L&L Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

—A partir de ahora quiero que aprendas a gestionar también esto: vuelos, desplazamientos, coordinación de pasajeros y toda la logística que necesitemos para mover a la familia o a cualquiera de nosotros entre las propiedades.

—¿Me estás convirtiendo en secretaria?

—Ni se te ocurra. Te estoy convirtiendo en la persona que va a conseguir que dieciocho seres humanos aparezcan en otro país el día que deben aparecer sin que yo tenga que acordarme de dónde está cada uno.

Se lo pensó.

—Eso suena mejor.

—Además, quiero que todo quede organizado. Contactos, compañías, costes, disponibilidad, documentación. Hasta ahora lo llevaba Leonor porque era la que sabía hacerlo. Ahora vas a aprender tú y lo centralizamos.

—Vale.

Se sentó a mi lado y llamamos siguiendo las indicaciones de Leonor. Mientras comprobábamos disponibilidad y empezábamos a cuadrar horarios, marqué el teléfono de su madre.

—Hola. Soy Lourdes.

—Hola, hija. ¿Ha pasado algo con Leonor?

—No, no, están bien. Precisamente la llamo por ella. Vamos a pasar la Nochebuena en Austria y tengo que recoger a las gemelas.

—¿En Austria?

—Sí. Y vaya preparando una maleta usted también.

Silencio.

—¿Yo?

—Usted y su marido.

Olga giró la cabeza hacia mí.

—Lourdes...

Le hice una señal para que se callara.

—Leonor es hija única —continué—. No voy a llevarle a sus hijas y dejar a sus padres aquí solos en Nochebuena. Así que se vienen todos.

—Pero, hija, nosotros no podemos meternos así en una celebración de vuestra familia.

—Ya están metidos. No se preocupe.

—¿Lo sabe Leonor?

—Todavía no.

—Te va a matar.

—Que se ponga a la cola.

Cuando colgué, Olga me miraba con los brazos cruzados.

—¿Algo más?

—Sí. Como sigamos añadiendo gente, comprueba el peso máximo de despegue.

Se echó a reír. Entre una cosa y otra conseguimos organizar el vuelo.

No fue inmediato ni sencillo porque estábamos a 23 de diciembre y media Europa parecía haber decidido desplazarse al mismo tiempo, pero las indicaciones de Leonor ayudaron y Olga tomó nota de absolutamente todo.

La vi desenvolverse con llamadas, documentación, horarios y cambios con una facilidad que me confirmó que haber metido a mis hermanas en la empresa había sido una de mis mejores decisiones.

Cuando lo tuvimos cerrado llamé a mi madre.

—Añade pasajeros.

—¿Cuántos?

—Los padres de Leonor y las gemelas.

Mi madre no preguntó por qué.

—Perfecto. Dame los nombres para las habitaciones.

—¿No vas a decir nada?

—¿Qué quieres que diga?

—Que no son familia.

Mi madre me miró desde la pantalla como si acabara de decir una estupidez.

—Son los padres de Leonor.

—Ya.

—Y las niñas son sus hijas.

—También.

—Entonces son familia.

Y siguió apuntando. Me quedé observándola mientras organizaba habitaciones, preguntaba edades, calculaba quién podía dormir con quién y decidía que las gemelas necesitaban estar cerca de sus padres.

No había dudado ni un segundo. Al contrario: cuantos más nombres añadíamos a aquella Nochebuena improvisada en Austria, más contenta parecía.

Y entonces entendí algo de mi madre que quizá siempre había sabido, pero nunca me había parado a pensar.

A ella no le impresionaban especialmente las casas enormes.

Ni los barcos. Ni las participaciones en hoteles.

Ni siquiera aquellos millones que todavía nos costaba comprender que formaban parte de nuestra vida.

Todo eso lo estaba aprendiendo a administrar porque le había caído encima y porque era demasiado responsable para mirar hacia otro lado.

Lo que realmente le gustaba era esto. Una mesa llena.

Gente entrando y saliendo. Familia, aunque no compartiera apellido. Personas buenas alrededor.

Quizá por eso aquella casa de cuatro habitaciones en Marbella le parecía suficiente mientras cupiéramos todos, aunque tuviéramos que comer con los codos pegados.

Y quizá ahí sí se parecía a Amalia más de lo que ninguna de las dos quería reconocer.

Amalia había pasado media vida construyendo un patrimonio para una familia que contemplaba desde lejos.

Mi madre, en cambio, parecía decidida a disfrutarla de cerca. Muy de cerca.

A este paso, todos metidos en el mismo hotel. Llegamos al hotel en un microbús que Olga había reservado para recogernos y llevarnos directamente desde el aeropuerto. Lo primero que me sorprendió fue escucharla hablar con el conductor en un alemán bastante fluido. Me quedé mirándola.

—¿Tú hablas alemán?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace años.

—¿Y yo por qué no lo sabía?

Olga se encogió de hombros.

—Porque nunca me lo habías preguntado.

Aquello me dio donde dolía. Quizá llevaba demasiado tiempo lejos de mi familia.

