Capítulo 7 #7
Había construido durante décadas un patrimonio familiar para cinco mujeres que, durante casi toda su vida, ni siquiera supieron que lo estaba haciendo.
La mesa estaba a rebosar de comida. Mi abuela había interpretado «vamos a comer todos» como si estuviera esperando la llegada de un autobús turístico.
Había fuentes por todas partes, pan, ensaladas, aperitivos, platos calientes y cosas que todavía seguían saliendo de la cocina cuando ya no quedaba un centímetro libre donde colocarlas.
Fueron llegando Lola, Roberto y Gonzalo. Yo estaba intentando averiguar cómo sentarnos sin que alguien tuviera que comer desde el pasillo cuando volvió a sonar el timbre. Abrí y me encontré con Leonor.
—¿Tú?
—Hola a ti también.
—¿Y a ti quién te ha invitado?
—Tu madre.
Me giré hacia el interior de la casa.
—¡Mamá! ¡Somos una más! ¡Leonor!
—Ya lo sé, hija —contestó desde el salón—. La hemos llamado nosotros.
Leonor entró tan tranquila y dejó el bolso sobre una silla.
—¿Para qué?
Mi madre apareció detrás de mí.
—Queremos que nos mire cómo podemos reorganizar la casa de la abuela. Queremos actualizarla.
Nos quedamos todos en silencio durante un segundo y después empezamos a reírnos.
—¡No! —dije—. ¡Otra actualización no!
Leonor se apoyó en la pared muerta de risa.
—Tranquila, no voy a dejar solamente el tejado.
—Eso mismo dijo la de Santaclara.
Mi abuela salió de la cocina con otra fuente.
—Mi tejado no me lo toca nadie.
—Abuela, tranquila —le dije—. Como mucho te hacemos una piscina.
—¿Dónde?
Miré hacia el patio.
—Si llamamos a los peces, algo se podrá hacer.
Leonor me dio un empujón y mi madre empezó a protestar porque ella hablaba en serio.
No quería convertir el adosado en Santaclara ni mucho menos.
Aquella era la casa de mis abuelos, pero también se había convertido en la residencia habitual de mis padres cuando no estaban viajando, y lo que pretendían era adaptarla a la nueva realidad de la familia.
Querían un salón en el que pudiéramos sentarnos todos a comer, lo cual, viendo cómo aumentaba el censo familiar, empezaba a ser mucho pedir; una cocina más cómoda, algunas habitaciones y cuartos de baño más y, sobre todo, pensar un poco en el futuro.
Mi madre quería que el dormitorio de mis abuelos estuviera en la planta baja, con puertas suficientemente anchas para que, si algún día era necesario entrar con una silla de ruedas, no hubiera que empezar entonces a tirar tabiques.
El cuarto de baño también estaría adaptado para que pudiera utilizarlo cómodamente una persona dependiente.
Al lado, mi abuela quería una salita pequeña.
—Para estar calentitos —explicó ella—. No necesito un salón de palacio para ver la televisión.
En realidad, lo que estaba describiendo era una especie de pequeño apartamento dentro de su propia casa: dormitorio, baño adaptado y una salita acogedora, todo en la planta baja y sin necesidad de subir una sola escalera.
En el resto de esa planta querían una cocina amplia, un salón con chimenea y un espacio de comedor capaz de albergar un banquete como el que teníamos montado aquel día o incluso algo mayor, pero sin que la casa pareciera permanentemente un salón de bodas.
Leonor propuso estudiar espacios comunicados mediante puertas correderas o paneles que pudieran abrirse cuando estuviéramos todos y cerrarse el resto del tiempo, para que la casa siguiera resultando acogedora cuando solo estuvieran mis abuelos o mis padres.
Arriba querían cinco dormitorios, a ser posible con sus propios baños. Ahí fue cuando empecé a sospechar que lo de «actualizar un poco la casa» podía terminar pareciéndose peligrosamente a una reconstrucción.
—¿Y la piscina? —pregunté.
—No hay piscina —sentenció mi abuela—. Ese espacio lo quiero para mi salita.
—Pues adiós a los peces.
—Y el que quiera piscina, que se vaya a un hotel.
Leonor se echó a reír.
—Pues lo miro. Pero primero como.
—Esa es mi niña —contestó mi abuela.
Encontrar sitio para todos fue otra cuestión.
Terminamos apretados de una manera absurda.
Hubo que añadir sillas que no pertenecían al comedor, desplazar un mueble y utilizar una esquina de la mesa que normalmente debía de servir para dejar alguna bandeja.
Mi abuelo decía que cabíamos perfectamente mientras tenía el codo de mi padre prácticamente metido en el plato.
Lola estaba junto a Gonzalo, por supuesto; Roberto, a mi lado; Leonor, encajada entre una de mis hermanas y mi madre.
Y cada vez que alguien quería levantarse, teníamos que ejecutar una maniobra colectiva.
Aquel salón no estaba preparado para tanta gente, pero me gustaba.
Me gustaba muchísimo. Habíamos estado en casas enormes durante los últimos meses, villas donde podías pasar una mañana entera sin encontrarte con otra persona, salones más grandes que aquel adosado completo y comedores preparados para veinte invitados sin que nadie tuviera que rozarse siquiera.
Y allí estábamos nosotros, apretados como sardinas, pasándonos el pan por encima de los platos y pidiendo permiso para mover una silla.
