L&L Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Ahí dejó de sonreír. Le pedí a mi madre que hiciera fotografías y vídeos de todo, pero que no discutiera con nadie ni llamara a las personas que figuraban como responsables del mantenimiento.

Si alguien había estado cobrando por unos servicios que no prestaba, no quería avisarle antes de saber exactamente qué había ocurrido. Cuando colgué, miré a Claudia.

—¿Quieres estrenar despacho?

—Depende.

—Necesito todos los pagos relacionados con Austria de los últimos cinco años. Personal, mantenimiento, reparaciones, jardinería, suministros, seguros, todo.

Claudia dejó a un lado lo que estaba haciendo.

—¿Sospechas que han estado cobrando sin trabajar?

—No lo sospecho. La mamá está en una casa con fugas de agua mientras en nuestros papeles aparecen personas cobrando por mantenerla.

Marta apareció por la puerta en aquel momento.

—¿Qué habéis roto?

—Nada. Todavía. Ven.

Le expliqué la situación.

—No llaméis a nadie —fue lo primero que dijo—. Primero documentación. Contratos, facturas, transferencias y quién certificaba los trabajos.

La miré.

—Por eso te he traído.

—Llevas diez minutos y ya me necesitas.

—Te voy a necesitar mucho.

Olga asomó la cabeza desde su flamante despacho.

—¿Yo también puedo participar en el drama o todavía no tengo función?

La miré.

Entonces se me ocurrió.

—Sí. Quiero saber si la casa tiene alarma, cámaras, domótica, registros de accesos o cualquier sistema conectado que pueda decirnos cuándo entraba gente allí.

Olga sonrió.

—Eso sí es mío.

Perfecto.

Había tardado menos de un día en encontrarle trabajo a la ingeniera.

Miré a mis tres hermanas repartirse las primeras tareas y pensé que aquello empezaba a parecer una empresa de verdad.

Una empresa familiar, eso sí. Y si algo había aprendido durante aquellas semanas era que añadir la palabra familiar a cualquier cosa multiplicaba por cuatro los problemas. Austria acababa de demostrárnoslo.

Necesitaba algo más que fotografías y llamadas telefónicas.

Necesitábamos saber hasta dónde llegaban realmente los daños y, sobre todo, distinguir entre una casa que llevaba demasiado tiempo mal atendida y una propiedad en la que alguien había estado cobrando durante años por trabajos que jamás se habían realizado. Leonor fue quien propuso viajar.

—Voy yo.

La miré.

—Tú no tienes tiempo.

—Ya lo sé.

—Pues estupendo. Primera reunión del nuevo equipo y ya estamos todas diciendo que no tenemos tiempo.

—No voy sola. Me llevo a Markus.

Markus Ferrer era su marido y, además de ser el padre de sus gemelas y el pobre hombre al que Leonor abandonaba periódicamente rodeado de niñas, abuelas y cuadrillas, era arquitecto técnico y perito de edificación.

En otras circunstancias habría contratado a un profesional independiente en Austria, pero en aquella necesitábamos a alguien de absoluta confianza que pudiera hacer una primera inspección urgente antes de que nadie tocara nada.

Y Markus tenía otra ventaja. Su abuela materna era austríaca.

Aunque en su casa se hubiera hablado siempre español, su abuela se había empeñado en enseñarle alemán desde pequeño y él lo hablaba con fluidez.

Leonor decía que aquello solo había servido durante años para que su marido pudiera insultar sin que ella lo entendiera.

Por primera vez iba a servirnos para algo más productivo.

—¿Puede irse así, sin más?

—Ya he hablado con él.

—Claro. ¿Y las niñas?

—Mi madre.

—Claro.

—Lourdes, deja de decir «claro».

—Claro.

Me mandó a la mierda. Volaron a Austria al día siguiente.

Markus iba con una misión muy concreta: inspeccionar la propiedad, documentar los daños, determinar cuáles podían deberse a una falta continuada de mantenimiento y elaborar un informe técnico de emergencia.

Leonor se ocuparía de la otra parte: comprobar sobre el terreno qué trabajos se habían realizado realmente, qué proveedores aparecían por allí y qué necesitábamos hacer inmediatamente para evitar que la casa siguiera deteriorándose.

Mientras tanto, en Marbella empezamos a tirar del hilo. Claudia encontró facturas.

Muchas.

Mantenimiento de calefacción, revisiones, jardinería, fontanería, pequeñas reparaciones, tratamientos de madera, conservación exterior y una cantidad considerable destinada a la atención permanente de la propiedad.

El problema era que las fotografías que enviaba mi madre no mostraban una casa permanentemente atendida.

Marta pidió los contratos. Olga empezó con los sistemas.

Y yo seguía teniendo barcos. Porque por si una casa destrozada en Austria no fuera suficiente entretenimiento para la semana anterior a Navidad, llegaron los primeros datos de la auditoría de Renacer Yachts.

Los dos yates que nos habían llamado la atención seguían sin cuadrar. Llamé a Gonzalo.

—Necesito preguntarte una cosa y quiero que me cobres.

Se rio.

—Hola a ti también.

—Lo digo en serio.

—Eso me preocupa más.

El padre de Gonzalo era propietario de uno de los grandes grupos dedicados a la construcción, reparación y mantenimiento de yates. Astilleros. Esa era la palabra que yo había aprendido últimamente y que empezaba a utilizar como si hubiera nacido entre hélices.