Había vivido mi vida en Marbella convencida de que conocía perfectamente a mis hermanas porque sabía cómo eran de niñas, qué les gustaba comer o cuál montaba el mayor escándalo cuando discutíamos.

Pero Claudia, Marta y Olga habían crecido mientras yo estaba construyendo mi propia vida y, de repente, empezaba a descubrir mujeres adultas de las que ignoraba muchas más cosas de las que quería reconocer.

Me volvió a la cabeza aquella estupidez que llevaba días apareciendo cuando menos me lo esperaba. ¿Y si a Olga realmente le gustaban las chicas? No tenía ni idea.

Y lo curioso era que tampoco recordaba haberle preguntado jamás qué le gustaba.

A Claudia le habíamos conocido varios novios que iban y venían, igual que a Marta, que había estado años con Mario, un compañero de la universidad.

Mario también había terminado dedicándose al derecho mercantil, como ella, y la última noticia que yo tenía era que trabajaba en algún lugar de Europa.

Ni siquiera sabía exactamente dónde. Volví a mirar a Olga, que seguía hablando tranquilamente con el conductor.

¿Cuántas cosas me había perdido de ellas?

Negué con la cabeza. Tenía una facilidad extraordinaria para meterme en mis propios pensamientos y acabar investigando problemas que quizá ni siquiera existían.

Sonreí.

Roberto, sentado a mi lado, se inclinó y me dio un beso.

—Me gusta verte sonreír, aunque sea contigo misma.

—Estaba pensando tonterías.

—Entonces no interrumpo.

—Haces bien.

Apoyé un momento la cabeza en su hombro y miré por la ventanilla.

Kitzbühel estaba preciosa. Todo aquello tenía ese aspecto navideño casi exagerado que una espera encontrar en una película: montañas, nieve, tejados blancos, luces y gente abrigada caminando por las calles.

Costaba creer que hubiéramos ido hasta allí no solo para celebrar la Nochebuena, sino también para investigar por qué una parte del patrimonio familiar parecía haberse gestionado como el culo.

Cuando el microbús se detuvo delante del hotel, mi madre, mi padre, mis abuelos, Leonor y Markus ya nos estaban esperando.

Ellos llevaban días en Austria; nosotros éramos los recién llegados.

Empezaron a descargar nuestras maletas y aquello parecía una excursión organizada.

Habíamos viajado mis tres hermanas, Lola, Gonzalo, Roberto, los padres de Leonor, las gemelas y yo.

Solo con nosotros ya había equipaje suficiente para bloquear la entrada del hotel.

Las niñas vieron a su madre antes incluso de que termináramos de bajar.

—¡Mamá!

Leonor apenas tuvo tiempo de agacharse antes de que las dos se le echaran encima.

Las abrazó a la vez y durante unos segundos desapareció la empresaria, la mujer que dirigía cuadrillas, organizaba obras y solucionaba cualquier desastre que nosotras fuéramos capaces de encontrar.

Solo quedó una madre que llevaba demasiados días sin ver a sus hijas.

Después levantó la cabeza y vio bajar a sus padres.

—¿Y vosotros qué hacéis aquí?

Su madre señaló hacia mí.

—Pregúntale a esa.

Leonor me miró.

—¿Tú estás loca?

—No ibas a pasar la Nochebuena sin tus hijas ni tus padres.

Markus se acercó a saludar a sus suegros mientras Leonor seguía mirándome.

—Te quiero —dijo finalmente.

—Ya lo sé. Ahora vamos a comprobar si este hotel pierde dinero porque está mal gestionado o porque en Austria cobran el oxígeno aparte.

Mi madre se acercó enseguida.

—Recordad una cosa. Aquí nadie sabe quiénes somos.

—Sí, jefa —contesté.

Me fulminó con la mirada.

—Lo digo en serio. Somos una familia que viene a pasar la Navidad. Nada más. Quiero verlo funcionar sin que nadie se ponga firme porque aparecen los propietarios.

Aquello de los propietarios todavía me producía una sensación extraña.

—Técnicamente no somos los propietarios del hotel —intervino Claudia—. Tenemos una participación.

—Pues mejor —contestó mi madre—. Más fácil pasar desapercibidos.

Entramos.

Mi madre no tardó ni treinta segundos en empezar a observarlo todo sin que pareciera que observaba nada.

La recepción, el número de empleados, la atención, el estado del mobiliario, la limpieza, el tiempo que tardaban en localizarnos las reservas.

Claudia hacía exactamente lo mismo. Lola ya estaba mirando la decoración con esa expresión peligrosa que utilizaba cuando empezaba a calcular mentalmente cuánto valían las cosas.

Yo miré a mi madre de reojo. Definitivamente, le estaba saliendo la vena Amalia.

—Comportaos —murmuré.

—Yo no estoy haciendo nada —dijo Lola.

—Precisamente esa cara tuya es hacer algo.

Olga se acercó al mostrador cuando surgió una pequeña duda con la distribución de las habitaciones y volvió a hablar en alemán con la recepcionista. Otra vez me quedé mirándola como una idiota.

—Deja de mirarme así —me dijo cuando regresó.

—Estoy descubriendo a mi hermana pequeña.

—Pues ya era hora.

Otro golpe.