L&L Capítulo 7 #8
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Capítulo 7 #8

—¿Tú te quedas?

—Estoy muy a gusto.

No podía con la familia que me había tocado.

Mi novio se quedaba en casa de mis abuelos, rodeado de mis padres, mis hermanas y media humanidad, aunque yo me marchara.

Y lo peor era que parecía completamente feliz.

Salí detrás de Leonor intentando ordenar todo lo que llevaba en la cabeza.

Mi novio. Acababa de pensar mi novio con una naturalidad absoluta.

Después estaba Lola mirando a Olga, Olga sin un novio conocido desde que yo tenía memoria, mi madre convertida de repente en cabeza de una estructura patrimonial internacional y ahora yo me iba a inspeccionar unos barcos que hasta aquella mañana prácticamente ignoraba que existían.

Llevaba una buena comida de coco. Será tanta azúcar de los postres , decidí.

Cuando llegamos a las instalaciones donde nos habían citado y empezamos a hablar con las personas que gestionaban los barcos, comprendí bastante rápido que había vuelto a quedarme corta.

Yo había imaginado barcos. Buenos barcos, por supuesto.

Incluso algún yate. Pero aquello no eran barcazas ni barcuchos para sacar turistas a dar una vuelta por la costa.

Eran yates. Yates de verdad. De esos que yo veía amarrados en Puerto Banús y contemplaba mientras pensaba que seguramente pertenecerían a algún jeque árabe, un futbolista internacional o uno de esos multimillonarios que tienen un barco para no mezclarse con la humanidad durante las vacaciones.

Pues esos.

Había diez.

—¿Diez? —repetí, mirando a Leonor.

—Eso parece.

La empresa que los explotaba se llamaba Renacer Yachts y, según empezaron a explicarnos, su actividad estaba dirigida a una clientela con un poder adquisitivo muy alto.

Los yates se alquilaban con tripulación y servicio, por días o por periodos más largos, dependiendo de la embarcación, la temporada y el cliente.

No era exactamente el tipo de negocio en el que una entraba preguntando cuánto costaba pasar la tarde del sábado.

Me presenté como representante de la familia para aquella parte del patrimonio y dejé claro desde el principio que no venía a cambiar nada. Primero quería entenderlo.

—Necesito que me lo expliquéis como si no supiera absolutamente nada de barcos —les dije—, porque no sé absolutamente nada de barcos.

Leonor se sentó a mi lado.

—Yo sé distinguir la parte que flota de la que se hunde.

—Perfecto. Entre las dos estamos preparadísimas.

El hombre que nos estaba atendiendo se rio, aunque enseguida comprendió que, bromas aparte, yo quería números.

Cuánto facturaba cada embarcación, cuántos días al año se alquilaba, qué porcentaje se llevaba la empresa gestora, cuánto costaban los amarres, los seguros, el mantenimiento, las revisiones, las tripulaciones y cualquier otra cosa capaz de convertir uno de aquellos monstruos preciosos en un agujero negro para el dinero.

Porque una cosa era ver diez yates impresionantes amarrados delante de mí y otra muy distinta descubrir si Amalia había dejado una empresa rentable o diez máquinas de devorar billetes.

Y después de todo lo que había aprendido sobre aquella mujer, empezaba a sospechar cuál de las dos opciones iba a ser.

Mientras nos explicaban el funcionamiento empecé a ver algo que iba bastante más allá de los barcos.

Renacer Yachts contrataba empresas externas para una buena parte de los servicios: limpieza entre alquileres, lavandería, catering, aprovisionamiento, transporte privado y algunas tareas de mantenimiento que no correspondían directamente a las tripulaciones.

Miré a Leonor. Ella ya me estaba mirando a mí.

No hizo falta decir nada. Su empresa hacía precisamente una buena parte de aquello.

—No pongas esa cara —le advertí.

—¿Qué cara?

—La de estar calculando una factura.

—No estoy calculando una factura.

—Estás calculando doce.

El encargado sonrió.

—Si os interesa, podemos facilitaros también los contratos de los proveedores actuales.

—De momento no queremos cambiar nada —aclaré—. Si funcionan bien, funcionan bien. No vamos a llegar aquí a ponerlo todo patas arriba solo porque haya cambiado la representación de la familia.

Leonor asintió, y aquello era importante.

Que su empresa pudiera prestar determinados servicios no significaba que fuéramos a echar a quienes llevaban años haciéndolo correctamente.

Pero si alguno de los proveedores no funcionaba, cobraba cantidades injustificadas o no ofrecía el nivel que necesitaban aquellos clientes, entonces sí teníamos una alternativa inmediata.

Y ahí empecé a ver el verdadero potencial.

L tenía que parecer impecable.

Leonor abrió un armario, pasó un dedo por una balda y me miró.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—Cuando está bien, está bien. No voy a inventarme mierda para darle trabajo a mi empresa.

Me reí.

Eso era exactamente lo que necesitaba oír.

El responsable de Renacer Yachts tampoco pareció incómodo con nuestra inspección.

Al contrario. Cuando regresamos a las oficinas se puso a nuestra disposición para facilitarnos toda la documentación que necesitáramos y fue él mismo quien planteó la posibilidad de realizar una auditoría independiente.

—Si queréis revisar la situación de la empresa desde cero, no hay ningún problema. Libros contables, contratos, gastos, ingresos, mantenimiento de la flota, seguros, personal, ocupación de cada embarcación... Tendréis acceso a todo.

Aquello me gustó. Mucho. La gente que tiene algo que esconder no suele ofrecerte voluntariamente que abras los cajones.

—La haremos —contesté—. Una auditoría privada y externa. No porque desconfiemos de vosotros, sino porque acabamos de llegar y necesitamos una fotografía completa del negocio.

—Me parece lo más lógico.

—Y hasta que la tengamos no cambia nada —añadí—. Ni proveedores, ni personal, ni sistema de gestión.

Leonor me miró de reojo. Sabía perfectamente lo que significaba aquello: si las cuentas demostraban que todo funcionaba correctamente, no íbamos a tocar una maquinaria que Amalia había mantenido durante años. Y si aparecían problemas, entonces decidiríamos con datos delante.

Pedí balances, facturación por embarcación, costes de mantenimiento, seguros, amarres, salarios, contratos con proveedores, periodos de ocupación y cualquier deuda o financiación que pudiera existir.

También quería saber cuánto dinero se reservaba cada año para reparaciones importantes y renovación de la flota.

Tener diez yates preciosos estaba muy bien; descubrir que dentro de cinco años había que sustituir tres y no existía un fondo para hacerlo ya sería otra historia.

Cuando terminamos, Leonor y yo salimos otra vez al pantalán. Me detuve delante de uno de aquellos monstruos blancos y brillantes.

—¿Sabes qué estoy pensando? —le pregunté.

—Que quieres uno.

—Ni de coña. Estoy pensando en lo que cuesta limpiarlo.

Leonor se quedó mirándolo.

—Yo también.

—Por eso somos amigas.

Nos echamos a reír. Pero mientras caminábamos hacia el coche volví la cabeza una última vez hacia los yates.

Aquella mañana había entrado en una notaría creyendo que Amalia nos había dejado propiedades, dinero y unas cuantas participaciones empresariales.

Unas horas después empezaba a comprender que lo que había construido era bastante más inteligente: una red de negocios y activos que podían alimentarse unos a otros si alguien sabía conectarlos.

Y ahí sí empezaba a moverme en terreno conocido. Porque de barcos no tenía ni puta idea.

Pero de clientes ricos, casas caras y oportunidades de negocio sabía bastante.