándolo todo desde el teléfono. Quizá mi madre no era la única a la que le estaba saliendo la vena Amalia. Lola dio otra vuelta por el salón y empezó a señalar cosas con el dedo.
—Olga, búscame también una empresa de limpieza normal. Nada de los sanitarios de Leonor, por favor. Aquí no hay sangre ni cadáveres, solo abandono.
—Que sepamos —dije.
—No ayudes.
Olga volvió a sacar el teléfono.
—¿Para cuándo?
Lola y yo la miramos a la vez.
—Hoy —dijimos.
Mi hermana puso los ojos en blanco.
—Claro. Veintitrés de diciembre, en Austria, y vosotras queréis jardineros, electricistas, calefacción, decoración navideña y ahora también una empresa de limpieza para hoy. ¿Algo más?
Lola miró alrededor.
—Flores de Pascua.
—¿Perdón?
—Flores de Pascua. Unas cuantas por aquí, otras por allá. Algo de verde, unas velas, cojines, mantas... No necesito mucho. Los muebles son buenos.
Pasó la mano por el respaldo de uno de los sofás y lo observó con atención.
—Muy buenos, de hecho. Aquí no hay que cambiarlo todo. Hay que limpiar, ventilar, colocar cuatro cosas y devolverle un poco de vida. Con unos adornos por aquí, flores de Pascua por allá y el jardín arreglado, esta casa parecerá habitada.
Eso era exactamente lo que quería. Mi abuelo, mientras tanto, estaba otra vez con la caldera.
—El problema es que esto...
Empezó a explicarme algo sobre presión, quemadores, circuito o vaya usted a saber qué. Lo escuché durante aproximadamente quince segundos antes de asumir que no estaba entendiendo absolutamente nada.
—Abuelo, una pregunta. ¿Funciona?
—Ahora mismo, no.
—Pues ya está.
Miré a Olga.
—Busca a alguien que pueda venir hoy a revisar la calefacción.
Mi abuelo protestó.
—Pero si yo te estoy diciendo lo que tiene...
—Y yo te quiero muchísimo, pero no vas a arreglar tú la caldera.
—Yo no he dicho que vaya a arreglarla.
—Todavía.
Roberto se rio por lo bajo.
—Estamos a dos grados —continué—. Sin calefacción aquí no puede estar nadie. Que venga un técnico, que determine qué le pasa y, si puede repararla hoy de forma segura, que la repare. Esto sí es urgente.
—Eso sí podemos hacerlo —dijo Roberto—. Evitar que la casa siga deteriorándose por frío o por una avería entra dentro de las medidas de conservación.
—Perfecto. Y factura de todo —añadí—. Quiero saber cuánto cuesta hasta el último tornillo.
Olga ya estaba buscando un servicio técnico. Salimos de la casa principal para ver la casita de los guardeses. Desde fuera parecía simplemente cerrada y descuidada, pero en cuanto abrimos la puerta entendimos que aquello era otra historia.
—Joder —dijo Lola.
No se me ocurrió una descripción mejor. Había botellas vacías, bolsas, envases, restos de comida reseca, vasos, papeles y basura acumulada por todas partes.
No parecía el resultado de una noche de fiesta.
Parecía el resultado de una fiesta encima de otra, y de otra, y probablemente de alguna más.
El salón estaba revuelto, había ceniceros llenos y una mesa cubierta de porquería.
En la cocina, preferí no investigar demasiado.
Mi padre entró detrás de nosotros y se quedó mirando.
—Cuando vinimos estaba cerrada. No quisimos tocar nada.
—Hicisteis bien.
Miré a Roberto.
—¿Esto estaba incluido en lo que supuestamente mantenían los guardeses?
—En principio, sí.
Aquello ya no era solo dejadez. Me acerqué a una de las ventanas sin tocar nada.
Si los guardeses no vivían allí, como nos habían dicho, alguien sí había utilizado aquella casa.
Y bastante. Marta iba a disfrutar muchísimo con aquello.
Saqué el teléfono, hice varias fotografías y se las envié.
No limpiamos hasta que me digas si podemos. Su respuesta llegó poco después.
Fotografiad y grabad todo primero. No tiréis documentación, recibos, papeles, envases identificables ni nada que pueda servir para determinar quién ha estado allí. Cuando esté documentado, podéis limpiar lo necesario para conservar y usar el inmueble.
—Vale —dije—. Primero fotos y vídeo de absolutamente todo. Después limpieza.
Olga me miró.
—¿La misma empresa?
—Sí, si pueden asumirlo. Si no, que nos recomienden otra. Pero esto necesita una limpieza a fondo.
