Capítulo 8 #5
Ese día llevaba unos cuantos. Nos entregaron las habitaciones sin saber quiénes éramos.
Perfecto. Nadie había corrido a buscar al director, nadie había preparado una recepción especial ni había aparecido una botella de champán porque una de las familias accionistas acababa de entrar por la puerta.
Éramos simplemente un grupo enorme y un poco escandaloso que había reservado habitaciones y una cena de Nochebuena. Justo lo que mi madre quería.
Mientras esperábamos a que terminaran de repartir las llaves, observé el vestíbulo.
A primera vista no parecía un hotel en problemas.
Era bonito, elegante, estaba limpio y tenía clientes.
El personal nos había atendido correctamente.
Nada gritaba aquí se está perdiendo dinero .
Eso me preocupó más. Si hubiéramos encontrado suciedad, empleados desastrosos, muebles rotos y una recepción incapaz de gestionar una reserva, el problema habría sido evidente.
Pero si el hotel funcionaba aparentemente bien y aun así los resultados no acompañaban, entonces tendríamos que mirar debajo de la alfombra.
Y últimamente, cada vez que mirábamos debajo de una alfombra, aparecía mierda. Lola se acercó a mí.
—La decoración no está mal.
—Eso, viniendo de ti, es casi una estrella Michelin.
—He dicho que no está mal. No te emociones.
—¿Cambiarías cosas?
Me miró como si la hubiera insultado.
—Lourdes, siempre cambiaría cosas.
—Pregunta estúpida.
Roberto apareció por detrás y me rodeó la cintura.
—¿Ya estáis trabajando?
—Nosotras nunca dejamos de trabajar.
—Mentira —dijo Lola—. A veces bebemos.
Gonzalo, que estaba a unos pasos, levantó una ceja.
—Eso también lo hacéis trabajando.
—Por eso somos buenas.
Me reí.
Al pasar cerca del restaurante eché un vistazo hacia dentro. Estaban preparando las mesas para las cenas de aquellos días y, al fondo, pude ver parte del comedor donde celebraríamos la Nochebuena. Mi madre también miró, pero no dijo nada.
Aquella noche y, sobre todo, durante la cena del día siguiente, tendríamos tiempo suficiente para observar cómo funcionaba uno de los hoteles en los que la familia tenía participación.
No íbamos a interrogarlos ni a jugar a detectives de película.
Comeríamos, dormiríamos, pediríamos cosas normales y prestaríamos atención.
Después de Navidad, Roberto podría comparar lo que viéramos con los números.
—Bueno —murmuré—. A ver qué se cuece aquí.
Roberto me miró.
—Literalmente, mañana.
—Solo espero que no descubramos el problema del hotel cuando nos envenenen con la cena.
—Eres muy optimista.
—Últimamente tengo motivos.
Mi madre se volvió desde el mostrador de recepción.
—¿Venís?
—Sí, mamá.
Cogí mi maleta y seguí al resto hacia los ascensores.
Habíamos ido a Austria para celebrar la Nochebuena.
También para comprobar qué demonios estaba pasando con aquel hotel, para esperar el informe definitivo del chalet y, de paso, intentar que una familia que cada semana parecía incorporar nuevos miembros pudiera sentarse junta alrededor de una mesa.
Miré a los míos repartidos por el vestíbulo.
Mis padres, mis abuelos, mis hermanas, mis amigos, las gemelas correteando alrededor de Leonor, Gonzalo pendiente de Lola y Roberto caminando a mi lado como si llevara toda la vida formando parte de aquel caos.
Sonreí otra vez. Habíamos viajado hasta Austria buscando problemas.
Y conociendo nuestra suerte, no dudaba de que los encontraríamos.
Dejamos las maletas en las habitaciones y lo primero que hice fue llamar a Lola.
—Baja. Nos vamos a ver la casa.
—¿Ahora?
—Ahora.
Después llamé a mi madre.
—Mamá, vamos al chalet. ¿Te vienes?
—No, hija. Estoy cansada. Llevo varios días entrando y saliendo de allí y hoy necesito descansar un poco.
—Pues descansa. Luego te cuento.
Mi padre y mi abuelo, en cambio, dijeron que se venían en cuanto se enteraron.
Mi abuelo aseguró que quería enseñarme «un par de cosas», frase que últimamente me producía cierto temor porque podía significar desde una humedad hasta una caldera que había decidido desmontar mentalmente. La siguiente fue Olga.
—Te necesito de traductora.
—¿Otra vez?
—Hasta que consiga asumir que hablas alemán, sí. Y necesito el coche de alquiler para ir a la casa.
Olga había reservado un SUV negro de siete plazas, automático, suficientemente grande para llevarnos a todos sin tener que alquilar un autobús cada vez que quisiéramos movernos.
Roberto se ofreció a conducir. Fuimos él, mi padre, mi abuelo, Lola, Olga y yo.
Leonor se quedó en el hotel con Markus, sus padres y las gemelas.
Después de varios días trabajando en Austria y lejos de sus hijas, se había ganado que por una tarde los problemas fueran nuestros.
Cuando llegamos al chalet se me cayó el alma a los pies.
Las fotografías no le hacían justicia. Y no precisamente para bien.
El jardín parecía llevar varias temporadas sobreviviendo por su cuenta.