Roberto tenía una rodilla pegada a la mía debajo de la mesa.
En algún momento apoyó la mano sobre mi pierna y la dejó allí, sin más.
Lo miré y él siguió hablando con mi abuelo como si no hubiera hecho nada.
Sonreí. Mi madre lo vio, por supuesto que lo vio.
Las madres tienen un radar que debería estar prohibido.
—Roberto —dijo de pronto—, ¿tú qué haces en Nochebuena?
Casi me atraganto.
—Mamá.
—¿Qué?
—Nada.
Roberto me miró un segundo antes de contestar.
—Todavía no lo sé del todo.
—Pues aquí vamos a estar todos.
Aquello no era una información. Era una invitación.
—Mamá...
—¿Qué pasa? Si cabe uno más.
Miré alrededor.
—Precisamente caber no es el verbo que utilizaría.
—Nos apretamos.
Gonzalo se echó a reír y mi abuela intervino desde la cabecera.
—Y tú también, Gonzalo.
Lola dejó el tenedor.
—Abuela...
—¿Qué?
—Nada.
—Pues ya está.
Leonor levantó la copa.
—¿Y yo?
Mi abuela la miró.
—Tú tienes marido y dos niñas. Si quieres venir, tráetelos.
—No le digas eso —protesté—, que acabamos cenando en el garaje.
Todos empezaron a hablar a la vez. Mis hermanas discutían dónde íbamos a colocar otra mesa, mi madre decía que precisamente por eso había llamado a Leonor, Leonor ya estaba mirando las paredes como si fuera a derribarlas esa misma tarde y mi abuela repetía que allí había sitio de sobra.
Miré alrededor: mi madre, mi padre, mis abuelos, mis hermanas, Lola y su Gonzalo, Leonor y Roberto a mi lado.
Y pensé que quizá mi madre tenía razón. Aquel año la Nochebuena iba a ser diferente.
No porque ahora hubiera millones, sociedades, casas en tres países, barcos o una estructura patrimonial que nos había dejado mareadas aquella misma mañana, sino porque nuestra familia se estaba haciendo más grande.
Y, curiosamente, cuanto más grande se hacía, más apretados queríamos estar.
Terminamos la comida con café y una cantidad indecente de postres que mi abuelo había comprado aquella mañana en una pastelería.
Había bandejas de dulces, tartas, pastelitos y no sé cuántas cosas más, como si todo lo que habíamos comido antes hubiera sido simplemente la preparación para aquello.
Cuando ya estábamos todos convencidos de que no podíamos ingerir absolutamente nada más, alguien soltó la pregunta inevitable.
—¿Quién quiere un chorro?
Yo me levanté antes de que apareciera la botella.
—Yo no. Me voy con Leonor a ver los barcos.
—Pues yo me quedo —dijo Lola, acomodándose todavía más en la silla—. Echa ese chorro, Olga.
Mi hermana cogió la botella y, mientras se acercaba a la mesa, Lola se inclinó ligeramente hacia mí.
—Olga es guapa a rabiar —me dijo tan bajo que nadie más pudo oírla.
La miré y asentí porque tampoco había mucho que discutir.
Claudia era preciosa, Marta espectacular y Olga...
Bueno, Olga siempre había sido mi debilidad.
Quizá porque era la pequeña o quizá porque tenía algo que no sabía explicar.
De las cuatro era la que siempre me había despertado ese instinto absurdo de hermana mayor de querer protegerla incluso cuando no necesitaba protección de nadie. Pero volví a mirar a Lola.
Había algo en la forma en que lo había dicho que me hizo pensar durante un segundo que aquel «guapa a rabiar» llevaba algo más detrás.
O quizá no. Con Lola nunca se sabía y, a esas alturas de mi vida, empezaba a descubrir que tampoco sabía tanto de la gente como creía.
Nunca había tenido la menor idea de que a Lola le gustaran las mujeres, aunque eso tampoco significaba absolutamente nada.
Allí estaba Gonzalo, sentado prácticamente pegado a ella, y no hacía falta ser detective para saber que entre aquellos dos había bastante más que amistad.
Yo ya no sé nada , pensé. Y entonces se me ocurrió otra cosa: jamás le había conocido un novio a Olga.
Ni uno. Que yo recordara, al menos. ¿Y si...
? No. ¿Qué coño estaba haciendo? Bastaba que Lola dijera que mi hermana era guapísima para que yo les organizara una vida sentimental completa en la cabeza.
—¡Hala! —Leonor me dio un toque en el brazo y me sacó de mis pensamientos—. ¿Vamos a ver esos barcos o piensas quedarte ahí investigando a tu familia con la mirada?
Parpadeé.
—Vamos, vamos.
Cogí el bolso y miré una última vez hacia la mesa.
Lola estaba riéndose con Gonzalo y Olga servía otra copa como si nada.
Definitivamente, no sabía nada. Y tenía dos barcos esperándome, que en aquel momento parecían bastante más fáciles de entender que las mujeres de mi familia.
Antes de salir miré a Roberto con una expresión que debía de significar claramente venga, que yo me voy .
Él me sostuvo la mirada y, con esa guasa suya que cada día dominaba mejor, levantó tranquilamente la taza de café.
—Hasta luego. Yo te espero aquí, en tu casa, con tu familia.
Me quedé mirándolo.