L&L Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

No íbamos a solucionar Austria en cuarenta y ocho horas.

Ni siquiera sabíamos todavía exactamente qué había ocurrido.

Éramos gente normal intentando administrar de repente un patrimonio que Amalia había tardado décadas en construir, y algunas respuestas necesitaban días, semanas o quizá meses. Mi siguiente llamada fue para Roberto.

—Necesito otra cosa.

—Últimamente esa frase me da miedo.

—Los hoteles de Austria.

—¿Qué pasa con ellos?

—Quiero saber si realmente están dando dividendos. No me sirve que sobre el papel tengamos participaciones maravillosas en hoteles de lujo si después no generan suficiente dinero o llevan años tapando agujeros. Mira resultados, dividendos, deuda, lo que necesites mirar.

—Eso no lo voy a tener esta tarde.

—Ya lo sé.

Empezaba a aprender.

—Quiero un análisis serio —continué—. Si las participaciones funcionan, perfecto. Si no funcionan y encima tenemos un chalet que se está cayendo a pedazos, tendremos que plantearnos qué hacemos con Austria.

No me gustaba siquiera decirlo.

—¿Vender?

—Si fuera necesario. Espero que no. Mi madre acaba de descubrir esa casa y sé que para ella todo esto tiene un valor que va más allá del dinero. Pero tampoco vamos a conservar algo que se coma el patrimonio por romanticismo.

Roberto estuvo de acuerdo y quedó en empezar a revisar la documentación con calma.

Aquello se resolvería después de Navidad.

Los barcos, en cambio, empezaron a hablar antes.

Gonzalo había llevado parte de la documentación a las oficinas del grupo de astilleros de su padre y la había revisado con gente que sabía exactamente cuánto podía costar reparar, mantener y revisar un yate de aquellas características.

No tardaron en encontrar cosas que no les gustaron.

No eran grandes cantidades. Precisamente por eso habían pasado desapercibidas.

Dos mil euros. Ochocientos. Tres mil seiscientos.

Mil cuatrocientos. Otra factura de dos mil y pico.

Cantidades suficientemente pequeñas para perderse entre los gastos enormes que generaba una flota de diez yates.

Una revisión aquí, una pieza allá, una reparación, horas de trabajo, desplazamientos, materiales.

El problema apareció cuando Gonzalo empezó a comparar las facturas con los historiales técnicos de las embarcaciones.

Había reparaciones cobradas que no constaban como realizadas.

Piezas supuestamente sustituidas que seguían siendo las originales.

Horas de trabajo facturadas en fechas en las que determinados yates ni siquiera habían pasado por las instalaciones de la empresa que decía haber trabajado en ellos. Y siempre cantidades pequeñas. Nunca una barbaridad.

—Esto está hecho para que nadie mire —dijo Gonzalo cuando vino a la oficina con una carpeta llena de anotaciones.

Marta estaba con nosotros. Claudia también.

—¿Cuánto? —pregunté.

—Todavía no lo sé. Y no quiero darte una cifra hasta revisar varios ejercicios completos.

—¿Miles?

—Seguro.

—¿Decenas de miles?

Gonzalo me miró.

—Probablemente bastante más cuando sumemos años y embarcaciones. Pero no quiero especular.

Marta intervino inmediatamente.

—Entonces no acusamos a nadie.

—No.

—Y no llamamos a ninguno de los proveedores implicados —añadió ella—. Primero quiero contratos, facturas, justificantes de pago y toda la documentación original. Después veremos quién autorizaba cada gasto.

Claudia ya estaba tomando notas. Yo me recosté en la silla.

Alguien había descubierto que, dentro de una empresa que movía cantidades enormes, robar poco podía resultar mucho más rentable que intentar robar mucho.

Dos mil euros no llamaban la atención. Ochocientos tampoco.

Tres mil seiscientos se confundían entre combustible, amarres, revisiones y mantenimiento.

Pero dos mil más ochocientos más tres mil seiscientos, repetidos durante años, podían convertirse en una fortuna.

Y empezaba a sospechar que Amalia no había sabido nada.

El 23 de diciembre seguíamos sin tener resuelto prácticamente nada.

Austria continuaba pendiente del informe definitivo de Markus y del análisis que había encargado a Roberto.

La auditoría de Renacer Yachts seguía abierta.

Marta estaba recopilando documentación. Claudia había convertido su despacho en una montaña de carpetas y hojas de cálculo.

Olga revisaba sistemas y registros. Lola tenía tres personas ayudándola y seguía diciendo que necesitaba otras tres.

Yo empezaba a considerar seriamente dormir debajo de mi mesa.

Y entonces llamó mi madre por video llamada.

Estábamos varios en la oficina cuando apareció su cara en la pantalla.

—Tenemos un problema.

—Mamá, últimamente tienes que especificar.

—No puedo dejar esto así.

Detrás de ella vi a mi padre pasar con un abrigo puesto. Mi abuela apareció un momento por algún lado y escuché la voz de mi abuelo.

—¿Dónde estáis?

—En el hotel.

—¿Y qué no puedes dejar?

—Austria. La casa. Todo esto. No me voy mañana corriendo para celebrar Nochebuena como si aquí no estuviera pasando nada.

La miré.

—Mamá, precisamente por eso no estamos tocando nada. Markus tiene que terminar el informe.

—Ya lo sé. Pero yo me quedo.