Había hojas acumuladas de los años que quisieras, ramas caídas, zonas completamente descuidadas y plantas que habían crecido sin ningún criterio.
Las paredes exteriores mostraban manchas de humedad visibles desde bastante lejos y, en uno de los laterales, el deterioro era mucho más evidente de lo que había imaginado viendo las imágenes que me había enviado mi madre.
Me quedé delante de la casa sin decir nada.
Aquello no era simplemente una propiedad que necesitara una puesta a punto. Era una casa a la que habían dejado de cuidar. Mi padre se acercó.
—Ahora entiendes por qué tu madre no quería marcharse.
Sí. Lo entendía. Seguimos caminando y vi un árbol completamente seco en una zona del jardín.
—Ese árbol hay que cortarlo.
Mi abuelo lo miró.
—Como se venga abajo con nieve o viento, puede dar un disgusto.
—Olga.
Mi hermana ya estaba sacando el teléfono.
—Dime.
—Necesito una empresa de jardinería de la zona.
Quiero que vengan cuanto antes. Pero que no toquen nada relacionado con los daños que Markus está documentando.
Solo jardín: hojas, ramas, limpieza, poda de lo que sea seguro podar y ese árbol, si confirman que está muerto y que puede retirarse sin afectar al informe.
Marta me estaba contagiando la prudencia jurídica incluso a distancia.
—Vale.
—Y otra cosa.
Olga me miró.
—Quiero luces de Navidad.
—¿Luces?
—Muchas.
Lola sonrió.
—Ahora sí estamos hablando.
—Luces exteriores, adornos para el jardín y quiero ese árbol grande decorado —dije señalando otro, enorme y sano, que se levantaba frente a la casa—.
Si tenemos que comprar las luces, se compran.
Si las alquilan, se alquilan. Me da igual.
Quiero que mañana por la noche esto parezca una casa donde vive una familia, no el escenario de una película donde van a encontrar un cadáver.
Roberto soltó una carcajada.
—Qué delicada eres.
—Estoy hablando en serio.
Y lo estaba. No podíamos arreglar las humedades en una tarde.
No podíamos reparar tuberías, revisar instalaciones, pintar paredes ni solucionar años de abandono antes de Nochebuena.
Ni siquiera quería que lo intentáramos hasta que Markus hubiera terminado el informe y Marta nos confirmara qué podíamos tocar sin perjudicar una posible denuncia.
Pero el jardín sí podía limpiarse. Y la casa podía tener luz.
Mi madre necesitaba verla de otra manera, aunque solo fuera durante unas horas.
Amalia había comprado o conservado aquel lugar para su familia y, después de todo lo que habíamos descubierto, me negaba a que la primera Navidad de mi madre sabiendo quién había sido realmente su madre biológica estuviera asociada únicamente a fugas de agua, facturas falsas y paredes llenas de humedad.
Además estaban las gemelas. Me giré hacia Olga.
—Y necesito un árbol de Navidad dentro.
—¿Dentro también?
—Por supuesto.
—¿Con adornos?
—Olga, cuando digo árbol de Navidad normalmente no me refiero a un pino desnudo en mitad del salón.
—Pregunto porque contigo nunca se sabe.
—Completo. Árbol, luces, bolas, lo que tengan. Y necesitamos regalos para las niñas.
—Eso ya es otra empresa.
—Pues búscala.
Lola intervino.
—De los regalos me encargo yo.
—Perfecto. Tú y Gonzalo podéis ir de compras cuando volvamos.
—¿Y por qué Gonzalo?
La miré.
—Porque necesitarás a alguien que cargue las bolsas.
—Ah. Entonces sí.
Olga ya no nos escuchaba. Estaba buscando empresas en el teléfono y, apenas unos minutos después, hizo una llamada en alemán. La oí explicar la situación, dar la dirección, preguntar disponibilidad y negociar algo que yo no entendía. Colgó, hizo otra llamada y volvió a hablar durante unos minutos.
—Esta tarde empiezan.
La miré.
—¿Esta tarde?
—Sí. Mandan una cuadrilla. Primero van a retirar hojas, ramas y revisar el árbol seco. Si confirman que se puede talar con seguridad, lo hacen. Mañana terminan el jardín.
—¿Y las luces?
—Las llevan ellos. También hacen decoración exterior navideña para hoteles y chalets. Les he mandado fotos del árbol grande y dicen que pueden iluminarlo entero.
—Te quiero.
—Ya lo sé.
—¿El árbol interior?
—Estoy con ello.
Volvió al teléfono. Me quedé observándola mientras caminaba por el jardín hablando en alemán como si llevara toda la vida organizando emergencias navideñas en el Tirol. No me había equivocado con Olga.
Valía mucho.
Y lo mejor era que ella parecía empezar a descubrirlo también.
Entramos en la casa y entonces comprendí que el jardín era solamente la presentación.
Dentro había muchísimo trabajo. Olor a humedad, zonas frías, pintura deteriorada y señales evidentes de que algunas filtraciones llevaban demasiado tiempo allí.
Mi abuelo iba señalándome lo que había visto durante los días anteriores y mi padre me explicaba dónde habían cortado el agua para evitar daños mayores. Lola permaneció extrañamente callada.
—¿Qué? —le pregunté.
—Estoy calculando.
—Eso nunca trae nada bueno.