Lola abrió una puerta, miró dentro y volvió a cerrarla.
—Muy a fondo.
—Y cuando terminen quiero que la decores.
Se volvió hacia mí.
—¿Esta también?
—Esta especialmente.
—¿Qué quieres?
Miré la pequeña casa desde la puerta. Con aquel tejado, las ventanas y la nieve alrededor, si quitábamos toda aquella mierda podía quedar preciosa.
—Quiero la casa de Hansel y Gretel.
Lola sonrió despacio.
Mala señal.
—Explícate.
—Muchas luces. Muchísimas. Ventanas iluminadas, guirnaldas, adornos, algo en la puerta... Quiero que las gemelas la vean desde fuera y quieran entrar corriendo.
—Eso puedo hacerlo.
—Sin bruja —dijo Roberto.
—Imprescindible —contesté—. Bastantes problemas tenemos ya.
Olga se echó a reír mientras volvía a llamar a otra empresa.
Salí al jardín y miré las dos casas. La principal era magnífica incluso en aquel estado.
La pequeña, debajo de toda aquella suciedad, tenía posibilidades.
Si conseguíamos limpiar el terreno, retirar el árbol seco, iluminar el grande, reparar la calefacción y darle a todo un poco de Navidad, al menos podríamos devolverle durante unos días algo parecido a la vida.
Las reparaciones importantes vendrían después. La investigación también.
Porque alguien había cobrado durante años por cuidar aquello y, a la vista estaba, no lo había hecho.
Y ahora teníamos algo más. Una casita de guardeses que supuestamente nadie utilizaba y que parecía haber albergado suficientes fiestas como para celebrar varias Navidades seguidas.
No dije nada. Ya tendríamos tiempo para averiguar quién coño se había divertido allí. Ahora quería luces.
Muchas.
Si las gemelas iban a pasar su primera Nochebuena austríaca rodeadas de adultos hablando de auditorías, hoteles, facturas falsas y denuncias, al menos iban a tener un árbol enorme, regalos y una casita de Hansel y Gretel iluminada en mitad de la nieve.
Para investigar mierdas ya estábamos los mayores.
Enseguida se hizo de noche. En diciembre, en Austria, la tarde parecía durar un suspiro, pero la empresa de jardinería estaba más que acostumbrada a trabajar con aquellas condiciones.
Llegaron preparados con unos focos enormes que fueron colocando por distintas zonas del terreno y, en cuanto los encendieron, aquello pareció una obra nocturna.
Y empezaron a hacer magia. No encontré otra forma de definirlo.
Por donde pasaban, el abandono desaparecía.
Retiraban montones de hojas, recogían ramas, limpiaban caminos, recortaban lo que llevaba demasiado tiempo creciendo sin control y despejaban zonas del jardín que ni siquiera habíamos podido apreciar cuando llegamos.
El árbol seco quedó pendiente de la comprobación definitiva antes de cortarlo, pero todo lo demás avanzaba a una velocidad increíble.
No estaban arreglando los problemas de la casa.
Las humedades seguían allí y las reparaciones importantes tendrían que esperar al informe de Markus y a que Marta nos dijera hasta dónde podíamos intervenir.
Pero estaban devolviéndole dignidad. La empresa de limpieza hizo exactamente lo mismo dentro.
Lola iba detrás dando indicaciones, cambiando alguna cosa de sitio, colocando unas flores de Pascua aquí, otras allá y aprovechando los muebles que ya había.
—Te lo dije —comentó satisfecha—. Los muebles son buenos. Esta casa no necesitaba muebles nuevos. Necesitaba que alguien la quisiera un poco.
Me gustó aquella frase. Mientras tanto, el técnico de la calefacción consiguió poner en funcionamiento la caldera de la casa principal y revisó también la instalación de la casita de los guardeses. Cuando empezó a notarse calor dentro casi me dieron ganas de abrazarlo.
—Dos grados fuera —le dije a Roberto—. Yo puedo ser muy romántica con la nieve siempre que la vea desde detrás de un cristal y con la calefacción puesta.
—Eso limita bastante tu espíritu aventurero.
—Mi espíritu aventurero necesita veintidós grados.
También cambiaron bombillas fundidas, revisaron puntos de luz y encendieron zonas de la casa que llevaban quién sabía cuánto tiempo a oscuras.
Cada lámpara que se iluminaba cambiaba un poco el aspecto del lugar.
La casa seguía necesitando una cantidad considerable de trabajo, pero ya no parecía muerta.
Y la casita de los guardeses... Aquello fue otra historia.