—¿En Austria?

—Sí.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Y Nochebuena?

Mi madre puso esa cara que llevaba treinta y cuatro años avisándome de que la decisión ya estaba tomada y mi opinión llegaba tarde.

—Pues tendremos que pasarla aquí.

Miré alrededor de la oficina. Lola dejó de escribir. Claudia levantó la cabeza. Marta hizo lo mismo. Olga apareció por la puerta porque, por algún mecanismo sobrenatural, mis hermanas detectaban cualquier conversación familiar importante aunque estuvieran a veinte metros.

—Mamá, mañana es Nochebuena.

—Sé perfectamente qué día es.

—Estamos todos en Marbella.

—Pues venís.

Solté una carcajada.

—Claro. Ahora mismo cojo a toda la familia, los meto en el bolso y te los llevo.

Mi abuela apareció de repente junto a mi madre en la pantalla.

—Aquí también se puede cenar.

—Abuela, ¿tú quieres quedarte?

—Yo quiero ver esa casa arreglada.

Ahí estaba.

Genética.

Miré a Lola. Ella ya estaba sonriendo.

—Ni se te ocurra —le advertí.

—Yo no he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

Leonor, que seguía en Austria, apareció detrás de mi madre.

—Yo conozco a alguien que puede conseguirnos un avión.

—¡Tú cállate!

Se empezaron a reír. Y entonces me rendí.

—Vale. Primero vamos a ver quién tiene un avión libre el 24 de diciembre para trasladar a esta familia sin que tengamos que vender uno de los yates para pagarlo.

—El avión familiar —dijo mi madre.

Me quedé callada.

Era verdad.

Entre tantas casas, sociedades, barcos, auditorías y fraudes había olvidado que teníamos acceso al avión que ya habíamos utilizado.

—Voy a comprobar disponibilidad —dije—. Y si podemos ir, no nos metemos todos en el chalet. Hasta que Markus diga que esa casa está en condiciones, nadie duerme allí.

—De acuerdo.

—Reservaremos habitaciones en uno de los hoteles en los que tenemos participación.

Roberto, que acababa de entrar y había escuchado la última parte, dejó una carpeta sobre mi mesa.

—Antes de reservar, espera.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque ya tengo algunos datos de los hoteles.

Se hizo silencio.

—¿Buenos o malos?

Roberto se quitó el abrigo tranquilamente.

—Interesantes.

—Odio cuando habláis así.

Sonrió.

—Uno está funcionando muy bien.

—¿Y el otro?

—Del otro tenemos que hablar.

Cerré los ojos.

Por supuesto.

Era 23 de diciembre. ¿Cómo coño iba a funcionar todo bien?

—Pues reserva en el que va mal —dijo mi madre desde la pantalla.

Me quedé mirándola.

—¿Cómo?

—Que reservemos en el hotel que va mal. Si tenemos que averiguar qué ocurre, quiero verlo con mis propios ojos.

Roberto sonrió. Yo no.

—Mamá, estamos hablando de pasar allí la Nochebuena, no de hacer una inspección.

—Una cosa no quita la otra. Nadie va a decir quiénes somos.

Reservamos habitaciones como cualquier cliente y una cena familiar para el día 24.

Quiero ver cómo nos reciben, cómo están las habitaciones, cómo funciona el restaurante, cómo trabaja el personal y qué servicio dan cuando creen que somos unos huéspedes más.

Me quedé callada. Cada día me dejaba más de piedra. Le estaba saliendo la vena Amalia.

No sabía si aquello se heredaba por vía genética o si simplemente mi madre llevaba toda la vida teniendo esa mujer dentro y nadie le había dado la oportunidad de sacarla.

Hacía apenas unas semanas atendía su mercería, organizaba sus clases y llevaba una vida completamente normal.

Ahora estaba en Austria, delante de un chalet que alguien había dejado deteriorarse mientras cobraba por mantenerlo, y proponía infiltrarnos de incógnito en uno de nuestros propios hoteles para comprobar por qué no daba los resultados que debía.

—Yo me encargo de las reservas —continuó—. Dejadme esto a mí.

—¿Tú?

—Sí, Lourdes, yo. Sé utilizar un teléfono.

Roberto soltó una carcajada.

—No la animes —le dije.

—A mí me parece un buen plan.

—Claro. Como tú no eres su hija.

Mi madre empezó a contar personas y habitaciones mientras yo intentaba asumir que acababa de perder el control de la operación. Fue entonces cuando Leonor me llamó aparte. Su tono había cambiado completamente.

—Lourdes, necesito pedirte una cosa.

—Dime.

—Por favor, ve a por mis niñas.

Aquello no necesitó ninguna explicación.

—Por supuesto.

—No quiero pasar la Nochebuena sin ellas.

—Ni la vas a pasar.

Me dio el teléfono de su madre y empezó a explicarme cómo había organizado hasta entonces los vuelos, con quién había que hablar, qué datos necesitarían, equipajes, pasajeros y horarios.

Hasta aquel momento siempre se había encargado ella de aquellas cosas, pero estaba en Austria con Markus y bastante tenía ya encima.

—Tranquila —le dije—. Yo me encargo.

Aunque, pensándolo mejor, no iba a encargarme sola. Llamé a Olga.

—Ven a mi despacho.

—¿Qué he hecho?

—Nada. Tienes trabajo.

Apareció un minuto después.