—Necesito que alguien que sepa de barcos revise la información de nuestra flota. Mantenimiento, reparaciones, costes, estado general y si las facturas tienen sentido. Pero profesionalmente. Presupuesto, contrato y factura. Nada de favores familiares.

—¿Ya soy familia?

Me quedé callada.

—Pregúntaselo a mi abuela. Te ha invitado a Nochebuena.

Se echó a reír.

—Mándame la documentación. Hablaré con la gente adecuada.

—Y presupuesto.

—Sí, jefa.

—No soy tu jefa.

—Gracias a Dios.

Colgué.

Lola, que estaba delante de mí, levantó la vista.

—¿Qué quería mi Gonzalo?

La miré despacio. Ella se quedó inmóvil.

—He dicho Gonzalo.

—No. Has dicho mi Gonzalo .

—Vete a la mierda.

Sonreí.

Por lo menos, entre tanta auditoría, seguíamos teniendo entretenimiento. Pero me faltaba alguien.

Roberto.

Lo llamé esa misma tarde y le pedí que pasara por la oficina. Cuando llegó, le puse delante una carpeta con la información que teníamos de Renacer Yachts y otra con el resumen de la estructura patrimonial.

—Necesito saber exactamente a qué te dedicas.

Se sentó frente a mí.

—¿Después de todo este tiempo?

—Sé a qué te dedicas. Quiero saber hasta dónde llegas.

Roberto trabajaba en inversión y reestructuración empresarial.

Era socio de una firma de asesoramiento corporativo y patrimonial y participaba personalmente en distintas empresas como inversor.

Hasta entonces yo había entendido su trabajo de una manera bastante superficial: compraba, invertía, asesoraba, movía capital y conocía a demasiada gente con demasiado dinero.

Ahora necesitaba algo bastante más concreto.

—¿Puedes coger una empresa como Renacer Yachts, mirar sus números y decirme si está bien gestionada?

—Sí.

—¿Puedes decirme si merece la pena mantener diez barcos, vender alguno, comprar otros o cambiar el modelo de explotación?

—Con una auditoría financiera y una valoración técnica de la flota, sí.

—¿Puedes mirar las sociedades de Austria y decirme por dónde se está escapando el dinero?

—También.

Me quedé mirándolo.

—¿Y por qué coño no te conocí hace cinco años?

—Porque hace cinco años no tenías diez yates.

—Buen argumento.

Roberto abrió la carpeta.

—¿Qué has encontrado?

Me senté a su lado.

—Demasiadas cosas al mismo tiempo.

Él empezó a revisar los documentos y yo comprendí que, casi sin haberlo planeado, acabábamos de formar un equipo bastante serio.

Claudia con los números. Marta con la parte jurídica.

Olga con tecnología y sistemas. Leonor con operaciones y servicios.

Markus con la parte técnica de los inmuebles.

Gonzalo y los técnicos de su grupo con los barcos.

Roberto con empresas, inversiones y estructura financiera.

Lola conmigo en L&L, haciendo lo que mejor sabía hacer: convertir en dinero prácticamente cualquier cosa que pudiera venderse.

Y yo en medio de todos.

—¿Y yo qué hago? —pregunté en voz alta.

Roberto ni siquiera levantó la vista de los papeles.

—Meterte donde no te llaman y conseguir que todos los demás trabajemos.

Me quedé pensando.

—Pues se me da de puta madre.

—Muchísimo.

Dos días después llegó el primer informe de Markus desde Austria.

Y se acabaron las bromas. Las pérdidas de agua eran solo el principio.

El primer informe de Markus llegó apenas unos días después de aterrizar en Austria y fue suficiente para que yo dejara de tener prisa.

Hasta entonces había pensado en mandar albañiles, fontaneros y jardineros cuanto antes para evitar que el chalet siguiera deteriorándose, pero después de leer aquellas primeras páginas cambié de opinión. Llamé a Leonor.

—No vamos a hacer nada.

—¿Nada?

—Nada que pueda esperar. Si hay una fuga que pueda provocar más daños, se corta el agua. Si existe algún riesgo para la casa o para las personas, se asegura. Pero no quiero albañiles entrando, paredes abiertas ni reparaciones hasta que Markus termine el informe.

—Estoy de acuerdo.

—Y quiero fotografías de todo. Vídeos, fechas, presupuestos, facturas anteriores... Todo lo que podáis documentar. Si finalmente ha habido fraude, Marta pondrá la denuncia donde corresponda y quiero que podamos demostrar cómo encontramos la propiedad antes de tocarla.

Leonor llevaba ya unos días recorriendo la casa con Markus y empezaba a tener bastante claro lo que necesitaríamos después.

—Yo voy preparando el plan de trabajo —dijo—.

Fontaneros seguro. Albañiles también. Hay que revisar calefacción, cubierta, carpinterías, instalación eléctrica y aislamiento.

El jardín necesita una cuadrilla completa y Markus quiere que revisen varias zonas donde la humedad puede haber afectado más de lo que se ve.

—Prepáralo todo, pero no contrates todavía. Presupuestos y profesionales disponibles. Cuando Marta nos diga que podemos empezar, entramos.

—Perfecto.