L&L Capítulo 8
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Capítulo 8

—¿Te vienes conmigo? —me preguntó.

—Ni de coña.

No era falta de ganas. Era imposibilidad física.

L Claudia podía entrar en gestión y números; Marta, en toda la parte jurídica y contractual; y Olga acabaría encontrando su sitio en tecnología y sistemas.

Lola continuaría siendo Lola, que ya era un departamento entero por sí misma, y Leonor seguiría entrando y saliendo con sus cuadrillas cada vez que el mundo real necesitara manos.

La necesidad de organizarnos dejó de ser teórica cuando llamó mi madre desde Austria.

Había viajado a Kitzbühel con mi padre y mis abuelos esperando encontrarse algo parecido a lo que habíamos visto en Suiza o Mónaco: una propiedad cuidada, personas que conocían a Amalia y una administración funcionando desde hacía años. Encontraron exactamente lo contrario.

—Lourdes, esto está hecho unos zorros.

Me incorporé en la silla.

—¿Cómo que hecho unos zorros?

—Como te lo digo. Aquí no vive nadie.

—¿Y los guardeses?

—¿Qué guardeses? La casa de los guardeses está cerrada. Aquí no vive nadie desde no sé cuándo.

Miré a Claudia, que estaba sentada frente a mí con unos documentos de Renacer Yachts. Levantó la cabeza al verme la cara.

—Mamá, en la documentación aparecen gastos de personal y mantenimiento.

—Pues alguien los estará cobrando, porque mantener no han mantenido una mierda.

Mi madre estaba cabreada de verdad. Habían encontrado humedades, una pérdida de agua dentro de la casa que había afectado a varias zonas y otra en el exterior que llevaba quién sabía cuánto tiempo desperdiciando agua.

Había revisiones que aparentemente no se habían hecho, partes del jardín descuidadas y pequeñas reparaciones que, abandonadas durante meses o años, habían terminado convirtiéndose en problemas bastante más caros.

—¿Se puede vivir allí?

—Poder, se puede. Pero yo aquí no me quedo esta noche.

Eso ya era suficiente información.

—Id a un hotel. Bueno. Los cuatro. Y no toquéis nada más.

—Tu abuelo ya ha tocado la caldera.

Escuché de fondo la voz de mi abuelo protestando que solamente la había mirado.

—¡Abuelo, no toques la caldera!

—Dice que no la ha tocado.

—Mamá, acaba de decir que sí.

—Que la ha mirado.

Cerré los ojos.

—Hotel. Ahora.

Claudia seguía observándome.

—¿Qué pasa?

Tapé el teléfono con la mano.

—Que tenemos nuestra primera casa ruinosa internacional.

—Estupendo.

—Y alguien lleva cobrando por cuidarla.